UNA EXTRAÑA SOCIEDAD SECRETA DE LINGÜÍSTAS

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Ella sabía 11 idiomas. A sus 39 años había recorrido 11 países. Había hecho 11 tesis sobre diferentes idiomas. Pero curiosamente no había leído ninguno de los autores que yo le había mencionado como referentes de esos idiomas. Venía de una universidad europea de alto prestigio. No era la primera muchacha que conocí que desde muy adolescente fue estimulada para ser políglota. Pensé en la gramática, en lo difícil que es para mí que soy Escritor, manejar mi propio idioma, al momento de escribir, digámoslo como siempre lo he dicho: como alguien que enseña a escribir en español.

Lloró cuando hablamos de la soledad total en el mundo. Estábamos filosofando. Le hablaba del sentido de la existencia, del encontrarse a sí mismo. No entendí por qué lloraba. Ahora tengo clara la razón.

El anciano había estudiado música en un conservatorio de prestigio en Norte América. Cuando le pregunté cómo aprendió el inglés, me dijo algo que nunca olvido: “nunca lo aprendí. Repetía frases hechas sacadas de las canciones, y así me comunicaba”. Era un hombre de más de 70 años que no se había casado ni dejaba hijos. Nunca me habló de algún amor. Creo saber la razón.

Y no paraba ella de llorar. Recordaba de mi fracaso con el inglés y el francés cuando quise aprenderlos. Es inútil, me repetía, la fonética, los términos, el lenguaje técnico, la cultura general, ¡la hermenéutica!, si acaso hacían un uso intelectual de la palabra o le daban un uso iletrado. No puedo sostener una conversación fluida con nadie, considerando que cada quien es un mundo aparte y trae consigo sus propias experiencias, expresadas en su lengua nativa. No podía pasarme todo el tiempo preguntando qué significaban determinadas palabras. Me dije que estaba perdiendo el tiempo, a pesar de leer en inglés o francés. Arman las oraciones pensándolas de manera distinta a la mía. Cada oración es original y no se repite, más allá de la conjugación de los verbos. Y ella no paraba de llorar. Para ser preciso, estábamos en las afueras de la Facultad donde se enseñaba Filosofía, Literatura y Lingüística. Siempre polemizaba con los muchachos en nuestros diálogos que perdíamos el tiempo al querer entender a los Filósofos alemanes o franceses. ¡No los estábamos leyendo en su idioma nativo!, leíamos lo que otra persona había reescrito, es decir, lo que un intelectual traductor había entendido, sin que sea necesariamente fiel a lo escrito por el Filósofo. ¡No aprendemos nada de Sartre o de Nietzsche, les repetía, estamos aprendiendo lo que un traductor ha reescrito!

Así que empezaste a viajar desde temprana edad. Sí, me contestó, estuve un año en diferentes países. Ya había dejado de llorar. ¿Y estuviste en cada uno de los países de los cuales hiciste tus tesis? Sí, respondió a secas.

Me comentaba de su círculo de amistades. Todos eran gay’s o lesbianas. Sus parejas fueron catedráticas de universidades donde ella había estado, con quienes había convivido para ser más exacto, para ir al detalle: eran Doctoras en Lingüística del idioma del cual ella aprendió a hablar. ¿Por eso entonces no conoces a los autores que te he mencionado? ¿Cómo?, no entiendo qué quieres decir. Que te enteraste de lo que ellas estaban enteradas, todo lo que sabes de esos 11 idiomas es todo lo que cada una de tus parejas sabía de ese idioma. Tus guías en cada uno de esos idiomas son todo el vocabulario que tienes de cada país donde estuviste, desde la comida, viajes a ciudades, comidas… el amor, solo alguien que te ama te tiene paciencia para hablarte poco a poco “te amo” en su lengua nativa. Ella se puso seria y me pidió  no hablar más sobre el tema. Pero tú no las amabas, solo debías aprender sus idiomas. ¿Todas eran mayores, no?, es decir, ¿adultos mayores? ¡Basta!, a dónde quieres llegar con todo este interrogatorio. No eres la única entonces que sale de tu universidad sin meditar si el fin justifica los medios o no. ¿Quién eres?, ¿por qué conversas conmigo?, ¿qué quieres de mí?, le pregunté ya alarmado. ¿Eres algún tipo de espía?

Volvió a llorar. Solo pude abrazarla. No sé qué razones tuvo para renunciar a su vida para ser la vida de otras personas. Sé que no es la única. Debo irme, ya no podemos ser amigos. Estoy de acuerdo, expresé alarmado. Había descubierto una red mundial de profesionales que sin saber con qué fin, debían saber todos los idiomas posibles, fuera el precio que fuera.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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