EL ROMANCE

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

No lo sabía, pero es necesaria la paciencia, para todo, inclusive para ver hechos realidad los sueños. Así eran mis días en aquellos años, cuando pasaba recién de los 20 años y, solía leer mis libros y escribir diariamente, como lo hago ahora, tratando de entenderme, de saber cuál era el propósito de la existencia. Años después, mejor dicho, una década después, con amigos muy allegados, buscábamos la verdad. Para ser más preciso, nuestras lecturas de los Maestros de la Literatura Universal, no fueron suficientes, pareciera que nunca nada lo es, hasta determinado momento, cuando decimos, ya, basta, no es necesario salir a trotar más por las madrugadas, ni tampoco por qué salir los fines de semana para saber de las muchachas, para jugar al amor, sí, como lo he escrito, jugar al amor, como si en nuestra ignorancia, no sabíamos qué era el amor. Y así, íbamos de iglesia cristiana en iglesia, conociendo muchachos y muchachas que también tenían sus lecturas, que eran profesionales, y que al igual que nosotros, dentro de nuestro estilo de vida, donde el beber no era nuestra afición, y donde me sentía incómodo cada vez que pedía permiso entre prédica y prédica, para calar mis tabacos, para volver a sentarme, y ver los rostros de mis amigas y las que conocía, bregando duras peleas para hallar su propio espacio dentro de la ciudad. Quizás eso eran esas comunidades cristianas, como un club social donde las personas que se integraban a nuestro grupo social, eran personas que tenían afinidades a las nuestras. Pero las decepciones, aprendí, eran cosa de todos los días, y ante ellas, había que tener paciencia, tomar las cosas con calma, y entender que los seres humanos no somos perfectos, que en ello radicaba el error humano, que habían muchos tipos listos que vivían de diezmos para darse la gran vida, que había mucho de por medio, desde cómo hacer dinero con la Palabra de Dios, si acaso en su momento me pregunté por qué invitaban solo a drogadictos y drogadictas, por qué ellos llenaban las iglesias y de manera sorprendente, eran curados de la noche a la mañana, por intervención divina. Mis razonamientos me decían que eso no era normal, que había algo extraño en todo ello. Yo que conocí de cerca los testimonios de alcohólicos y personas con adicciones mayores, sabía de esos centros de rehabilitación donde los muchachos adictos eran bañados en agua helada en plenas madrugadas, cuando entraban en crisis, cuando era necesario indebidamente agarrarlos a palos o a correazos, para corregirles una enfermedad que no tiene cura. Llegué a pensar que en esas comunidades cristianas se microcomercializaba la droga y que los presentes, en estados de histeria en cada culto, estaban bajo el efecto de alguna droga diferente que el Pastor les proveía para calmarles su adicción.

De esos años, entendí, que todos éramos unos buscadores, que llegado el momento, el sexo solo era una forma de evadir la realidad, que el amor no era una necesidad, que era más urgente el tener con quién discutir o polemizar, o contarse las alegrías y miserias que son propias de comentar en la amistad, pero que en la relación de pareja, no solo se hacía más íntimo, sino completo, en términos exactos.

Era lo que alguna vez el primero de los escritores de mi generación comentara al referirse al miedo a la soledad, a no poder aprender a estar acompañado de uno mismo, a temer perder la razón y no saber con quién compartir los miedos horribles que convertían a las personas en humanos inconfesables, personas que huían de sí mismas, que necesitaban siempre de alguien para filosofar, si acaso no es eso el amor: el filosofar entre un hombre y una mujer.

La paciencia que tuve que tener para llegar a entender que siempre fracasaría en mis relaciones de pareja, que me era más práctico y saludable tener amantes sin derecho sobre mi libertad y, que la mejor compañía que podía tener, porque su efecto es superior a cualquier tipo de experiencia y, acaso me brinda satisfacciones personales que solo yo las siento, por realizar la labor que hago con pasión, como si fuera el sentido de mi existencia, fue así que con el pasar de los años, madurando para escribir lo que escribo ahora, la literatura sería mi compañera, con quien podía pelearme a lo mucho un par de días, entre silencios llenos de arrepentimientos en los que volvía una y otra vez por ella, para mantener esa estrecha relación que despertó mi vitalidad cuando recién empecé a escribir, y que hasta ahora me mantiene interesado en la vida, tras mi obstinación, supe aprovechar al máximo cada vivencia, para convertirla en lo que lee mi estimado y estimada lectora, con el fin de entender que la vida está donde uno se siente bien, que la existencia alcanza su grado más perfecto cuando lo realizado a uno lo hace sentir bien, si acaso en este escribir, no se sienta el temor a la soledad o, la ausencia de mujer alguna a quien amar, me hizo comprender que esta costumbre que tengo con las letras es una relación para siempre, más allá de cualquier interpretación mágica que se dé. Porque uno se queda con quien más feliz nos hace, y así fue y es conmigo, cuando escribo.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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