LOS SECRETOS DETRÁS DE LAS PAREDES

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

La alarma sonaba constantemente. Era una mañana de mucho sol, lo suficiente como para sentir el sopor entre las paredes de madera, precisas para soportar el calor de un verano que empezaba con fuerza en el puerto. Esas casas tradicionales echas de la madera que solía llegar en los embalajes de mercadería que llegaban de otras ciudades y que eran amontonadas en almacenes a donde acudían los antiguos pobladores para escogerlas para la construcción de sus viviendas, eran destinadas para diseños prácticos con techos de calamina en dos aguas para la temporada de las lluvias y acondicionar el fresco de días intensos de temperaturas elevadas donde los porteños acostumbraban recibir la brisa en plena calle, abanicándose con diarios viejos de noticias pasadas, leídos para sobrellevar el aburrimiento y las largas horas donde parecía detenerse el tiempo cuando ya no habían más novedades y muchas ganas de conversar fluidamente como es la costumbre.

Reitero que la alarma sonaba incesantemente. Era una larga calle en pendiente que conducía al mercado principal de la ciudad, una larga calle de casas de madera, pintadas en colores vivos que las hacían agradables a la vista, desde azules intensos hasta los verdes clásicos mantenidos desde los embalajes. El verde era un color común en las casas, un color mantenido cuando llegaban las fiestas patrias y era costumbre volver a pintar las casas. Los bomberos fueron siempre protagonistas de incendios comunes en su momento, siendo reconocidos por su labor desde que fuera fundada la ciudad que en sus inicios contaba con edificios de diseño victoriano de hasta 4 pisos a elección de los europeos que llegaban al puerto para dejar su descendencia extasiada con las bondades del mar y un cielo protector siempre celeste que en invierno invadía hasta el nivel del piso, dejando una sombría que podría ser extraña para los que llegasen de otras ciudades. Esas frenteras eran más bien angostas en algunos barrios donde llegaron personas de economía no tan próspera que acaso se permitieran los lujos de las casas de los cónsules donde habían amplios balcones en elevados pisos, señalando siempre el horizonte del mar o sus puestas de sol que servían para relajarles de sus labores en las aduanas donde el comercio era constante, labores donde se hacían jornadas seguidas de días enteros entre descansos donde los estibadores retornaban a sus hogares hasta la espera de la llegada de nuevos embarques.

El olor era peculiar al entrar en esos recintos donde se podía sentir la humedad viva que parecía brotar de manera muy natural del piso también de madera, con su característico sonido al ser pisado y provocar cierta musicalidad en el andar entre las suelas de zapatos y el contacto con los tablones dispuestos para caminar. Ya la gente se había acostumbrado a saber de las intimidades de los vecinos, desde esos patios donde se les saludaba amablemente en esos tiempos donde había poca población y todos se conocían sin exagerar en esto, de manera muy confiada, sin secretos que guardar, como si se tratara de una gran familia. Por ello, las conversaciones desde dentro de las casas que describo, podían ser escuchadas con claridad por parte de los vecinos siendo a veces  interrumpidas para dar alguna opinión sin que esto significase una invasión a la privacidad de los pobladores.

El auto no dejaba de sonar, su alarma podía ser oída en toda la larga calle donde habían pocas personas que iban y venían. El dueño del auto al parecer no se encontraba en el lugar mientras que el sonido aturdidor persistía sin detenerse. En los mejores tiempos del puerto, las personas bonachonas como lo son hasta ahora, eran rápidas en la broma y picardía, el guapearse entre ellos y ellas sin dejar de reírse y sobrellevar los días donde nada se tenía que hacer.

Hasta que el anciano salió gritando. Abrió su puerta con violencia y vociferaba gritos pidiendo que llamasen al dueño del auto para callar tal escándalo. Las personas salieron a observarlo. El hombre seguía gritando, totalmente aturdido, vestido en su pijama y alzando los brazos con impotencia y desesperación. Los vecinos le observaban mientras que el hombre pedía que llamasen a la policía, que alguien hiciera algo, llamando al orden, que no soportaba más la alarma del auto. Siempre es así, comenzaron a comentar los vecinos, ese señor está haciendo problemas de cualquier cosa, para buscando la sinrazón a todo. Unas burlas y risas lo ofuscaron más a tal punto de empezar a discutir con todos los presentes. Calla viejo loco, le gritaban, deja de hacer problemas, a ti te vamos a meter preso por indisponer al vecindario. Al observar esto pensé en sus años, quizá tendría casi los setenta, luego de enterarme que vivía solo, que no tenía amistades en ese lugar, que había vuelto al puerto después de muchas décadas para morir tranquilo en la ciudad donde nació. Los gritos empezaron a ir y venir de puerta a puerta para callarlo a él mientras que seguía sonando la alarma del auto. Las risas eran constantes también. Era una mañana de un verano donde llegarían miles de veraneantes al balneario, finales de diciembre, cercanos al aniversario del puerto. Cómo se notaba que el silencio y la tranquilidad de los días sombríos se iban, que las paredes de madera dejaban de ser un vínculo estrecho de amistad entre los buenos vecinos, que la visita de forasteros incomodaba a los porteños, que esas puestas de sol ya no eran propias entre plazas donde el barullo era fuerte y las inacabables playas de arena gris fina ya no eran suyas, que se sentían profanados en sus secretos comunes. Y así sonó la alarma del auto por una hora más, entre dimes y diretes de quienes preferían discutir con el anciano perturbado a saber de quién era ese auto cuya alarma no dejó de sonar.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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