EL ESCRITOR QUE NO SALÍA DE SU CASA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Pero es que no entiendo, pasas todo el día escribiendo frente al ordenador. ¿Cómo es que no pierdes la razón? Sorbí un poco del vaso con limonada helada mientras dejaba deslizar mi mirada sobre los rostros de las bellas muchachas sentadas al balcón del café. Eran muchachas tiernas, muy bellas. Pero yo he conocido mejores, ¿qué?, ah, pues no hay nada que me llame de la ciudad, salvo cuando se trate de algo importante, ¿para eso me citaste?, pensé que era algo serio. ¡Pero claro que es serio!, has renunciado al mundo, ya ni contestas el llamado de tus amantes, te has encerrado en una habitación para escribir durante todo el puto día. En ese momento al rosar mis dedos con mi nariz, sentí el vivo olor al sexo de una de mis mujeres, me sentí incomodado por ello, hacía más de una semana que no la veía; pensé en la colombiana, no, me dije, a ella la llamaré después de la quincena, a ella la quiero para otro encuentro de derroche atlético, con ella podía tener más de una hora de sexo, a pesar de reclamarme siempre el por qué no me concentraba. Ella siempre quería que eyaculara, lo que no entendieron nunca es que mi placer no radica en alcanzar el orgasmo, radica en someter, poseer. Tú no vas a botar leche, vas a botar queso. Se llama por eso cuajo, mi estimado, le ilustré. Pero qué, me has citado entonces para hablar sobre mi vida íntima, debo aclararte que no es placentero hablar de sexo con hombres, que para eso están ellas, en otros años me habría parecido entretenido tenerlo como tema de conversación con los amigos, narrar mis hazañas en la cama, pero pasa que mis vivencias me las reservo para mi literatura, no para las conversas, creo que eso es inmadurez. ¿Inmadurez?, por qué. Te lo diré por única y última vez, hace años hablaba sobre sexo con uno de mis amigos, hasta que sentí el olor de su sexo lubricado. Fue una experiencia muy desagradable, desde entonces no hablo sobre sexo con mis amigos, lo hago con mis amigas siempre y cuando ellas lo consientan, creo que con ellas sí es oportuno hablar de sexo. Es rara tu manera de pensar, me dijo. ¿Entonces qué, me vas a pedir que midamos nuestros penes para saber quién lo tiene más grande?, ¡vamos!, en eso terminan todas las conversaciones sobre sexo entre varones que tenemos vida sexual activa, que las orgías no las comparto con otros varones. ¿Has estado en orgías con mujeres? ¡Basta!, cuál es la razón del porqué me hayas citado. Ah, nada, es que tus amigos estamos preocupados por ti, no se te ve años. Antes solías dialogar todo el día, siempre te veíamos en las actividades culturales participando. Eras un tipo bastante incómodo para los ponentes, ¿qué pasó? Te refieres a qué por qué decidí encerrarme en mi habitación para escribir todo el día, bueno, lo de la actividad cultural tiene su razón de ser, me cansé de hacer preguntas a intelectuales porque me di cuenta de algo: solo quería figurar, eso no lo tenía muy claro, creo que quería ejercer el poder y derrotar a los ponentes, eso pasa siempre. Un día me dije que estaba perdiendo el tiempo, que todos los intelectuales tienen su forma de pensar y nadie va a hacerles cambiar de parecer, prefiero por eso leer por mi cuenta y dar un juicio sobre la obra sin tener la necesidad de hacer preguntas sobre ella, saco mis conclusiones y luego paso de libro, ¿tanto te cuesta entender que solo damos aportes, pero que la verdad no está en cada uno de esos intelectuales que quieren solo seguidores? No siempre es así. En este medio lo es, al menos dentro del medio donde conocí a quienes ansiaban llenar auditorios. Ya, ok, veo que no has perdido ese defecto tan tuyo de ser un convencido, pero, dedicarte a hacer solo el amor con marocas y escribir, ¿eso es vivir? Lo que tuve que vivir, ya lo viví, lo que hago ahora no lo podrías entender mi estimado. Me preguntaste hace un momento cómo es que puedo aguantar ese trajín solo, es decir, lo de escribir todo el día, entre sesiones de sexo duro y frío con marocas y un silencio en donde no acostumbro a conversar con nadie. ¡Sí, eso es lo que todos nos preguntamos! Pues no hay misterio en todo esto, dejé mi vaso con limonada sobre la mesa y luego de ordenar mi cuenta dije: muchacho, hallé mi espacio propio, me encontré escribiendo simplemente, ¿sabes que eso brinda serenidad?, hace tiempo, mucho tiempo que dejé de visitar a mis psicólogas para conversar justamente sobre lo que ahora conversamos. ¿Has olvidado lo que dije hace años cuando me referí al arte y cómo ayudaba a las personas éste? Por primera vez lo vi nervioso, era como si de pronto observara a alguien que aún no se había alcanzado, que le faltaba el camino por completar que yo había recorrido y que él temía, jamás podría recorrer, hasta que habló tímidamente: ¿te refieres a cuando dijiste que el arte es la cura? Precisamente, le expresé mientras me levanté del asiento y le estrechaba la mano. Tranquilo, todo está bien, solo que para mucha gente nunca podrá ser entendido claramente cómo es la relación del Escritor con su Literatura, no te compliques la vida tratando de entenderme, a quien debes entender es a ti mismo.

Salí del café y respiré hondo, era el olor de la ciudad, aproveché para caminar un trecho, para ver cuánto había cambiado la ciudad sin mí.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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