LOS HOMBRES ABSURDOS

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

No lo soportó, se volvió alcohólico. De pronto empezó a beber todos los días. El tipo buscaba cualquier pretexto para estar rodeado de amigos, se las ingeniaba para estar al tanto de la vida de las demás personas, gastaba bromas pesadas todo el tiempo. Su soledad ante el mundo lo derrotó. Mejor dicho, no soportó su absurdo, su estar enterado de quiénes son los amos del Perú, su estar comparándose todo el tiempo con los poderosos del país. Manejaba su taxi diariamente, en realidad era un tipo bonachón, alguien que no entendió que a sus 45 años, debía aceptar su lugar dentro del mundo, dentro de la sociedad, total, ser un taxista honrado que se gana diariamente su dinero sin robar a nadie era algo admirable, muy lejos de la microcomercialización de drogas, de los delincuentes, de los que están en mafias donde se usan armas para delinquir. Simplemente no soportó llegar a los 45 años y verse como un taxista.

¿Qué está pensando? Seguro que me está mentando la madre, ¡dígamelo agente!, me han informado que usted desprecia su trabajo. ¿No sabe que aún hay gente honesta que tiene valores y que prefiere vestirse de huachimán a delinquir?, por qué se queda callado, qué no le gusta de este oficio, ¿le molesta ver a los ingenieros ejercer su autoridad dentro de las fábricas?, me dicen que usted lee bastante, ¿dónde está todo lo que debió haber aprendido de sus lecturas? Era inútil, cómo le decía al supervisor que la realidad de las fábricas en nada se parecían a los textos de sociología donde se les describía de otra manera. Los oprimidos tenían una conducta muy distinta a la descrita por los que abogaban por sus derechos, lo que observaba diariamente no me gustaba nada: hombres que abusaban de otros hombres, hombres que no aguantaban el trabajo más de una semana, hombres que tenían una familia qué alimentar, proveer. Mejor dicho, eran unas mierdas los operarios, los obreros, ¿por qué entonces tendría que defenderlos desde mi discurso? ¡Mándalos a la mierda!, fue lo primero que me dijo mi padre quien es Sociólogo además. Ese mundo era de gente sin modales, sin respeto por sus demás compañeros de trabajo. Yo era un poeta de 21 años que se había quedado sin defender a nadie desde sus escritos.

Que bebe todos los días. Llegó a los 45 años y se dio cuenta que era un don nadie dentro de la ciudad. Mi abogado probó un poco de su agua mineral mientras me escuchaba, hasta que dijo: tú sabes bien que del alcoholismo no se retorna nunca, lo has visto en tus amigos más allegados. Ese es el gran problema de esta sociedad actual: ha ninguneado a todas las personas. Los han derrotados a todos. Han encontrado en el alcohol una evasión a su insignificancia. No todos tienen tu capacidad emocional Mauricio. Escribes todos los días y eso le da razón a tu existir, pero, dime, las personas que no tienen tu talento, las personas comunes y corrientes como ese pobre hombre del cual me hablas, ¿qué opción tienen en la vida? Te diré que ninguna. Los perfiles psicológicos modernos arrojan como potenciales suicidas a aquellas personas que beben demasiado y que necesitan reírse de las demás personas para, de esa manera, no sentirse tan absurdos dentro de esta sociedad. Es que Mauricio, ¡son 45 años!, tu misma edad. Mientras tú haces literatura y te retroalimentas de todo lo que vives, hay cientos de miles de personas en este país que no saben qué sentido deben darle a sus vidas. Y claro, les gustaría se importantes, ser personas respetables, no manejar un taxi todo el día y en su trabajar, ver los edificios de la ciudad, saber de los fuertes en las finanzas, recibir mal trato por parte de gente que lo ve como alguien inferior cada vez que brinda su servicio. Mauricio, el sentirse absurdo es algo que se da en todo el mundo, no es algo que solo les ocurre a los mendigos o a los orates que desde su lucidez se han dado cuenta que dentro de toda esa pirámide social ellos vendrían a ser los últimos hombres.

¡Váyase usted a la mierda!, no me gusta este trabajo de agente de seguridad, ¡tampoco necesito este trabajo!, solo quería ser autónomo, pero eso no quiere decir que tenga que aguantar su carajeada, ¡tenga, tome su revólver, sus cuadernos; mañana le dejo este apestoso uniforme!, y no es que sea ofensivo ni menosprecie a nadie, no le quito validez a la gente que honestamente se gana la vida, pero pasa que no estoy de acuerdo con lo que veo en estas fábricas, ¡no pertenezco a este mundo simplemente, y su sueldo, se lo mete por el culo,

Mayor! El tipo se quedó callado, se había acostumbrado a humillar a todos sus agentes, pero eso no era solo conmigo o con los demás, ni tampoco solo con los agentes de seguridad ni con los técnicos o mecánicos o taxistas o cual fuera la profesión, en este país todos se desquitan con el que está debajo de uno en el trabajo, en la comunidad, donde fuera. Siempre había alguien que pagara los platos rotos, siempre había alguien con quien descargar toda la frustración de sentirse un absurdo, es decir, alguien que carecía de norte en su vida, que no sabía para qué existía.

¿Y no para de beber?, pues no, mi estimado doctor. Es una pena, es alguien más a quien hemos perdido. Que no te extrañe que de aquí a un tiempo empiece a venderlo todo y a fastidiar a los vecinos para tener dinero para beber.

Ya no era la vida y el mundo absurdo, ahora eran las personas las que se sentían absurdas. Era el triunfo del consumismo y la soledad de saberse nadie, dentro de un mundo inmensamente inmenso, y vale la redundancia.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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