ÚLTIMA PARADA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

La verdad que no era necesario remontarse a la Lima de Julio Ramón Ribeyro de esos años, cuando extrañaba desde París, la ciudad donde nació y en vida, todo el mundo le conoció. La última vez que le vi, fue en una foto de la revista Caretas, de a espaldas, con el poeta también limeño, Antonio Cisneros, posando ambos con sus tabacos, de manera solemne, en una de esas reuniones donde se les veía como dos titanes de la literatura peruana, uno de la narrativa, otro de la poesía. La foto era de inicios de los noventas, en el apogeo de ambos. No sabía en ese entonces que la vida se lleva a todos, que no pregunta quiénes son los seres que más se quieren en una ciudad, que no les da más tiempo, así no más, de golpe, se marchan, para nuestra tristeza. Y digo que no era necesario remontarse a esa Lima gris de los setentas, la que era post a Conversación en la Catedral de nuestro Premio Nobel, Mario Vargas Llosa, ya que en ciertas zonas de la ciudad de Arequipa, las calles desoladas, mostraban un parecido similar. Para ser preciso, debo ubicarme en una de las zonas más frecuentadas por mi persona desde inicios de siglo, el barrio de Quinta Romaña, rodeado de casonas bellas, atrapadas en un espíritu lóbrego por los parroquianos que ebrios solían caminar a cualquier hora del día por sus calles. Había una especie de maldición en lo que había sido el hogar de familias pudientes allá por los setentas, y que ahora, de esa alcurnia, solo quedaban los recuerdos de cuando se tuvo poder en Arequipa, la Ciudad Blanca.

Al bajar la calle, unos pastrulos jalaban la droga a vista y paciencia de un patrullero que pasó sonando la bocina para luego seguir de largo. Qué era la libertad, el exceso de la fortuna, los vicios a la mano, el hecho de atribuirse en esos entonces a la clase alta de la ciudad el consumo de cocaína como símbolo de poder, la opulencia que dejaba un rastro a tufo de días infernales donde las añoranzas de lo que se tuvo, eran solo nostalgias que nunca regresarían.

Doblé la esquina para comprar de un chifa, el chifa de la coreana como le llamábamos, un par de zopas wantanes de esas bravas, con pechuga de pollo, fideos chinos, huevos de codorniz y lechuga flotando entre esa mezcla de razas, de lo variopinto que es Perú desde todas partes, cuando vemos desde cualquier calle, y reconocemos a los peruanos de piel cobriza y ojos marrones, a los gringos, a los pitucos como les llamamos a la raza blanca en Perú, y toda la tragedia de esas calles donde no es seguro andar a ninguna hora del día, entre el tráfico de buses y personas de aspecto nervioso esperando su transporte, y los de la calle, los abandonados a la suerte de no tener casa, de tener que caminar toda la noche para pasar el frío, y en el día, lavar las ventanas de los buses para recibir monedas con las cuales se juntaba para el almuerzo y si había suerte, para la cama en un hotel barato, lleno de ácaros en los colchones.

Porque la vi allí, detrás de la caja, en su chifa, y tuve pena, no la veía hacía meses, pero no era para tanto. De golpe se le habían venido unos 10 años encima. Era bien guapa, trabajadora como toda oriental, desde bien temprano por la mañana, hasta casi la media noche. Así era su mundo, eso era todo lo que conocía de la vida, en un dar pasos desde la caja hasta la cocina, todos los días, sin descanso, como si el destino fuera una marca inevitable para algunas personas.

Al entrar el hedor era demasiado fuerte. La vi a los ojos, ella se puso nerviosa. Habían en las mesas un grupo de muchachos que parecían estar cómodos, en otras, más hombres solitarios, y como siempre, mozos distintos. Esta vez era un pequeño adolescente, digo pequeño por la edad y por lo indefenso que se me mostraba a los ojos. Se tapó la nariz e inmediatamente abrió una de las puertas por el hedor. Era gay.

Un muchacho entró dando esos discursos a los cuales los de la zona ya estaban acostumbrados, hablaba del penal donde estuvo preso, de no contar con trabajo, de no querer robar otra vez, de estar solo en la ciudad y no tener a nadie, que se moría de hambre, que bastaba con un pan. Alcé la vista y vi en el televisor a nuestro Presidente, Pedro Pablo Kuczynski dándose la mano con Keiko Sofía Fujimori y en medio, El Cardenal Juan Luis Cipriani. Hice una mueca de fastidio. Me parecía que desde donde yo estaba ellos estaban fuera de foco. Así de variopinto es Arequipa, que no es todo el Perú, apenas casi un millón y medio de habitantes, y por supuesto, solo la segunda ciudad más importante del país. Extrañé a Ribeyro. Pensé que él habría visto con más ironía lo que yo observaba y habría escrito algo más mordaz o atinado. Pagué las sopas wantanes. La muchacha me esperaba en una habitación donde vivía de alquiler. No podía ser así la vida, peor no podía ser, pero lo era. Dos horas después, en mi casa, comprendí que mi mundo era diferente, como lo es desde cada barrio, calle, casa, o habitación de la ciudad. Me queda aún viva la imagen de la pantalla del televisor, el Presidente y la lideresa de Fuerza Popular dándose la mano, en medio del chifa y el mundo detenido allí para siempre.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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