SOBRE EL TESTIMONIO

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Porque hubieron días donde lo di todo por perdido y entendí la frase: “ser el último hombre”, si acaso eso significa mucho en una sociedad donde todos compiten contra todos, donde se avala el cuánto tienes, cuánto vales, por aquellos días como lo escribo, cometía el error de compararme o hacer caso a aquellas personas que me preguntaban siempre, a mis 27 años: ¿y qué eres? Era difícil contestarles que era Poeta, a esa edad todavía no había sido publicado, y el conocimiento que tenía sobre la vida no me daba autoridad para ser proverbial, es decir: decir algo a quienes me leyeran. A lo mucho era solo puro corazón, creo que eso bastaba para definirme como escritor, pero la realidad es siempre otra: no vivía de la Literatura.

Mi afición por los libros y el escribir diariamente solo podían significar lo que tenía que ser mi aprendizaje, el crecer, el madurar, el tener que comprender que no se llega a la meta tempranamente. Aún ahora creo no haber llegado a mi meta, si acaso ésta tiene más connotaciones solidarias que pecuniarias. Entendí en su momento que no se escribía para hacer alarde de ser un poeta o un intelectual, entendí que el ser escritor era ser aquel que interpretase a las voces calladas de una generación que buscaba mecanismos de expresión para definirse, para dejar en claro qué sentíamos, qué ideales teníamos, cómo nos costaba a cada uno de nosotros ganarnos un espacio propio, y cuáles eran nuestras aspiraciones o razones para con la existencia.

Era alguien que debía forzosamente alcanzarse dentro del mundo.

Creo que eso nos pasa a todos, que a medida que avanzamos totalmente solos, porque el estar solos es una realidad innegable, ese estar solos que se convierte con el pasar en los años en la mejor compañía, aquella que nos permite valorar el afecto de quienes comparten su tiempo de vida con uno, con quienes se toman el tiempo que es tan escaso, para escucharnos, para mostrar interés por lo que uno hace, entre todo ese tiempo que es absorbido por el trabajo, por enfermedades, por otras soledades que son difíciles de entender, o por ese deseo de ser felices sin tener la necesidad de estar comparándose con otras personas, disfrutando solo de una buena conversación, edificante, fortalecedora de la fe, ese contexto desde donde se manifiestan las emociones maduras, las que se caracterizan por la paz, serenidad, armonía, y calma, todo lo que aspira cada uno de nosotros para poder estar agradecido y decir: ¡me gusta la vida!, ¡y me gusta tanto que me aferro más a esta!

Ahora entiendo, era alguien que debía dar ese testimonio. Alguien que debía devolver la fe a quienes la habían perdido bajo circunstancias muy difíciles de sobrellevar. Debía escribir sobre ello. Ese sino desde donde aprendí a valorar cada momento vivido que ahora forma parte de mi memoria, para entender que este estar en el mundo está lleno de búsquedas, partiendo desde la de ser por fin libre, en lo que abarca a la experiencia de la libertad, y poder abocarse a lo que a uno le mueve el ánimo, bajo el rigor de lo que se aprendió: batallar por un mundo mejor.

Esta parte del discurso es la que más me gusta: batallar por un mundo mejor. Quizá de eso se trate la experiencia de estar vivos: de ser solidario y humano; no hay otra manera de sentirse acompañado, entiendo que solo de esta manera la soledad que fue nuestra maestra, nos permite ser empáticos y estar bien predispuestos ante quienes necesitando de la presencia de un aliento más fuerte, nos recuerde que debemos seguir, insistir, no rendirnos nunca, hasta alcanzar la certeza que en el avanzar del camino personal, la vida tenga el sentido que siempre hemos anhelado.

Pasaron ya muchos años de cuando me sentí el último hombre dentro de mi contexto, eso fue a mis 27 años. Ahora con 45 años, y con 8 libros tercos, que siempre se obstinan en recordarles a mis lectores que, la vida es el mejor milagro que se nos ha otorgado para experimentar, es que transcurro de esa forma, como si viviera un sueño concretado, alguien que se ha alcanzado, alguien que durante muchos años perseveró como todos, y que sigue perseverando a consciencia que la posteridad tal vez se extrañe de ver, al leer estos escritos, que a finales del siglo XX e inicios del XXI, la felicidad era una manifestación constante, de personas que lograron el equilibrio interno, a pesar de haber pasado por experiencias muy terribles, si acaso esto no es otra cosa que amar la vida, el aferrarse a los propósitos personales, y el ver el futuro como algo concretado, un sueño hecho realidad.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

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