TODOS LOS POETAS EN LA MADRUGADA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Al llegar el amanecer, los poetas se quedaron en silencio. El sueño era eso, algo que se iba consumiendo, diluyendo en medio de un cielo que se aclaraba, en medio de la ciudad, mientras se tenía la certeza que no siempre sería así, que los años se pasaban volando como la juventud, que los excesos no durarían toda la vida, que un poema que podía significarlo todo, podría salvarnos en los momentos donde era necesaria la fe, pero de poemas no se vive, con poemas no se construye una casa, un futuro, con poemas no se da de comer a los niños que algún día se desearía tener. En ese momento los ojos se estrellaron contra el piso. El haber tomado consciencia de la brevedad del sueño, de ese transitar donde se habían convertido en los cristos de las reuniones, los que debían ser la voz, atrapados en sinos donde la palabra era arrancada desde las vísceras, para entre soledades olvidadas, desde habitaciones llenas de libros y papeles, la vida misma les llenara de historias que retrataran lo que en sus inicios fue la esperanza en el brillo de los ojos, el sentir dentro vivamente la pasión por las lecturas insistentes, por haber trágicamente entendido a los maestros que escribieron otro mundo, que se atrevieron a querer cambiarlo, que se encontraron en medio de encrucijadas donde no tuvieron elección, exaltados por el coraje, por el llamado, nunca titubearon ante el compromiso con el ser humano.

Dónde entonces la Patria Prometida, exclamó el poeta de cabello largo y barba espesa. Calaban unos tabacos cuando luego de haber vencido a otra noche, sintieron el temor común de no tener las respuestas que todos buscábamos. ¿Alguien sabe dónde está el poeta? A esas horas yo estaba trotando, librando otra lucha desigual, tan a la par como la de los poetas que desde esa plaza, se sentían igual de solos. ¿Qué haremos ahora? Se había sido feliz, y eso dolía de sobremanera, porque se sabía que el día que nacía volvería con sus golpes duros, los desengaños, la dura realidad donde encontrar en espacio propio era algo muy lejano.

Eran muchos, muchos poetas que sabían del ritual de tomar un libro, sentarse en el lugar más cómodo, y apreciar el rigor de las palabras, de lo que estaba impreso en esas páginas que alguna vez fueron blancas y que, el precio para ser llenadas, contenía muchas luchas, muchas injusticias, ideales desde donde la palabra: hombre, tenía otro significado, si quizás así se entendía a la vida, desde esa juventud en la que se creía, en la que se entregó todo y donde la bohemia se enfrentaba contra el miedo al futuro, a lo incierto.

¿Cuántas noches más duraremos?, volvió a preguntar el poeta de cabello largo y barba espesa. No era fácil lidiar noche a noche en medio de una ciudad sin héroes, donde ellos eran reconocidos como los poetas, los que tenían el sagrado peso en sus manos del deber, del señero dedo que otra visión del mundo tenía, o al menos eso se esperaba, entre delincuentes, mafias con drogas, políticos corruptos, un país que decía a los cuatro vientos tener Libertad de Expresión, y que en el silencio era corroborado cuando el hablar era un tropezar segundo a segundo con discursos contestatarios y rebeldes desde los que la verdad era como dinamitazos, ante un sistema, ante el cual, palabra tras palabras, se enfrentaban, desde cualquier plaza, desde cualquier esquina, porque llegado el momento, ya no era cuestión de hablar de éste o aquel autor, llegado el momento, se terminaba hablando de los amos del Perú, y entonces recién uno se daba cuenta qué era ser Poeta, qué peso tenían sus palabras. No eran simples versos esos poemas que dejaron en esa generación, eran luchas constantes, ideologías formadas por la fuerza de la obstinación, esa terquedad de no querer ser copartícipes de la pobreza en la ciudad, de cómo se enriquecían algunos de la noche a la mañana a base de estafas y robos al estado. Sin querer se terminaba hablando en contra de las autoridades, por ello no se podía evitar los enfrentamientos contra las fuerzas del orden.

Así eran esos amaneceres, en los inicios del 2,000, cuando la fiereza en la mirada, tenía esperanzas y rabia, la cólera del pueblo que fue marginado, avasallado en sus derechos, arrinconado a las afueras de la ciudad, despojados de las comodidades de esa clase media emergente que no quería compartir sus privilegios con los oprimidos. Por eso el bardo volvió a repetir con rabia, como si hubiera sido engañado todo ese tiempo, en reclamo justo: ¿dónde, dónde está la Patria que se nos prometió?

Y nadie tuvo respuestas. Nadie.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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