MITOS SOBRE LA VULVA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Me dijo desde el chat: “soy maricón”. Eran las vísperas de San Valentín, y todo el mundo desde hacía semanas estaba que quería emparejarse. Era el miedo a la soledad. Seguramente fue rechazado por decenas de mujeres en su intento por querer recibir palabras de amor, de afecto, del cómo la presión social ante ciertos días hace que algunas personas tengan que lidiar en estos casos, con el amor. En ese momento sentí pena por ese hombre que desde el chat me confesaba ello, de buenas a primeras, sin saber quién era, como si lo escrito fuera el desenlace de una larga conclusión supeditada a muchos rechazos, a mujeres amargadas que se vengaron en él por otros hombres a los cuales ellas identificaban como los responsables del porqué sus vidas estaban vacías, lindando con el fracaso, los años que eran un terrible escarmiento por la pérdida de la juventud, el ya no poder ser las reinas y estar condenadas a los chats donde los solitarios se conformaban con relaciones a distancias y sexo virtual. Cerré la ventana del pobre hombre sin hacerle mucho caso, yo también me sentía deprimido, eran las vísperas del día del amor, y estaba también solo. Pensaba en mis mujeres, en lo cansado que estoy de hacerles siempre el amor a ellas, donde el sexo es rutinario y no hay nada nuevo más por practicar, solo un placer reiterado donde no hay la sensación de someter a una mujer desconocida.

A las tres de la mañana desistí en mi afán de querer entablar conversación con alguna mujer de buena voluntad. A la mayoría las largaba por estar llenas de resentimientos, simplemente no quería hacer terapias a mujeres que solo querían desfogar rabias donde los hombres somos los culpables de todo y cuanta desgracia hay en este mundo.

Al día siguiente busqué en el web muchachas veinteañeras, muchachas que recién habían llegado a la ciudad, ansiosas de placer, de querer sentirse promiscuas, de querer satisfacer fantasías donde se hace el amor con hombres de 100 kilos, de contextura atlética, con un metro ochenta y buena presencia, si mi estimada y estimado lector me sigue en la lectura, me estoy describiendo. Hasta que encontré a una muchacha de 21 años que me atendió con dulzura desde del otro lado del celular. Su tono de voz me agradó fuera del cómo se describiera, del cómo me quedé gratamente impresionado al tenerla ya desnuda entre mis brazos y ver ese enorme y hermoso trasero que era rematado en una cintura que era digna de ser pincelada. Esos senos enormes y su casi metro setenta me embraveció. Le ordené amablemente que se pusiera apoyada a la cama en la posición de 90 grados, y de un solo sopetón le metí mi miembro de más de 17 centímetros. A los pocos minutos ella ya tuvo su primer orgasmo, no solo estaba húmeda, el olor de su sexo era intenso. Poses más, poses menos, la hice mía celebrando un San Valentín donde me di cuenta que la muchacha se había enamorado, que quería seguir haciendo el amor hasta que desfalleciéramos en el intento, y así fue.

Ajusta tu vagina, le ordené. Esto fue al inicio. Sabía de las mañas de las estafadoras, de las que no hacen uso de su pelvis para cerrar y presionar con sus labios vaginales el ingreso y salida violento de mi miembro dentro de ella. En ese momento ella se enamoró. Su trasero era inmenso y bello. Recordé a algunas estafadoras a las cuales no sabía decirles que debían “ajustar” su vagina para que sintiera la presión de mis arremetidas dentro de sus vulvas. Comprendí que hay mujeres que no saben hacer un buen uso de su pelvis, que no hay mujeres que por el trajín de haber tenido sexo con muchos hombres, en algo afectara al tamaño y anchura de sus vaginas. Todo radicaba una vez más en saber ajustar el hueso pélvico. Me quedé pensando en las mujeres casadas que ignoraban sobre cómo ajustar su vagina para tener un buen sexo, digno de los San Valentines donde ellas insisten en que las vuelvas a llamar, como si así marcaran territorio ante alguien a quien complacen esmeradamente para provocar un reencuentro lo más pronto posible.

Después de todo, era una muchacha de 21 años para un hombre veterano de 45 años que le hizo el amor a su antojo, pasando de la hora del hotel, mostrándole mi miembro erecto para decirle: tenemos que hacer el amor por lo menos dos horas, mira que aún tengo ganas.

Se lo metió a la boca con desesperación.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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