LA MUCHACHA QUE NO TIENE QUIÉN LE AME

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

Suelo salir pocas veces de casa, a lo mucho una vez al día para almorzar en un restaurante vegetariano que queda cerca de mi casa, en el centro de la ciudad, cruzando la avenida principal de las finanzas de la región sur de Perú. Las razones son porque me tomo casi todo mi tiempo disponible en leer y escribir. 3 veces por semana suelo encontrarme con mis mujeres para hacer el amor. Antes solía caminar mucho, pero el sol es muy fuerte en la ciudad donde radico y eso me provoca transpiraciones que no me agradan. Prefiero por ello tomar buses que me dejen en el hotel de mis encuentros. Tengo poco tiempo para pasarlo con los amigos. No soy aficionado a las bebidas alcohólicas. Mi espacio es reducido, consiste el que ocupo en mi dormitorio donde tengo un escritorio sobre el cual está mi ordenador y el balcón que siempre uso para calar mis tabacos cuando necesito ordenar mis ideas para escribirlas mejor. Sin embargo hay veces en las que se me da por querer saber cómo está la ciudad sin mí, y es entonces que me desplazo a pie entre la multitud de personas, haciendo rutas diferentes para ver las novedades. A mis 45 años puedo decir que tengo la vida resuelta. No tengo la economía de un magnate, pero tampoco tengo nada de qué quejarme. Tengo la vida ideal que cualquier escritor habría aspirado. Me ayuda por ejemplo mucho la música de You Tube, de preferencia el Heavy Metal. Es como si me comunicara la frecuencia idónea para transportarme a la inspiración precisa para escribir. Las muchachas que me dan sexo me dan más sabiduría. Suelo a veces relatar los diálogos que tengo con ellas. Por lo demás, mi contacto con el mundo exterior se remite a mis lecturas de los diarios, los programas de televisión nocturnos que veo diariamente para tener una idea de qué ocurre más allá de estas cuatro paredes y la ventana desde donde veo siempre los amaneceres en Arequipa. A veces suelo quedarme hasta el día siguiente o bien escribiendo, o leyendo, o simplemente conversando con intelectuales de otros países que de igual forma, no tienen sueño. El silencio de las madrugadas es agradable, entre tabaco y tabaco. Pero eso no quiere decir que me desentienda del mundo. Desde mis lecturas entiendo que hay colectivos que luchan a favor de los caninos o felinos que están en el desamparo, que hay cientos de jóvenes que se manifiestan siempre cuando es necesario con temas relacionados a la política, que la movida subterránea del punk insiste en su discurso desde diferentes locales donde se reúnen para sentirse presentes, que hay bastante producción literaria en la ciudad a pesar de saber por comentarios de un joven influyente quien alguna vez me confesara que los de su generación ya no leen, que por esa razón dejó de escribir, que ahora los performances o las intervenciones urbanas como medio de expresión política amparada en el arte es lo que más atrae a los jóvenes de la ciudad, pero claro, quedan los que siempre están escribiendo, los que se presentan en las Ferias de Libros que eventualmente al año se realizan en la ciudad, que hay festivales donde llegan personalidades que probablemente ya no estén vivas al próximo año y que es necesario escucharlas, que la vida cultural tiene su propia esfera que va desde una acuarela en avanzada que desconozco y no logro descifrar por poseer alcances que en la generación de los noventas no se evidenciaba, que hay poetas que mantienen un público cautivo y, narradores que por supuesto ejercen la cátedra como la escritura a la vez, (me complace saber que hay varios poetas que hacen lo mismo, que de alguna manera no se rindieron ante la locura de creer que se podría vivir de la literatura, lo curioso es que lo lograron, hacen lo que les gusta: enseñan sobre Literatura, y siguen escribiendo) y ni qué seguir comentando de los Centros Culturales de la ciudad donde siempre hay una agenda que va desde el cine actual hasta el clásico y obligado. Me gustaría tener tiempo para estar en todas esas actividades, pero como escribiera hace un momento, no me alcanza el tiempo entre leer, escribir y hacer el amor. La ciudad ha crecido de manera increíble en este último par de años. Leí alguna estadística donde se mencionaba que Arequipa generaba 100,000 puestos de trabajo cada año. Que si esto va de la mano con nuestra economía o se deba a que en esta región hay minas muy importantes y un puerto que comunica con el resto del mundo al departamento, no sé precisarlo, no soy un experto en temas económicos, tampoco podría ser indiferente: cualquier error del gobierno que afectase a nuestro presupuesto nos encontraría a todos en las calles, protestando, elevando nuestras voces y reclamos. Aquí no somos nada cobardes ni menos tolerantes ante las decisiones de nuestro parlamento si es que de pronto cometiesen errores desde su gobierno que nos perjudique en nuestros ingresos. La gente que trabaja, lo hace esforzadamente, y valora el tiempo de vida invertido, la salud que se pierde, los momentos en los que no se está con los seres queridos, sean esposa, hijos, padres, hermanos o etc. Se me hace ya muy común observar edificios de más de 8 pisos con ascensores en las avenidas principales donde hay bastante vegetación. Alguna vez un arquitecto en plena cátedra allá por los noventas otra vez, se atrevió a decir que la ciudad crecería de forma vertical en pocos años, que solo quedaría como patrimonio el cercado de la ciudad donde las construcciones coloniales o casonas, como aquí les llamamos, por haber sido recintos de notables de la ciudad, como también las iglesias que son visitadas por la centena diaria de turistas que llegan de las Europas donde aprecian la mezcla del estilo morisco, con el colonial, el churrigueresco o los cuadros en pan de oro propios de la época de la conquista y esas naves desde donde las cúpulas que llegan hasta las claraboyas , fueron construidas con la piedra volcánica de la ciudad llamada sillar, siendo ésta la razón del porqué Arequipa sea reconocida como La Ciudad Blanca, por el color de la piedra mencionada, es otro de los atractivos del centro histórico. Para los que acostumbramos a salir los domingos en familia a degustar los platos de la región llamados: picantes, tenemos la oportunidad de llegar hasta las afueras donde está la campiña, el horizonte abierto, el olor a comida que nos gusta o a la que estamos acostumbrados, cuando abrimos la carta y podemos encontrar más de 40 platos a escoger fuera de los que están preparados para el día. Un pasear en la camioneta para estacionarse en miradores solitarios y tranquilos donde el silencio dice otras cosas que son agradables a los que quieren un descanso es la manera en cómo termina un domingo por ejemplo. Yo podría seguir escribiendo con lujo de detalles desde los conciertos de música clásica que hay en las pinacotecas de la ciudad hasta los que son propios y folklóricos de los que llegaron a la ciudad en busca de un mejor futuro, pero ésa no es la razón de este escrito. Porque empecé diciendo que no tengo mucha oportunidad de estar en la ciudad, sea de día o de noche, pero las veces que siempre la recorro cuando decido desplazarme a pie, siempre la veo, y me pregunto si acaso a nadie le importa. Alguna vez pregunté la razón del porqué ella está así. Me dijeron que era de buena familia, una familia adinerada, no lo sé. Ya lleva casi un año, un año desde una juventud perdida que bien podría ser soportada si es que fuera el caso de un varón. Una tarde la encontré sentada en plena vereda sonriente. No era una sonrisa agradable. Era la sonrisa que revelaba los errores de Dios. Su pantalón estaba empapado en orines. Era plena tarde, y ella estaba en una zona muy concurrida por autos y taxistas que la observaban seguramente como lo hacía yo: con miedo. No podía ser echada así a perder una vida. Es curioso, en los casi 30 años que radico en esta ciudad, siempre ha existido alguien con las mismas características en solitario, alguien que padecía una soledad distinta a la descrita en los libros, una soledad macabra donde nadie aparece para ser el compañero o compañera. Mas nadie sabe, nadie hace nada, nadie quiere estar allí como el salvador. Y las calles están pobladas de personas que vienen y van, y la gente sale a orar los domingos por la mañana, y es entonces cuando recuerdo mis escritos de finales del siglo pasado, cuando sentenciaba que el mundo no marchaba bien, que no tenía sentido ni valía la pena, si un solo integrante sufría injustamente, a pesar de que el resto del mundo estuviera bien y pudiera reír. Solo sé que no quiero estar presente en la hora suprema de esa muchacha cuando tome consciencia de lo que la vida le está robando, porque de por sí ella ya es inimputable, y se ha ganado el derecho de la ira de los justos, cuando se reconocen como víctimas, en medio del mundo, un mundo donde ahora la mujer está enfrentada contra nosotros los hombres por algo llamado feminismo, ¿una contradicción?, no lo creo. Creo más bien que es una total indiferencia.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

Todos los Derechos Reservados para

Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Comentar este post