CUANDO VENUS JUGÓ A SER PERVERSA (NOVELA) II PARTE

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

JULIO MAURICIO PACHECO POLANCO, AREQUIPA, PERÚ, 2014

 

 

EL SECRETO DEL DIABLO

 

Fue así que me confesó que a sus 14 años le habían hecho exorcismo. El abuso de las lecturas de las cartas del tarot la condujo por videncias demoniacas donde ella podía ver el futuro de todas aquellas personas que acudían a sí, para saber qué pasaría en el futuro, si el hombre amado sería alguna vez suyo, qué amarre en especial debía utilizar para tener a sus pies al que le quitaba el sueño.

Unos filtros de amor resumidos en sangre del menstruo de la consultante, echados en la comida eran suficientes para tener en sus manos al que ella desease, dominándolo por la pasión lujuriosa del sexo, donde la voluntad de cualquier varón se vería doblegada hasta el control total.

Y fue que me comentó que en un día cualquiera, ciertos estigmas empezaron a aparecer en su cuerpo. Al menos así le hacía creer a quien era su enamorado, aduciendo que era el Diablo el que se le presentaba y, junto con otros espíritus malignos, libraba batallas increíbles que con el tiempo serían la explicación a esas marcas en su espalda, siempre atribuidas al Diablo y no a sus verdaderos amantes.

Es que estos filtros de amor siempre fueron eficaces al momento de hacer los amarres y, los que fueran sus enamorados, compadecidos por el exorcismo que le hicieran en su adolescencia, le dejaban amplia libertad para poder hacer y deshacer con el sexo lo que ella quisiera, ya que estaba de por medio el maligno y esas batallas nocturnas en donde las marcas en su espalda, siempre tendrían una explicación.

Echados en la cama, luego de haber tenido 3 sesiones de sexo, fue que me confesó lo del exorcismo, del cómo en una ocasión había despertado con un enorme pelo cano que le colgaba de un párpado.

Para esas alturas, yo le creía todo lo que me confesaba. Y me decía que era el sexo algo muy sucio y pecaminoso y que solo servía para atraer al sirviente del mal. Desnudos sobre la cama, acariciándonos, de pronto comenzó a entrar en estremecimientos muy intensos. Temblaba llegando casi a la convulsión. Supuse que después de haber hecho tanto el amor y de haberle dicho en plenos actos sexuales cosas aberrantes propias de mi placer como: puta, eres solo mía, yo soy tu dios, me perteneces, todo el pueblo desea tu trasero, tienes el cuerpo de una diosa propia de los paraísos donde solo los sátiros serían felices de solo poseerte o que llegaría el día en que harían cola para que los cerca de 50 mil pobladores del puerto, estarían a la espera de hacerte suya, violarte y meterte la polla sin piedad, tratándola como dicen en los videos porno, como un pedazo de carne al cual había que darle sin piedad, todo lo que se merece una hembra en celo, que con sus características, estaba destinada para orgasmos múltiples e intensos con cientos de hombres en una sola noche.

Y fue que entonces cerró los ojos para volver a abrirlos y ver en su rostro al maligno, quien reía a eso de las dos de la mañana, entre aullidos de perros cuyo lamento me hizo conocer un miedo no antes sentido.

Presentí que el Diablo la había vuelto a poseer, que el exorcismo no la había purificado completamente, que en ella debido al abuso del sexo, el maligno se estaba manifestando. Y vi en sus ojos al demonio y con una voz gutural repetía una y otra vez: ella ahora es mía. ¿Te gustaba hacerle el amor solo para satisfacer tus viles y abyectos placeres, no?

Hacía breves minutos le había introducido toda mi mano en su sexo y en el ano, mientras que ella se dejaba llevar por un apetito en el que éramos ambos dos animales poseídos por un instinto salvaje desde el que pude comprender, en ese momento, el vínculo del pecado con el Diablo, creí, era cierto.

Y veía sus ojos y lo veía a él. Esas carcajadas desde las que sentía su viva presencia y el cómo su angelical rostro se transformaba en la faz de algo diabólico me hizo sentir culpa por haberla hecho adicta al sexo que le brindaba.

Y me paré asustado. Me senté a la esquina de la cama mientras la veía desnuda seguir profiriendo gritos guturales y carcajadas que entendí, provenían del innombrable.

Entonces me armé de valor y le dije: no me la vas a quitar.

Y de pronto volvía su rostro a cambiar y con una voz muy suave y delicada me decía: qué dices, qué te ocurre mi amor, no entiendo qué pasa. Era tan frágil ese cuerpo monumental ante lo que sucedía que la volvía a abrazar para tratar de protegerla. Sentía que el Diablo me la estaba quitando. Y entonces volvía su voz a transformarse para ver toda la maldad en unos ojos que solo podían provenir de los avernos más temidos por los hombres que nunca antes habían visto al maligno.

Sálvame, me decía mientras su rostro cambiaba una y otra vez, haciendo de su voz y gestos todo un infierno en el que por momentos la veía a ella y por momentos al Diablo.

Largos minutos en los que dudé de mi ateísmo me hicieron sentir el miedo propio de los que lujuriosos, habían llegado a la certeza que el maligno es dueño de los apetitos de la carne y que ella estaba siendo poseída una vez más.

Y fue entonces que sacó su celular y me mostró asustada un video de Cristo. Solo Él nos puede salvar, volvía a decir con su voz angelical, mientras me hacía ver un video de una canción con cánticos de alabanza a Jesús.

El sexo es pecado y el verbo del diablo, me decía mientras me pedía que me entregara a Jesús, que ella tenía mucho miedo.

Contuve mis deseos de hacerla mía a pesar de ser presa fácil para hacer con ella lo que yo quisiese. Me sentí muy malo por haberla sometido a todos mis caprichos sexuales. Y la abracé con fuerza a sabiendas que dentro de ella estaba el Diablo. Y esperé hasta que cantara el gallo de las 5 de la mañana, para estar seguro que el maligno no se la había llevado y me dejé llevar por esos cánticos de alabanza a Jesús.

Dos noches después, ya en mi casa, otra vez en esas largas sesiones sexuales, pude percatarme de que no solo era poseedora de muchas argucias para amarrar a los hombres y tenerlos a su merced, sino que sus habilidades histriónicas eran tan magníficas que podía actuar representando diversos personajes. Porque volvió a verme con los ojos del Diablo para decirme: ya es mía, la has perdido para siempre.

Entonces lo comprendí todo. La abofetee con furia, la cogí con fuerza de los cabellos y le dije: puta de mierda, no me vengas con el cuento del Diablo otra vez con el fin de entregar mi alma a Jesús.

Y entonces se rió mientras la penetraba sin cesar para decirme: nunca supiste diferenciar entre lo que es real o irreal. Era solo una broma cariño.

Y la follé sin parar, como si me follara al Diablo y le diera por el mismo ano.

Ya no habían más misterios. Y mientras la penetraba, recordaba el video de Jesús y sus cánticos de alabanza, el exorcismo que según ella había tenido en su adolescencia y esas guturales voces y miradas propias de quien había hecho lo mismo muchas veces, como quien le dice a su pareja: no, cómo se te ocurre, tú y tus paranoias de siempre, te juro que esas marcas en mi espalda son del Diablo, que todas las noches tengo luchas terribles ante espíritus malignos que quieren llevarme de este mundo, y quizás en eso tenía razón, solo en aquello de las luchas de espíritus malignos, perversos, pero hechos de carne, para la credulidad de quienes ya han entrado al grupo de la paranoia y celos, mejor dicho: a los cornudos.

 

CUANDO LAS MUJERES DECIDEN

Porque esa noche no pude penetrarla. Ya anteriormente le había metido mi polla de fierro con calzón y todo hasta llegar a su útero, pero esa noche no podía penetrarla por más que lo intentara una y otra vez.

La puta que te parió, le dije. No existen los embarazos no deseados. La vagina de la mujer es una concha cerrada a voluntad. ¡No te la puedo meter!

Me levanté furioso y le dije que iba a escribir sobre esto. Entonces desesperada me tomó de los brazos y me hizo jurar que nunca escribiera sobre esto, que haría todo lo que yo le pidiera, todo, absolutamente todo, pero que por favor no escribiera sobre esto.

Entonces le hice jurar obediencia y veneración absoluta, que su cuerpo me pertenecía y que ella se prestaría para todo lo que mis deseos más aberrantes me embargasen.

Y me dijo: sí, acepto.

Y aceptó todo.

Pero al ir pasando los meses, luego de ponerle almohadas debajo de las nalgas gordas y buen puestas para allí, ella echada sobre la cama en el piso, con las piernas cruzadas en mis espaldas, supiera de otra forma para perforarle el útero a esa mujer descomunal, que medía mi talla y nunca gemía cuando hacía el amor, tendría la revelación que a pocos hombres ha llegado y es motivo de muchos matrimonios infelices.

Porque mientras la fornicaba, solía recibir llamadas al celular de su madre o hermanas o ex esposos, ante mi asombro de percatar que no se daban cuenta que ella estaba siendo penetrada por mí.

Que la parió. Esta mujer podía fornicar y hablar por celular sin que nadie se enterase que le estaba rompiendo el culo una y otra vez.

Desde entonces, cuando la llamaba, nunca supe si acaso estaba siendo fornicada por otro hombre que en silencio, la hacía suya, para mi locura y martirio.

¿Y ahora qué vas a hacer? Me dijo, mientras en vez de elevar las caderas siempre echada boca arriba en la cama sobre el piso, para que mi pene entrara más en ella, hundía el pubis hasta que cerraba su vagina e impedía que la penetre, obstruyendo el ingreso de mi pene en su sexo.

¡Lo haces a tu antojo! Le repetía una y otra vez. Y es que esa era otra de las formas que tenía para darme a entender que ya no quería seguir follando decenas de minutos en los que ya no quería más sexo, sino simplemente levantarse y decirme que no le gustaba hacer el amor en los días de la menstruación, que eso le producía infecciones vaginales y que ya no podía con mis apetitos sexuales de querer follar todo el día y la noche hasta quedar profundamente cansado y sentir el pene duro una y otra vez, teniendo solo resistencia física para follar, para nada más.

Desde que la conocí, nunca me pidió preservativo. Le gustaba tener sexo sin protección y desde las primeras veces, contenía la eyaculación para no vaciarme dentro de ella, ignorando que no es necesario liberar el esperma para que ella quedase embarazada, que antes de la eyaculación, siempre habían algunos espermas que eran liberados en pleno coito.

La angustia de contar los días antes del periodo que no llegaba y temer que estuviese embarazada fue desplazada por el deseo de solo tener sexo sin responsabilidad alguna, porque al darse cuenta que tenía leche en los cojones para largos meses, hasta antes que me cansara de ella, hizo que me tomara como a un macho al cual había que usar hasta exprimirlo.

Y entonces me permitió eyacular dentro de ella.

No usábamos la pastilla del día siguiente ni algún espermicida.

Me dijo que eso lo había aprendido de una tía suya que era experta en el Kamasutra y que fuera de si las relaciones que tuviéramos hubiesen sido en días fértiles o estériles, había un método que ella siempre usó para matar los espermas que viven hasta 3 días en el útero de la mujer: el vinagre.

Y es que luego de una hora de sexo en el que entraba y salía de ella a ritmos veloces en los que sentía cómo me ardía el pene, eyaculaba en su interior, para luego ella levantarse, dirigirse al baño y lavarse la vagina con vinagre, porque según ella, solo de esa forma podía evitar quedar embarazada.

Quizás al principio me amó y por ello, cuando teníamos largas sesiones de sexo, no me compartió su secreto para no quedar embarazada. Pero con el tiempo, nos olvidamos de ver la luna o las fechas en el calendario.

Fueron largos meses de sexo continuo en el que sin protección, ella fue mía.

Hasta que me cansé de insistir y vivir mi duelo, una historia de amor escrita, que quise, jamás fuera narrada.

 

28 HORAS EN EL INFIERNO

Siempre me había jactado de ser un poeta revolucionario, que a nada le temía, que me había jugado la vida muchas veces por mis ideales, que en suma, sin ser hombre, solo un rebelde, me atribuía el apelativo de superhombre, que la peor de mis derrotas llegaría cuando supiese de los mafiosos, los que están entre tú y yo, si es que eres una mujer la que lee esto, o entre tu paranoia y la mía, si es que eres hombre el que lee esto.

Es que esas largas mañanas en la playa, cuando veíamos salir al sol abrazados, caminando por la orilla, dejando que el mar besase nuestros pies descalzos, en nada se compararon con toda la felicidad que sentíamos, cuando nuestros diálogos se resumían en caricias y mordidas de labios que, nos instaban a buscar los lugares más apartados para sentirnos piel a piel, donde los dos fuésemos el universo sin que nada más importase en ese momento.

Había pasado tanto tiempo hasta que una tarde, cansada de tanto follar, dijiste algo de lo cual no me había dado cuenta: “no nos conocemos”. La miré con la nostalgia de quien había visto el tiempo pasar en sus narices con una velocidad increíble, y entonces entendí que nunca habíamos conversado de nada en serio, que siempre un beso fue un hola, y un ósculo fue un amargo adiós.

“¡Maldición, es cierto, no nos conocemos!”, le respondí.

Me levanté del sofá donde habíamos hecho el amor, me puse el pantalón. Era invierno, pero ambos no sentíamos frío. Fui a la mesa de sala por un cigarro, me senté a su lado otra vez. Toqué sus dedos largos, sus manos de un amarillo blanquecino, encendí el tabaco, le di una bocanada, solté unas cuantas volutas. ¿Era importante conocernos? Para ella sí lo era. Algo había pasado o cambiado. La magia se consumió en el último aliento. Quizá fuimos un misterio que solo se leyó en nuestros cuerpos, un extenso libro donde todo se conoció, largos meses donde se había entregado el alma, cuyo verbo ella ahora quería corroborar, para saber si ése era yo, si ésa era ella.

Entonces fuimos silencio. Por primera vez tuvimos miedo. ¿Por qué tendríamos que describirnos? ¿Qué historia mía no fue dejada en su boca cuando estallaba de placer? ¿Qué ocultaban mis manos que recorrieron y supieron de toda ella sino acaso mi pasado que encontró el lenguaje perfecto que como Poeta desconocía?

Bajé la mirada, tosí nerviosamente, y le pregunté:

¿No has leído todos mis escritos? Allí estoy yo. Pensé que me conocías.

Ella se acomodó el sostén mientras se ponía el jean, las botas y la camisa morada de botones negros. No decía nada.

Hasta que habló:

Es mejor que te vayas.

Fue la primera vez en que ya no quiso que me mantuviera a su lado. La puerta era un camino lleno de venganzas que me conducirían al odio. Al salir a la calle, la soledad me retrató triste, confundido. Recordaba las veces en que le había dicho: “te quiero, ¿me amas?”.

Era vano recordar todo ello.

Al poner mis pies detrás de su puerta, no voltee la mirada. Mis pasos terminaron en convertirse en peregrinajes errantes. Una lágrima rodó por mi mejilla, ese nudo en la garganta y las interminables horas desde mi habitación, donde supe de la verdadera soledad, no la que sentí cuando creía que era un guerrero solo contra el mundo.

Había descubierto la cruda soledad.

A partir de ese entonces, nuestras sesiones sexuales fueron disminuyendo. Ya no lo hacíamos con la misma intensidad a pesar de que le exigiese una y otra vez que fuera mía. Hasta que llegó la noche en que ya no quiso hacer el amor.

Y entonces lo entendí todo.

Esa puerta se mantuvo cerrada mientras que insistentemente la tocaba. La llamaba a su celular una y otra vez, pero era vano. Al principio me decía que me fuera, que me marchara, que ya no había nada entre nosotros, que no sabía precisar qué sentía por mí, que era mejor darnos un tiempo.

Y golpeaba la puerta, y no la habría.

Eran golpes constantes. Y ella juró no abrir la puerta hasta que me fuera.

Las 5 de la mañana me entregaron el viento que corría por mis mejillas. Había salido de mi casa para pararme en la puerta de ella.

Estoy acá, le dije. Y no pienso moverme hasta que salgas.

Pues te quedarás hasta que te aburras, yo no saldré.

¿Es que la poesía solo puede durar unos cuantos meses? Acaso no tenía más nada qué ofrecer. Y mientras caminaba, rondando en un ir y venir al frente de su casa, me preguntaba sobre lo que ocurría a mi alrededor. De qué revolución hablé o escribí. Contra quiénes me enfrentaba ahora que me había hecho hombre de verdad.

La trata de blancas, la corrupción, el narcotráfico, toda la mafia. ¿Es esto un ritual?

Me sentí miserable. Sin saberlo, tenía la última bandera entre mis manos. El Poeta era yo, pero era el poeta que somos todos, que fuimos todos, los apestados que deberán ser poetas, y el mundo inmenso que está lleno de escritores que nunca conocerán el amor, o lo conocerán entre escritos llenos de mentiras, con tranzas, con discursos aprendidos, escritos por otros.

¿Por qué no debía alzarme entonces? Y las horas pasaban. La gente iba y venía. Tocaba insistentemente la puerta. No contestaba a mis llamadas. Y pude ver el cielo gris cambiar de tonalidad hasta que las bodegas cercanas se cerraran, hasta que las personas que a mi lado cuando pasaban, se cansaran de verme allí, parado en la puerta de su casa, murmurando, comentando, diciendo todo lo que no debía oír, destruyendo toda la moral con la cual quise hacer de este mundo un lugar mejor dónde vivir.

Hasta que vi cómo se encendían las luces. Podía sentir cómo ella digitaba desde su computadora. Cómo reía con sus amigos con quienes conversaba desde el chat del facebook.

No podía ser. Pero era real. Yo no existía más para ella. Ya no era importante en su vida. Y la noche llegó entregándome sus luces apagadas y las abiertas fastidiadas de puertas por donde ella miraba si aún estaba allí, en una esquina, fumando mis últimos cigarros, atrapado en la certidumbre que por ese patio enorme donde había una escalera, mi felicidad había acabado.

Hasta que se apagaron las luces. Y la noche se hizo reina de todas mis dudas. Iban y venían todos los autos de los que dominan la mafia recorriendo a mi lado, hasta que llegó el hombre en la moto, dando vueltas y vueltas tratando de embestirme.

“¿Revolución?”. Era lo que pensaba. “¿Dónde ha quedado mi bandera?”. Y fue así que el hombre de la moto se paró frente a frente y no dejaba de mirarme. Se quitó el casco. Hacía sonar su moto deportiva una y otra vez. Estábamos solos los dos. No había nadie más.

Me paré en la puerta de ella. Quieto y firme, no me moví.

Se bajó de la moto.

Me miró a los ojos. Se dio la media vuelta. Tocó la puerta de la vecina. Nadie contestaba. Y me dijo:

¿A quién esperas?

A mi mujer, le respondí a secas.

El tipo prendió un cigarro, me hizo una seña si quería uno, le dije que no con la cabeza, y finalmente dijo:

Acá ninguna de las mujeres le pertenece a nadie. Todas son de él. Volvió a tocar la puerta de la vecina, la llamó a su celular. ¿Te vas a quedar parado aquí toda la noche? Me espetó. Vi claramente por fin sus ojos. Estaba fumado.

Sí. Entonces le pregunté. ¿Qué quieres decir con eso que acá ninguna mujer nos pertenece?

Cuando cante el gallo antes que amanezca, lo sabrás todo Poeta. Tranquilo, está en ti aceptarlo o no, total, yo una vez estuve como tú, aquí en esta misma calle, marcando mi territorio, pero el men es el que manda. Yo ya no espero. Aquí nadie espera. Eres un romántico ¿eh? Yo pensé que era el más bravo de esta ciudad. Toma, sé que fumas bastante. Te harán falta, antes que sepas de qué vive “tu mujer”, y por qué nunca le dice “no” a él. Serás revolucionario, pero solo eres un hombre solo acá. Nadie te va a hacer caso, no puedes quebrantar las reglas.

¿De qué reglas hablas? Le pregunté mientras me lanzaba una cajetilla de cigarrillos que no acepté.

Esto es puerto. No debiste hablar tanto. Ni aquí ni allá. Me caes bien. ¿Sabes que yo era como tú? Sí pues, a mí me contentaron con drogas y motos. Nadie se mete conmigo. Y yo no me meto con él. ¿Qué ella es distinta? Él te dejó ser feliz solo para que supieras de su poder. ¿Ahora qué harás? ¿Escribirás un poema o una novela sobre esto? Sabes bien que la que saldrá perdiendo en todo esto es ella. Tú seguirás siendo el escritorcillo de siempre. Te harán más homenajes porque él lo consentirá. Pero éste es tu techo. Éste es el techo en todas partes. Y a ella no le importa, a mí tampoco, ni a la mujer que he venido a buscar, que como ves, no me abre la puerta. ¿Entonces qué, harás una revolución por unos calzones que se sienten seducidos por el verbo de un poeta pero que se derriten ante el que tiene el poder? Pensé que conocías a las mujeres viejo.

Y el tipo se subió a la moto. Miró los cigarros que no recogí. Los pisó con sus neumáticos y dijo: “daré una vuelta, pero no aseguro que retorne, total, siempre hay otras, que al igual que ella o la mujer que amo somos los peones del que es dueño de esta ciudad. Como verás, no pretendo ser un mártir Poeta, porque acá te matamos entre todos, y nunca nadie se enterará, nunca, nadie…”.

Vi los cigarros como el reloj de mi celular que marcaban casi las 5 de la mañana. Para ser precisos, eran un cuarto para esa hora.

Y entonces la escuché gritar como cuando gritaba conmigo al hacer el amor. El gallo cantaba. El poder vencía una vez más. Yo solo era un Poeta, un hombre que golpeaba su puerta insistentemente y que ésta nunca fue abierta.

Hasta que llegó las 9 de la mañana, y salió, con su rostro de siempre. Yo estaba sentado en la vereda de enfrente. Me hizo una seña con la mano. Me llamaba.

Y por supuesto, lo negó todo.

Dos meses después, llorando, desde su celular, estaba yo en otra ciudad, y me rogaba que no me vengara, que no escribiera nada de lo que “yo suponía, había pasado”.

Alguna vez fui feliz. Alguna vez alguien quiso saber completamente de mí, y alguna vez alguien me dijo que me amaba con la sinceridad que duran algunos meses, nada más.

El mal estaba hecho. La verdad era una sola y total. Ya no había más poesía ni cantos revolucionarios. Ésta era la realidad. Y así ella lo aceptaba. Era la vida fácil de los mediocres. Era la soledad que le dejé y, la certeza, que mi libertad era distinta a la suya. Era el principio de todas mis renuncias… de todas mis renuncias.

 

EL MANIFIESTO DE VENUS

 

No fui la ficción de tus anteriores escritos. Fui la revelación de la mujer que idealizaste y llegaste a conocer. Tus 41 años de búsqueda terminaron en mí. Te enfrenté contra tus escritos y tu verdad. Te hice entender que todo tu verbo revolucionario podía ser mío y que conmigo, toda tu fuerza y norte a seguir era fácilmente derrotado. Ya has conocido de mí poder, del cómo poco a poco te fui llevando para la causa que no se puede ganar. Fuiste el varón domado que no se resistió, el que se deshizo de mi lujuria por entender que no solo soy muy complicada, que tampoco soy libre, que me enfrento contra realidades superiores a la fábula de un poeta que fue puro y que temerariamente quiso cambiar al mundo. Fui tu locura extrema donde encontraste la verdad a la que nos somete el mundo. Soy el género femenino que no es feliz por carencia de varones auténticos, capaces de darnos nuestro lugar en el mundo y entregarnos así la dicha de traer más hijos, donde puedan alcanzarse a sí mismos y entiendan el camino y poder de la libertad.

Para mi entender, nunca escribiste bien; eras pura retórica que en nada se dejaba entender por esta mujer que ahora conoces y está ansiosa de justicia y venganza. El placer que te brindé era el que solo puedes conocer, más allá de lo aberrante o perverso que puedas comprender.

Te presenté al diablo solo para que te hicieras más fuerte y no hay misterio en mí que no conozcas ya. Estoy sometida al pensamiento castrador de un sistema donde no me dejan ser, donde solo pienso en el qué comer del día a día, en los gastos inmediatos de un sistema donde solo los más ricos hacen de sus vidas, sueños hechos realidad. Te hice ver cómo la corrupción no solo moral sino la del mundo, ha derrotado hasta a los más valientes hombres. Todos han tenido un precio hasta antes de ti. Es curioso verte como creación y enorgullecerme de saber que perdiste la cabeza en su momento por mí, pero que llegado el momento, después del largo duelo en el que te vi sometido, superaste la experiencia del amor, invención creada que solo la podías entender con el sexo que te brindaba, esa violencia donde tenías que derrotarme a cada momento para que entiendas que te llevabas en cada acto toda mi identidad, mi cuerpo, mi alma, mi ser. El espíritu que me enfrentó contra un mundo ante el cual fuiste el único que logró arrebatarme lágrimas de ira y furia, porque te entendí y sabía que nunca estaríamos juntos, que tu cólera un día me agradecería cuando en plena libertad, alzases ese grito que nos es común, que atañe a todo el mundo, desde donde te atrape, solo para hacerte entender, que los maestros no se equivocaron, que fui yo la última maestra que tuviste, la real, la que habría de entregarte el verdadero conocimiento, el que hace de los hombres su desquicio o su muerte ideológica total, en un mundo donde todos obedecen y nadie intenta levantarse contra él, porque no existe voz lo suficientemente fuerte que nos una a todos, este mar de personas que sufrimos y vemos imposible acercarnos a lo que esperamos de la vida. ¿Qué es el amor? Todo lo que te brindé, entre mis heridas y mi incapacidad de poder hacerte ver que todos se venden por dinero, que todos callamos por nuestra imposibilidad de levantarnos ante un orden establecido donde las mujeres tampoco somos libres y acaso, nuestros líderes son timoratos pelmazos que nos humillan por su falta de honor y entrega a lo que creen.

No te creí fuerte sino el más fuerte, por ello cuando supe cuál era el momento, te entregué la historia de todos los seres humanos: de quienes se aman de verdad, y ven cómo es imposible hacer realidad esa unión que tal vez tenga relación con el destino.

Entendiste bien lo que quise enseñarte cuando gritaste: ¡nos robaron la vida! Cuando estuviste a punto de perder tu fe en la humanidad.

Ahora estás en libertad otra vez y, te dejo como deber, proclamar lo que todos sabemos y no nos atrevemos a expresarlo en este mundo donde prima la mentira, donde solo nos entendemos cuando hablamos de dinero, donde la filosofía entre varones y mujeres es otorgada a pocos privilegiados llamados libres pensadores, aquellos que han salido de sus torres de marfil y deben entrar en el cambio de la historia.

Yo te di la verdad que buscabas. Te humillé para que sintieras las humillaciones de todos. Te hice renunciar a tu sueño de ser poeta o intelectual, solo para que pisaras el llano de los que no piensan por sí mismos o si pensaron alguna vez, ahora son solo simples hombres o mujeres que ven con nostalgia lo que aún como fuego está dentro de ti: el deseo del cambio.

La maldad que conociste de mi ser no es mas que la representación de todas las mentiras con las cuales nos defendimos de los hombres, porque nuestra vociferación nunca ha sido oída. No entendías mas que de tu soledad, no la de todos nosotros.

Te entrego el mundo como un deber para que si en verdad me amaste, sigas el destino que te dicta ya no tu corazón sino tu consciencia.

De lo contrario, esta historia se ha de reiterar, y todo habrá sido vano. No te espero más allá de la muerte, ni más allá de la gloria, donde los inmortales conviven con los cantos más épicos y sublimes, porque sé que me olvidarás, pero recuerda, allí es donde están todos los que siguieron la religión que latía en sus vísceras, ese golpe del músculo esperado, para que entiendas que la libertad no es un grito elevado en medio de una ciudad de un millón de hombres, sino, un compromiso que supere lo dejado por el último de los maestros que tuvimos cuando dijo: el hombre está condenado a ser libre.

Ahora que ya sabes del verdadero sentido de esta frase, y del infierno de aquellos que se amaron y no pueden estar juntos, te exhortó a que hagas superar a la humanidad en estas vivencias que no solo dejan marcas en la piel, sino en el corazón, porque nos hemos cansado de sobrevivir.

No te entregues a las causas que crees, serán perdidas, entrégate para las cuales naciste. Nunca entendiste el significado de la derrota, nunca supiste dar un paso atrás. No conocías de la amargura ni el odio.

Eres libre en medio del mundo.

Otro es tu deber ahora.

Ya no eres el poeta de Venus, eres el hombre que son todos los hombres y el poeta que debía ser: un poeta del mundo, el poeta que debe escribir el canto épico, el poeta que debe morir o triunfar: un destino que hace mucho tiempo se esperó.

Ya no hay nada más qué enseñarte, si acaso en este libro se ha revelado lo que estaba oculto, detrás de estos juegos perversos, donde siempre he reinado.

 

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