EL ESCRITOR PRUDENTE

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Qué podía hacer, quizá nada, absolutamente nada. Me había jugado del todo limpio, sin que alguien pudiese insinuar alguna deslealtad o trampa. A fuerza de no querer ser como los demás, fui desplazado a un margen donde el silencio era mi consuelo. Aquella noche, sentado junto con el poeta, en el balcón de un café que quedaba al lado de una discoteca de ambiente que yo ignoraba y desconocía, compartía la conversación a la casi medianoche con quien de manera cansina se servía su cerveza y me hablaba, con su acento arrastrado, tal vez por el cansancio acumulado de las labores del día, porque me hablaba con desgano, sin entusiasmo. Nos habíamos encontrado en la plaza de armas de la ciudad. Si fuimos a ese café, fue porque alguna vez le canté de manera improvisada con el previo permiso del dueño del local y los músicos, una canción dedicada a quien en su momento fue una de mis ex´s. En realidad ese tipo de locales es solo para muchachas que quieren pasar la noche conversando entre ellas, sin ningún ánimo de flirtear en algo que ya nadie creía. ¿Quién en su sano juicio, después de haberse involucrado con otra persona, querría repetir la experiencia?, creo que nadie. Era un café donde se garantizaba estar solo, bien tomando un café, un agua de soda, o una cerveza desde el balcón por ejemplo, que daba a una de las calles principales de la ciudad, esas calles vacías a media noche, donde el acceso vehicular es restringido, donde uno mira de curioso de vez en vez y de pronto reconoce a alguien, una amiga, un amigo, alguien que en una ciudad tan pequeña como lo es Arequipa, con apenas algo de un millón y medio de habitantes, hace reconocible entre la multitud de personas, a todas las personas que uno pueda conocer, digamos, a los 45 años. Porque eso pasó justamente, ya que al ver hacia las calles solitarias él andaba apurado, para ser exacto, parecía estar bajo los efectos de la cocaína, cosa que corroboré minutos después cuando luego que lo llamara para compartir la mesa junto con el poeta, su aspecto violento, su discurso invasor, como si acaso las buenas maneras y costumbres se le hicieran extrañas, desconocidas, hizo que tomara mis medidas. No, había cometido un error y me había llevado una decepción más. Otro de los amigos con los cuales había compartido mi aprendizaje en la adolescencia cedía al miedo, a la angustia, a la necesidad de consumir drogas para sentirse tranquilo, demasiado bien, seguro de sí mismo. Yo sé que todos tenemos nuestros propios temores o miedos, que se manifiestan con más crudeza por las noches en medio de calles vacías. Él era uno de ellos, de los que erraban por la senda de los vicios mayores, de los que no se retorna.

Porque cuando se expresó de mí ante el poeta, le dijo que yo pude ser un gran ingeniero. Y tuvo razón. La fama de ser bueno para las ciencias, al menos para los de mi generación, me otorgaron el crédito ante un destino probablemente exitoso, sobre todo en un país minero, donde los que hacen mover toda la finanza y comercio son, desde los que mueven grandes capitales, hasta los que trabajan en las minas, sean formales o informales. Opté por no hacerle caso. Fue un buen amigo en su momento, sincero, alguien que me evocaba recuerdos de cuando todos fuimos inocentes, libres de culpa, en noches de concierto, cuando se usaba el cabello largo, cuando se compartían botellas de ron en los parques, cuando la vida no era para nada dentro de nuestras esperanzas, a lo que es ahora. Sorbí mi agua de soda, él se pidió una cerveza. Hacía frío. El poeta inmediatamente reconoció ciertas características a quien había invitado a subir pasándole la voz desde el balcón, para compartir la mesa. Ambos eran de otra ciudad. Empezaron a relucir ese orgullo de los arraigados, de los que evocan su terruño con nostalgia, de los orgullosos y del orgullo de no ser de aquí, a pesar de llevar la ciudad en lo más hondo de sus sentimientos, ese cariñó a la ciudad, esa identidad que no tenía nada que ver cuando se trató siempre de hablar de dónde provenía la familia de cada quien. Por ello preferible no hablar de El Puerto Bravo de Mollendo. No tenía nada qué enseñarles. No tenía por qué mencionar de los clavados de más de 50 metros de altura que los porteños mancebos realizaban en verano en medio de aguas bravas, un mar picado, y toda una gran familia conformada por pescadores que de vez en cuando solían perderse en alta mar por días enteros, a veces un poco más, dándoseles por muertos casi siempre, hasta verlos a lo lejos del horizonte aparecer, como los que regresan de la muerte y tienen la sonrisa en el rostro mucho más fuerte de como cuando salieron felices a pescar, y por supuesto, las espaldas más morenas y saladas.

Pudo ser un gran arquitecto, volvió a decir de pronto cuando el tema del terruño se acabó entre los dos, mencionando algunos apellidos, mencionando algunas costumbres, algunas propiedades, una tradición muy común en la ciudad. Resulta que la mayoría de arequipeños vienen de familia de hacendados. Al menos así lo relatan entre conversas acompañadas con cervezas y música propia de los pubs. Pero claro, a los ebrios no se les toma muy en serio, creo que nadie toma en serio lo que un ebrio pueda decir o hacer. Lo mejor en estos casos es dejar hacer, dejar pasar y, no complicarse con la conversación sabiendo ya que es preferible evitar a personas que se hacen pesadas en el compartir una tertulia.

Pudo ser un gran mujeriego le dijo finalmente al poeta sobre mi persona, ante lo cual, el poeta de manera relajada e indiferente le comentó que sí, que yo era un gran mujeriego. Volteó a verme a los ojos, y en ese momento lo recordé cuando una noche en pleno centro de la ciudad, cuando estaba con la rubia de ojos claros con la cual salía siempre, él pasó a mi lado golpeando uno de mis brazos. Mi reacción fue agredir a quien lo hizo, pero al verlo a él, sinceramente no entendí nada. Preferí no hacer nada, era un amigo, y a mis amigos no les parto el alma, o al menos eso hacía en esos años cuando creía que todo se resolvía a golpes, cuando siendo un escritor, debía ejercer el uso de la palabra para evitar desgracias, problemas ante resultados de médicos legistas por lesiones y demandas, pequeños malos momentos donde solo se pierde el tiempo. Dos horas después el amigo estaba apenas en pie cuando le había dicho al poeta para internarnos en un night club para ser felices entre muchachas jóvenes que hacían shows para los citadinos. ¿Y tu amigo?, me preguntó el poeta antes de tomar el taxi. Lo vi, apenas se mantenía en pie. Observé bien su terno, su talla similar a la mía. Los mismos aparentes 95 kilos que los míos, con esa pesada contextura que atemoriza a cualquiera en esta ciudad donde el promedio de talla es de 1.68 cm. Vámonos poeta, le falta mucho para ser gente. Era un amanecer más en la ciudad.

La prudencia me enseñó una vez más a ser más sabio.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

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