EL ESCRITOR CONSECUENTE

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

Es hermoso ver el horizonte, contemplar las estrellas, sentirse dueño del tiempo, escribir sentado sin contratiempos, tener un plato de comida seguro todos los días, vestirse decentemente, oler bien, saber del silencio. Pero soy una excepción. No todos los poetas cuentan con estos privilegios. Algunos pasan hambre, otros se desempeñan en oficios menores a la par que escriben. ¿Cuántos poetas tiene esta ciudad?, siempre me pregunté ello. Desde las fábricas, donde conversaba con los obreros, con los vigilantes, con los hombres de verdad, entendía que la cultura en algún momento fue ganada por otro tipo de circunstancias, el ganarse la vida solos, el amor, un niño que nació sin planificarlo, los deberes ante sí mismos. Esa soledad donde las noches transcurren y se siente el desamparo de una economía donde la bonanza llena diariamente con decenas de miles de consumidores los Malls de la ciudad, donde todos compran, donde los zapatos que entran y salen de los centros comerciales no tienen polvo, donde la gente tiene buena presencia, donde se tiene tarjetas de crédito para comprar y comprar.

Pero eso es solo una parte de la ciudad. En las afueras, donde las casas trepan los cerros, donde los servicios mínimos de vida, como agua, desagüe, luz, están ausentes, donde es necesario bajar y subir diariamente empinados caminitos de quienes buscan en esta ciudad la oportunidad que desde el silencio de donde vinieron, el mundo soñaron.

Toda vida se resuelve con trabajo, con una economía asegurada. Terminar una carrera profesional y ser un recomendado para entrar a laborar a alguna empresa, es tener mucha suerte. No todos nacen a buen recaudo. Lo primero que se hace al momento de querer ser profesional es buscar ese recaudo, saber con quiénes relacionarse, saberse hacer un espacio desde el cual, cuando se estudie, se tenga la certeza que habrá trabajo, como si ello no costara tanto, como si ello no fuera un privilegio que se pelea con abogados, desde argollas donde pocos pueden conseguir ese puesto donde laborar, más allá del lidiar constante del estrés, hasta la mañana en que de pronto las personas se enteran de todo, se relajan, entienden cómo es el sistema, se dan cuenta que son indispensables en lo que hacen, y asegurados en su trabajo, toman las cosas con calma, disfrutan de la modernidad que ofrece la ciudad, después de haber competido desde la universidad, después de haber pasado por muchos filtros, hasta saber cómo encajar sin mucho contratiempo con un sistema donde pocos son los que se toman en serio las labores, si acaso así son sus ambiciones, o amen lo que hacen.

La dignidad se había convertido en eso, en laborar y sentirse útiles. Nada tan gratificante como estar satisfechos de saber que el pan que llevan a su boca ha sido el resultado del esfuerzo del día, de las energías perdidas en el trabajo del cual se sienten honrados. Otro es el destino de los que nacieron con la marca del desamparo, de los que no oyeron a sus padres, o de los que no tuvieron padres correctos, padres que les enseñaran valores con el ejemplo, inculcándoles el valor al trabajo, a los deberes para con nuestra sociedad. Esa impotencia vista en los que tenían que tragarse su orgullo con oficios menores, esa frustración de saber que su trabajo es poco remunerado o es insignificante en medio de una ciudad donde ahora ser pobre es una maldición, es algo que veo a diario. La zona por donde me desplazo es la clase media alta de la ciudad, llena de avenidas prósperas, con las principales bancas del sur de Perú, con calles muy limpias, llenas de policías, sin mendigos ni delincuentes que pudiesen alterar el orden. No se encuentran ebrios a ninguna hora del día mientras el comercio esté funcionando. El mercado sigue creciendo, la gente sigue consumiendo, algunos se acomodan sin mucha complicación a este status, otros simplemente desconocen esta zona, o tienen vergüenza de ser pobres, de entrar aquí, de sentirse apestados, mal vestidos o impresentables. Se habló tanto de la inclusión social, de la lucha contra la discriminación en los años pasados. Nos mintieron. Nos engañaron a todos. Y como reitero, soy un poeta de características excepcionales, porque he estado en las afueras de la ciudad donde otra es la realidad, donde el Perú alcanza connotaciones traumatizantes, si acaso un pan en la mesa lo fuera todo entre rostros de niños condenados a la delincuencia, a no poder contar con un futuro digno, sea desde universidades de prestigio donde sean mejores personas. El alcohol y las drogas están más cerca de ellos que los libros. El pandillaje los termina por ganar. Es por ello normal ver adolescentes abandonar los colegios con actitudes totalmente iconoclastas, descreídos de la Patria y los valores para ser alguien de bien para la sociedad.

Mejor dicho, los Padres de la Patria en Perú se han olvidado de los pobres siempre, y cuando han querido algo de ellos, les han dado un plato de lentejas, un vaso de leche, y unos miserables 200 soles que no alcanzan para nada. Nadie pueda decir entonces porqué el pobre peruano tenga tan baja autoestima, o se vaya al extranjero a sufrir en trabajos no calificados donde sean vistos como personas de cuarta o quinta categoría, sin derecho a ser tratados con respeto.

Soy un escritor extraño, porque no me desentiendo de esto, sobre esto escribo, sin ignorar lo que a mi alrededor sucede, con el sentido estricto de saber qué es ser solidario, crítico, sin adherencias ni a la derecha o izquierda de este país, simplemente como un libre pensador que no se olvida de aquellos años cuando supe de las fábricas y otros oficios menores donde conocí en carne propia la realidad del oprimido, por haber sido uno de ellos.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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