ANOTACIONES DE UN JOVEN LIBRE

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

Me habían educado para ser libre. Paseaba por el Mirador del Inter, un lugar rodeado de árboles y un balaustre desde donde se podía contemplar el río de la ciudad y más al fondo, los volcanes. Eran cerca de las nueve de la noche, había salido de la Biblioteca donde leía todos los días lo que a mi criterio elegía. Aquella noche tuve entre mis manos unos poemas de Rilke. Los había hallado en una biografía que hablaban sobre él. Eran unos tiernos versos que los escribió a sus 14 años. Hablaban de la soledad. Supe en ese momento de los lugares comunes, de que el poeta tiene la virtud de escribir lo que todos sentimos y que creemos desde nuestra ignorancia, nadie más lo ha vivido. Rilke me había dicho a través de sus versos que lo que yo sentía, él lo sintió hacía mucho tiempo y era un sentir universal.

Silbaba una de las melodías que más me agradaron cuando tuve 17 años y soñaba con el futuro. A esa edad no le temía al futuro, siempre pensaba que cada inicio de año era un volver a empezar, renovar votos de confianza con mis metas, un estar más cercano a lo que me había propuesto.

Es que eres libre. Me dijo la muchacha que leía de manera inquieta los poemas que pegaba en las ventanas de la Facultad cuando estudiaba arquitectura. Solía añadirle dibujos de personajes que yo creaba. Aquella vez me dijo eso: no todos podemos ser como tú, aprendo de tu forma de ser. ¿Pero en qué te basas para decir que yo soy libre? Le preguntaba ello porque la noche anterior nos habíamos reunido en un café con un grupo de amigos de dicha facultad, y yo sentía que no era libre, que sentía algo que me impedía unirme a los demás, era una sensación que me apartaba de todos. Esa noche, me levanté del asiento y me dirigí al baño para escribir en sus muros blancos: “quiero ser libre”.

Leímos lo que escribiste. Aquel amigo de ese entonces solía acompañarme cuando queríamos conocer a las muchachas de sociales, la otra ciudadela de la universidad. Ingresábamos a paso firme y sonrientes. Mejor dicho, íbamos tras los labios de las muchachas que eran necesarios conocer. Así que leyeron lo que escribí. Sí, nos quedamos pensando en ello. Me pareció por ello contradictoria la afirmación de quien fuera mi mejor amiga, a quien llamara unas 7 a 8 veces diarias por teléfono, allá por los noventas, y quien siempre de manera amable, cariñosa y expectante, esperaba mis llamadas. Te atreves a hacer lo que nosotros no podemos, finalmente me dijo. Dialogábamos desde el patio de la Facultad. Los demás alumnos estaban en las aulas. Al levantarme del asiento para salir a fumar un tabaco percaté que me seguía. Conversamos. Mauricio, no son solo tus lecturas, es lo que tienes dentro de ti, das a conocer tu diferencia en tus escritos. Todos somos diferentes, pero tienes la virtud además de ser intenso, de acompañar tus escritos con tu personalidad

 y darle forma a lo que escribes. Te leemos y te pensamos y recién te entendemos.

El arquitecto había dicho alguna vez en plena cátedra: “el artista debe ser valiente “. A la salida de clases me explicó ello: no debes tener ningún tipo de miedo al momento de escribir. Debes considerar que serás leído por jóvenes que no tienen esa facilidad para hacer un poema donde encuentren otra visión de la vida. Cuando entraste a esta Facultad y me mostraste un ensayo que escribiste, pensé que ya habías estudiado otra carrera profesional. Hay personas que les gustaría tener el don que tienes. Se pasan toda la tarde sentadas frente a su máquina de escribir y a lo mucho logran llenar media página, ¡media página donde uno se aburre y deja lo escrito!, y sabes por qué, no, le respondí, te diré por qué: “el acto de escribir es un acto de derrota constante contra uno mismo, solo de esa manera el Escritor se hace libre”. Años después pensé en ello: en el cómo uno al escribir, dejaba parte de sí mismo para siempre en el papel, derrotando al que se fue hasta ese entonces, para tomar otro camino, como un seguir avanzando ya liberado de lo que hasta eso momento tenía que escribir, lo que fue en su momento, lo que tenía que pasar y dejarse de lado, como se trata en los crecimiento personales. Silbaba esa melodía. El Mirador estaba solitario. Pensaba en ello, en que me habían educado para ser libre, para expresarme sin miedos entre las personas que conociera. Silbaba como alguien encantado por un hechizo mágico, mejor dicho, aún era sensible a lo que otras personas dijeran sobre mí: ella me dijo que yo era libre. Así paseé por el Mirador, disfrutando de mi libertad. Años después pelearía duramente por ella, como solo se pelea cuando se está dentro del mundo, como solo lo hacen los que se hacen apellidar libertad, es decir, los que la han perdido.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

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