LOS SOLEMNES Y EL POETA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Hay algo inconfesable en el silencio de algunas personas. Siempre he escrito que estar desinformado es estar en desventaja, que hasta el más vil se hace el digno cuando se desconoce de su pasado, cuando nadie advierte con quien se está tratando cuando dos personas recién se conocen. Para finales del 2016 en Perú, resulta raro encontrar alguien honrado, alguien que no haya tranzado con el sistema. Ser honrado suena raro. Las personas se remontan hasta Diógenes cuando con una lámpara en pleno día buscaba en esa Grecia, al hombre virtuoso, así muchos se explican y excusan, no hay moral, nadie la aplica, qué cosa es eso, el mundo no marcha de esa manera, es lo que siempre he escuchado.

Siempre me he preguntado por qué al entrar a los cafés para calar un tabaco y ordenar una taza con chocolate, los rostros de los adultos perdían su gracia, se volvían serios, un silencio incómodo se hacía notorio, las miradas terminaban por esquivarse sin rumbo detenido. El poeta había entrado al café, era necesario por ello ser dignos. El arte de la mentira podría significar que en Perú hay un talento de sobra, que la mayoría de personas que conozco muy bien pudieron ser actores.

A mis 45 años sin embargo los rostros solemnes, esas canas bien peinadas y los anillos de logias, no me impresionaban en lo más mínimo. A veces cuando los escuchaba hablar sobre la vida, comprendía porqué a los breves minutos desistían de su farsa y comenzaban en sinceridad a confesarme cómo hicieron fortuna, cómo es que salieron adelante. Evitaba por tanto los conversadores ebrios, los que provocaban vergüenza ajena cuando hablaban cosas que no eran. Así eran mis momentos de café, momentos mágicos donde lo ideal era recuperado, donde el hombre virtuoso era analizado con sabiduría, con la experiencia de los errores, de los que engraciados con mi presencia, recordaban que había alguien sabio dentro de ellos a pesar de todo lo que hubiesen hecho.

Sin saberlo, con mi fama de poeta, había logrado atraer hacia mí, personas notables, de mucho poder, muy vinculadas con la realidad, con demasiado conocimiento como para no escucharles y aprender algo de esas personas. La sinceridad se manifestaba como una virtud, era lo que llamé en su momento: el filosofar.

Poco a poco mis amistades fueron filtrando a personajes más vitales, más enérgicos y con mucho mundo. Nadie decía qué estaba bien o mal, simplemente nos remontábamos a la época de los griegos, al análisis de los libros leídos, las noticias, la manera de gobernar del actual Presidente y del parlamento. Sin darme cuenta, en mi entorno habían libres pensadores, a pesar de ser muy grandes, maduros. El haber tenido éxito nunca significó un rompimiento con el lado humano, eran sabios que lloraban en secreto, hombres que rabiaban por dentro, personajes que darían toda su riqueza por un volver a empezar, por intentarlo una vez más, para ser el hombre virtuoso.

Es cierto lo que representas al momento de disertar sobre la honradez, comentaban estos hombres poderosos. Cuidamos mucho de ser reconocidos como hombres así, a pesar de no serlos, cada uno de nosotros alcanzó la comodidad y el poder de manera hábil y logramos tener nuestra riqueza sin que se nos pueda juzgar, a eso esta sociedad y las mujeres le llaman ser inteligentes, pero en la formación que les hemos dado a nuestros hijos, sin embargo, hemos procurado en que sean virtuosos, en que no sean iguales que nosotros, total, fortuna ya tenemos, y un hombre virtuoso con fortuna tiene buena fama y es célebre. ¿Qué has escrito ahora Poeta?, preguntó uno de los hombres sabios. He escrito sobre lo que ustedes me enseñaron cuando se trató de ser honestos y el saber reconocer a quien practica el bien. No hemos perdido el tiempo entonces, porque nosotros de ti hemos aprendido que podemos ser sabios, a pesar de tener un pasado vil que no juzgas ni condenas; queremos saber el porqué. Prendí entonces un tabaco y les contesté: porque nunca la sabiduría se nutrió de un solo saber, ella germina entre lo bueno y lo malo, y así se escriben los libros, apostillé mientras calé mi tabaco.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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