INFIDELIDAD

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Te apuesto que los dejo solos y no hará el amor contigo. ¿Qué son dos amigos que hicieron alianzas sobre toda la ciudad? Porque los vieron treparse La Catedral, desafiar a las autoridades desde las Torres y proclamarse los más fuertes. Ambos habían logrado someter la ciudad en base al dominio del músculo y la inteligencia. Él era un tipo de más de un metro ochenta, rubio y de ojos claros, un tipo que tenía una forma de pensar diferente, era alguien a quien le seguían, alguien que nunca dudó en dar un golpe en cualquier lugar de la ciudad, era el que le quitó a su novia las sandalias para arrojarlas a una torrentera y gritarle: “tú no te vas, te quedas conmigo”, en una playa concurrida de Arequipa, a media noche, donde no tenían a nadie, donde las muchachas terminaban ebrias y tiradas en las playas, donde los vulneradores las hacían suyas.

¡No conoces a las mujeres!, me dijo una vez el otro, un hombre también rubio y de ojos claros, de algo más de un metro setenta, alguien que no tenía piedad al momento de enfrentarse contra quien quisiera desafiarlo.

La Yegua ya no es la mujer que conocí por esos años. Esa rubia de ojos claros que leía lo que yo escribía, que alguna vez me dijo: “¡nunca seré tuya!”, desnuda, con las piernas abiertas, echados ambos en la misma cama, mientras lo pensaba una y otra vez, como cuando me propusiera matrimonio y me dijera: “te convengo”. No, ella quiere embarazarse y no quiero tener hijos. Ella formó parte del círculo de la soberbia, de los que en esos entonces salíamos en sandalias por la ciudad y nos sentíamos los mejores, era la mujer de quien le dijo esto al rubio alto: “Te apuesto que los dejo solos y no hará el amor contigo “.

Se habían enamorado y pensaban que sería para siempre. El sexo fue la experiencia que los comunicó con las mejores melodías compuestas por su guitarra, cuando él ensayaba 8 horas diarias.

Cuando nos conocimos, él había entrado a una de las discotecas más prestigiosas de la ciudad con una pistola. Lanzó un par de tiros al aire y gritó: “¡Aquí mando yo!”. Al día siguiente, en la sala de observación del psiquiátrico, me escuchó cantar desde la sala de ping pong unos temas de Nino Bravo, para ser exacto, era: Libre.

Apareció quien era su nueva pareja en ese entonces, una muchacha alta, bellísima, de piel clara y cabello castaño largo. Mi “hermano” quiere conocerte. Yo sabía que no eran hermanos. Que no solo ella lo amaba como todas sus mujeres lo amaron, además sentía admiración por el guitarrista. Desde entonces comenzamos a tratarnos, hasta esa noche en que La Yegua me propuso matrimonio.

¿Y qué pasó?, le pregunté. Era mi mejor amigo, ambos éramos fuertes en la ciudad, dijo mientras hacía unos acordes con la guitarra. Ella fue uno de mis primeros amores. Mejor dicho, me hizo volver a creer en el amor. Y entonces por qué los dejaste solos en tu habitación. Fue la incertidumbre, el miedo a saber si nuestro amor iba a durar toda la vida. Confié en ambos, creí que ella nunca me sería infiel. Y qué pasó. Nada, volví luego de haber practicado mis artes marciales, y los encontré haciendo el amor. Los había perdido a los dos para siempre. Yo también me perdí para siempre, lo demás es alcoholismo mi estimado Poeta.

“¡Nunca seré tuya!”. Recordaba las palabras de mi amigo. Ella era su mujer. Me levanté de la cama, me vestí y decidí dejarla sola. Sus ojos celestes me vieron con un odio que sería olvidado con el pasar de las semanas.

 

Recordé las palabras de Al Pacino cuando dijo: “Un hombre no está con la mujer que le gusta a su amigo, ni con su ex, ni con la que es su novia”

Lo que no supe años después, es que nadie creía en eso, nadie.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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