EL AMANTE DISCRETO

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

Hacía un par de días que no nos veíamos. La cité al café para tomarnos una cola negra. Me llamó mientras me acomodaba sobre la silla y ordenaba mi bebida con un cenicero. El café estaba vacío y la vista era agradable, se podía contemplar una plaza iluminada, era una mañana soleada sin mucho turista. La mesera me atendió inmediatamente. Me sonrió luego de darme los buenos días y dejar lo pedido “señor escritor”, así lo dijo. Que sí, que estoy demorando porque me olvidé el lubricante y los preservativos, dame unos minutos. Ok, cariño, estaré aquí en el café, pierde cuidado. Nunca la llamaba, mejor dicho, solo las llamo cuando tengo apetito sexual. Es mejor así, no es que no desee saber sobre sus vidas. Acostumbro a veces invitarlas a comer algo después del sexo y con eso me basta, una plática, una conversación, y la certeza que solo son las mejores folladoras de la ciudad. Otros habrían perdido la cabeza por ellas, yo solo me dedicaba a disfrutar de sus artes en el lecho donde hacíamos todas las poses posibles, donde más de una hora de sexo era suficiente como para compensar mi vida sedentaria de escritor. Prendí mi tabaco mientras probé de la cola negra. Me preguntaba por qué ya no escribía relatos eróticos tan seguidos como antes, quizá la razón fuera que me agregaban a mi red social mujeres muy grandes, mujeres arrepentidas de haber dejado pasar su juventud sin provecho en el amor. Revisaba desde mi celular poses que era menester practicar. La rutina con ella en la cama estaba llegando al tedio, a las mismas poses repetidas una y otra vez, largas decenas de minutos donde hacía con ella todo lo que se me antojaba, donde ella era complaciente y a expresión suya: feliz. Sus orgasmos eran continuos, a veces demasiado intensos. Me estaba acostumbrando al sonido de su sexo al friccionar con el mío. Llegado el momento estaba tan húmeda que mis penetraciones en ella llegaron a producir un sonido propio de las vaginas que al sentir el clímax estaban muy lubricadas. Siempre hacía una pausa cuando alcanzaba el orgasmo, se entrecortaba en su aliento, cerraba los ojos dejando la boca abierta, exhalaba en plena entrega y luego volvíamos a seguir haciendo el amor.

Al levantar los ojos la vi allí, acercándose a mi mesa. Tomó asiento y ordenó lo mismo que yo. Observaba inquieta desde los balcones también la plaza. ¿Y qué haces todo el día cuando no estás conmigo? No eres la única, tuve que aclararle para evitar malentendidos. Sí, ya lo sé, pero cuando no estás con nosotras, qué haces. Pues escribo, soy escritor, ¿no? Ya, pero qué más. Me serví un poco más de cola negra mientras dejaba el tabaco sobre el cenicero. Nada más, puedo pasarme horas enteras desde que despierto, hasta el amanecer, sentado frente al ordenador, leyendo y escribiendo. ¿Y no te desesperas? En lo más mínimo. Así son mis días sin sexo, días en los cuales me puedo pasar las 24 horas de vigilia sin necesidad de conversar con nadie, sentado, escribiendo y escribiendo. Tendría que decirte que no te creo, pero la verdad es que eres bastante creíble, leo todo lo que escribes diariamente, ¡nunca te acabas en tus escritos! ¿Haces algún deporte? Antes solía trotar dos horas diarias por las madrugadas, después con el tiempo cambié el sexo por el deporte: te mantiene en forma, atlético y con la resistencia que se requiere para estar siempre vigoroso. Yo no tengo tanta resistencia que tú poeta, antes de conocerte ya sabía que tenías fama de eyaculador tardío, por eso acepté estar contigo como amante. ¿Vas a terminar conmigo? Estás confundiendo las cosas, nosotros no nos citamos para filosofar, nos citamos para hacer el amor, nada más. Es que leí lo último que habías escrito. Ah, te refieres a que la pasión con una misma mujer se acaba, y el varón halla otras pasiones en otras mujeres. Sí, a esa parte me refería específicamente. En ese momento traté de recordar cuántas veces ella había sido mía. Nos encontrábamos para hacer el amor hacía meses, no pude precisar cuántos, lo cierto es que el sexo con ella estaba perdiendo su encanto. La última vez, luego de 45 minutos de sexo continuo, me pidió que lo dejáramos allí, que estaba contra el tiempo. Quizás ella espero a que le pidiera que termináramos la hora normal de sexo. Tenía el miembro erecto y duro como una piedra, como si tuviera un hueso adentro de esa masa muscular de proporciones propias a mi talla. Soy alto. Ok, le dije mientras me quitaba el preservativo y me dirigía a la ducha preguntándome cuántas mujeres en mi vida lograron hacerme eyacular. Bajo la ducha de agua tibia lo pensé mucho. Mi placer no era eyacular, era poseer, era que el sexo de ellas sonara como chapotazos constantes en el agua cuando entraba frenéticamente en ellas y las enloquecía. El amor, me pregunté, ya he olvidado qué es eso. Tengo todas las mujeres que quiero, las más expertas de la ciudad, mas nunca pienso en retenerlas, siempre aparece alguien que ha de reemplazarlas, alguien que también es libre. No pienses en todo lo que escribo, le di otra calada al tabaco al cual cogí del cenicero. ¿Vamos? Vamos, respondió añadiendo: solo era curiosidad estimado escritor, soy como tú, nunca me enamoro.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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