EL ADULTO QUE RESISTIÓ

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

Me enseñaron a ser solidario, yo, que era ese muchacho que enervado por las fuertes drogas que me recetaron en la época de la Dictadura de Fujimori, por haberme alzado, por haberme rebelado contra su gobierno, cuando reventé una tarde y al llegar la noche, protestando solo en plena calle, me encontré con decenas de taxistas apoyándome, cuando estaba frente a frente al comisario y demás policías donde luego de responder: ¡Mi nombre es Libertad!, a la pregunta, ¿cuál es tu nombre?, acaso no respondía así lo que sentía la ciudad de Arequipa. Sí, eran años donde padecía de dislalia, donde tocaba las puertas de las casas de mis amigos para querer conversar, sin poder hacerlo, atrapado en una desesperación que despertaba iras, cóleras por parte de quienes me rodeaban y me estimaban. De esos amigos me queda el sentimiento solidario, el saber que el ser humano merece la fe.

Recuerdo mucho a un señor, padre de uno de mis mejores amigos de ese entonces, quien siempre me hablaba sobre la vida. Era un hombre sabio, un hombre rebelde, alguien distinto que siempre participaba de las presentaciones artísticas. Un loco soñador como cualquiera a su edad habría querido serlo. Alzaba la voz y decía: ¡debemos ser desobedientes ante un sistema que nos ha robado la vida!

Hace poco lo vi en unos videos de cuando Arequipa, en los archivos, él azuzaba a los felices ciudadanos de esta ciudad para festejar la caída de Alberto Fujimori Fujimori. Tendría unos 55 años en ese entonces, pero era un hombre libre, un hombre que enseñó a sus hijos a seguir sus sueños, a creer en lo que ellos creían, por más descabellados que fueron esos sueños: querer ser un gran pintor, un gran escritor. Porque se rebelaba contra todos sin ningún tipo de miedo, apelando a los derechos del ciudadano, como aquella mañana cuando estuve en La Defensoría del Pueblo, reclamando mis derechos ante una inminente orden internamiento en un psiquiátrico a mi persona. Él reclamaba por los abusos de la SEAL, servidor de luz eléctrica para la Región de Arequipa. Era un hombre solo contra titantes. Alguien que inspiraba.

Nunca encontré en él rastro alguno de pesimismo. Yo pensé que debían ser así los hombres maduros, los que trajinaron por miles de días de batallas constantes, sintiendo de manera visceral los deseos de justicia propio de los arequipeños si acaso, vi en él al tradicional arequipeño, el que se alza, el que se rebela, el que es temerario y le hace honor a su pasado.

Y me mostraba libros, me hablaba sobre la salud mental, me exponía claros ejemplos de cómo somos las personas, que no existe un patrón para definir qué es normal o anormal, que alguna vez a su hijo, el psicólogo del colegio donde estudiaba, quiso diagnosticarle con esquizofrenia, que le había armado un escándalo terrible y amenazado con abogados si no retiraba ese diagnóstico a un niño en ese entonces, que ahora, hace labor social, ayudando a gente humilde, necesitada justamente de eso, de fe, de sentirse amparados en personas que creen en el ser humano.

Mi padre siempre me dice que él era un tipo excepcional, un diferente, alguien que a pesar de haber tenido muchas experiencias nunca dejó de ser el niño que todos añoramos y no deseamos perder. Era un adulto con un norte claro: la persona. Debo puntualizar que no se le conoció pasado corrupto, que era alguien digno, alguien que se atribuía la autoridad de acusar sin miedo alguno.

Hay personas que se van para siempre. Pero hay personas que se quedan en nuestros recuerdos para ser admiradas y reflexionadas. Lo veo en esos videos de cuando Arequipa festejara el final de una etapa muy corrupta en el país, cuando esta ciudad se alzara no solo contra el Dictador, sino contra los nuevos grupos de poder, contra los abusos cometidos. Perú sigue siendo un país corrupto, pero también lleno de gente decente. ¡Salve Jesús, Salve! Porque se extraña tus conversaciones, porque se extraña tu firmeza cuando había que ser contestatario, pero por algo más relevante, por enseñarme que la solidaridad existe, por que fuiste inmensamente humano.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

Todos los Derechos Reservados para

Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Comentar este post