LOS QUE SE AFERRARON A LA VIDA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

Cuál era el misterio de los que se aferran a la vida. Tienes el instinto de supervivencia y de reproducción muy desarrollado, me dijo alguna vez una mujer. Y tuvo razón. Detrás, hacía atrás mejor dicho, desde mi aprendizaje, mi fe en el ser humano se hizo más fuerte en la medida que supe rodearme de amigos a quienes empecé a observar como camaradas, personas con quienes además de ser sincero, hallaba lugares comunes desde donde me sentía con mis iguales sin que necesariamente en el diálogo todos tuviésemos las mismas opiniones. Así entendí la amistad, así supe cuidar a los verdaderos amigos de aquellas tardes de café donde se hablaba de todo.

Recibí un mensaje  desde el whatsapp, decía que era de un buen amigo que quería tertuliar conmigo. El número del celular no estaba agregado dentro de mi agenda, pensé en ese momento que era seguro de alguno de mis lectores que quería hablar sobre algún tema que escribí y que estaba en mi blog. Me estaba acostumbrando a este tipo de mensajes desde mi bandeja de correos hasta los que recibía donde publico diariamente mis escritos, eran comentarios relacionados con la salud mental, gente que celebraba con entusiasmo mi optimismo. No, hace años que dejé de visitar a mis psicólogas le dije a la muchacha que encontré en el camino, quien dicho sea de paso también era psicóloga. Es porque escribes, escribes todos los días. Has hallado el punto de equilibrio entre el sexo, el espacio propio y la literatura. La última vez que nos habíamos encontrado le dije que estaba preocupado. Ella me notó muy confundido, le decía que temía haber embarazado a una mujer. Eso no es posible me dijo ella en ese momento, estás muy confundido, ¡ninguna mujer que menstrua puede embarazarse en pleno acto sexual, te lo digo yo que soy mujer! Por eso se alegró al verme después de muchos años, celebró mi libertad y el cómo sin necesidad de evadirme con el alcohol y las drogas superé una experiencia difícil. Nos abrazamos y seguí mi marcha. Era una tarde lluviosa, yo estaba con mi sobretodo amarillo impermeable, mis botas para la lluvia, y un jean grueso azul. Para ser más preciso, recordé aquellos años cuando solía salir a caminar por la ciudad cuando llovía, calando un tabaco, si acaso eso estaba haciendo en ese momento, calar un tabaco y desplazarme en medio de calles donde otras personas apuradas en su marcha, llevaban paraguas para cubrirse de la lluvia.

El mensaje era de un amigo que al finalizar la conversación me dijo, el celular que tienes es solo para momentos de emergencia, no se lo des a nadie. Hablábamos del cómo se había evitado muchos problemas en la vida. Nadie me molesta, en todo el tiempo que me conoces Mauricio, nunca has visto que toquen la puerta de mi casa para molestarme. Era un tipo importante, alguien que deliberaba en circunstancias delicadas y que sin embargo logró tener su espacio propio. Solíamos conversar sobre política, donde él me daba alcances de lo que estaba vigente, de algunos amigos en común y terminábamos siempre en conclusiones sabias desde donde valorábamos el aprendizaje, acaso rescatando certeramente sobre lo aprendido. Ese  era el trato: nunca repetir lo que otro autor escribió en su momento, sino ser nosotros los que aportáramos con voz propia sobre lo vivido. Ese entusiasmo por la vida, el tener al igual que yo algunas mujeres para alternarlas por la semana sin caer en la necesidad de hablar sobre ellas, solo dedicados íntegramente a otro tipo de saberes, a los relacionados con la supervivencia, esos méritos personales donde se hablaba del mundo del cual formábamos parte, y desde donde cada quien en su oficio, como libres pensadores, aprendimos a ser cautelosos, agudos aplicadores del criterio y el discernimiento para evitarse momentos incómodos donde la libertad fuese alterada por errores propios de los tontos, de aquellos que se creyeron muy listos sin medir las consecuencias de sus actos, haciendo gala de los arrepentimientos, de lo que otros llaman experiencia, esos errores donde se pasa factura tarde o temprano de manera dura, severa, sin poder dar marcha hacia atrás.

El aferrarse a la vida, como empecé este relato, el instinto de supervivencia y de reproducción, la vitalidad, el vigor, los deseos de querer permanecer aquí para siempre, esa pasión entregada en la labor constante de uno, los desprendimientos ante el mundo, esos sacrificios que no necesariamente tendrían que ser entendidos por otras personas, solo por el fuero interior donde uno sabe que se ha actuado con probidad, que se hizo lo que se tuvo que hacer en su momento, por algo llamado deber, deber ante la Patria, ante el mundo, ante el ser humano. No entiendo de otra forma el aferrarse a la vida, no, no entiendo.

Al retornar a casa, prendí otro tabaco, la lluvia era agradable. Sabía que me esperaba otra noche de intensa escritura. No había otra forma más apasionada de seguir en este mundo. Para algunos era el hallarse dentro de él, para mí lo que siempre: el saber para qué se vive.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

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