¿QUIÉN GANA Y PIERDE EN EL AMOR?

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Ya he escrito bastante sobre el desamor en nosotros los varones, pero hasta ahora no me había atrevido a escribir sobre cómo es el desamor en las mujeres. Porque cuando conversé con ella, sabía que no estaba viajando de ciudad en ciudad para querer saber cómo es el mundo. ¿De qué huyes? Estábamos sentados en una banca contemplando el atardecer desde un mirador. Le había hecho una pregunta sutil, la misma pregunta que se hacía cuando conversaba con mujeres separadas, mujeres que de pronto se quedaban sin palabras cuando les decía ¿aún lo sigues amando? Ella no supo qué contestar, por lo visto aún lo seguía amando, que por más que recorriera muchas ciudades, no había encontrado a quien le entregase esa paz que está muy relacionada con la autoestima femenina, esa que en su momento llegó a su punto de apogeo, cuando fueron amadas y correspondidas.

Los varones suelen dedicarse a tomar excesivamente, como si de esa manera, en estados de ebriedad se lograse alcanzar el olvido. Lo curioso era que en sus estados de ebriedad, siempre hablaban de ellas. Así pasa igual con las mujeres, no dejan de maldecir, criticar, recordar, llorar, llamar insistentemente a quien fue su pareja, morir de celos, saber que está recostándose en ese momento que no contesta al celular, con cualquier zorra, con la primera que se le entregase, alguna mujer que pasara por lo mismo, por esa sed de amor perdido, donde se va a la deriva, propio de una esquizofrenia donde se ha perdido el rumbo, ese norte donde alguna vez se fue feliz en medio de muchos planes para un futuro donde solo cabían dos personas, tal vez unos niños a llegar, todo un mundo destruido.

Esa misma noche la volví a encontrar después de muchos años, cuando junto con una amiga cristiana me dijera que la carne era débil, que estaba luchando con sus 20 años, que quizás Dios podría ser la respuesta a lo que ella buscaba para alcanzar la armonía perdida. La recuerdo de cuando viviera por mi casa, entre gritos, escándalos, hombres ebrios que la buscaban por las noches, y todo lo que se requiere para saber que algo se había quebrado dentro de ella. No la volví a ver sino años después cuando tenía una sonrisa feliz, guiando un carrito donde estaba una bebé, acompañada de quien era el padre de esa creatura, quizá su esposo, pensé. Me sentí más tranquilo. Había encontrado el amor, ya era madre, pensé en largas noches de soledad en medio de patanes que la usaban solo para tener sexo, para pasar el momento, usándola como un pedazo de carne, alguien a quien podían desechar sin ningún tipo de culpa. La seguridad de tener un hombre que caminase a su lado por una de las avenidas principales de la ciudad, junto con la niña que tenían, me hizo recuperar la fe en el ser humano.

Pero no todo es simple. La vida misma se encarga de enseñarnos cosas terribles y ante ello, nadie sabe de la prudencia, del ser cautelosos, del saber elegir. Hasta anoche en que volví a encontrarla en brazos de unos muchachos que le daban de beber y que seguramente le harían el amor todos a la vez. Pensé que la descompensación no solo se daba entonces solo en nosotros los varones, que el mismo proceso se daba en las mujeres. Al menos nosotros podíamos recurrir a las marocas, cosa que por cierto implicaba renunciar a tener por un buen tiempo una relación estable, si acaso descreíamos de las mujeres en su totalidad o nuestro discurso se hacía misógino. En el caso de ella, la vi consumiendo drogas, hablando a voz alta, con los ojos desesperados, vengándose de quien amaba con todos los muchachos que podía, siendo infiel, destruyendo más su autoestima, el poco de felicidad que en su momento le hizo creer en la relación de pareja, en la niña que ya tendría 6 años.

Las botellas de licor siempre recibirán a las mujeres carentes de afecto. El sexo puede ser una evasión momentánea muy fuerte. Pero al llegar la mañana, todo es una mierda. Una esnifada de cocaína tal vez calme los nervios. Sí, huyo de él, no logro olvidarlo. Eso fue lo que me confesó la muchachita que venía desde Buenos Aires.

Que quién gana en el amor cuando acaba, pues nadie, ni el varón ni la mujer. Algo se quiebra al parecer para siempre, y lo único que acompaña a las víctimas es la soledad, el peor de los infiernos cuando alguna vez ese alguien que había renunciado a encontrar el amor, por fin se sintió acompañado y más aún, amado por quien era esa compañía que se creyó, sería para siempre. Esos celos, ese miedo de saber que quien se ama está con otra persona, son tan mortales, como la intensidad de los felices, de los que asustados contemplan al desamor, y temen que eso les pase a ellos.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

Todos los Derechos Reservados para

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Comentar este post