CUANDO VENUS JUGÓ A SER PERVERSA (NOVELA) PARTE I

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

JULIO MAURICIO PACHECO POLANCO

 

 

CUANDO VENUS JUGÓ A SER PERVERSA

 

 

AREQUIPA, PERÚ

2014

EL ESCRITOR

 

El cantante ambulante dentro del bus dijo algo premonitorio, mencionó algo sabio. Quizá quiso ser también poeta, quizá su vivencia se hizo canción, pero estaba allí, parado frente a todos los pasajeros, y canturreaba su canción, pero nadie le hacía caso mientras decía: “porque lo vivido solo se escribe o canta cuando termina, y a eso nos resumimos los hombres que lo dejamos todo por una mujer”. Qué quería decir con ello, que solo se escriben las historias de amor; entendí que las auténticas historias de amor nunca se escribían, no conocían de final alguno, ni para el más talentoso escritor.

Y el hombre estaba allí parado, dirigiéndose a un grupo de personas que sin prestarle mucha atención, conversaban unas con otras, mientras yo miraba al hombre quien volvía a insistir sobre el amor y la vida. Llevaba a su lado un niño de 4 años.

“Ella me abandonó”, concluyó.

Pero nadie le hizo más caso, y cantó su triste canción.

Al momento era solo silencio. Podía ver a través de la ventana del bus la soledad de la carretera. Esa carretera me evocaba recuerdos de un peregrinaje de hacía aproximadamente 10 años atrás, cuando quise salvar al mundo. Si bien hasta ese entonces, sin saberlo mi discurso optimista de la vida que seguía siendo legítimo, no estaba completo.

Otras luchas motivadas por mis escrúpulos arrancaron de mi verbo, los poemas épicos donde creía en un mundo mejor, que todo podía ser distinto, diferente. Alguna vez elevé el grito de libertad en plenas calles intentando tomar por asalto una comisaría, reclamando libertad de expresión, y acaso los lectores que me seguían, creían en mi consecuencia, pero a mis 41 años, no conocía del amor, del cómo éste cambia totalmente al hombre, del cómo nos enfrenta duramente contra la realidad, del cómo éste puede destruir el discurso hasta del más recalcitrante de los escritores.

Al llegar al Puerto Bravo de Mollendo, mi cuna, para pasar una estancia breve, al entrar a casa, sentí el vivo olor de las habitaciones vacías llenas de humedad. Era el último mes de un verano que a pocos días terminaría.

Para ser preciso, siempre creí que lo podía todo.

Había recibido distinciones honoríficas y homenajes en la Estación de la Cultura, como poeta. Era conocido como escritor, y también como revolucionario, contestatario y, el año anterior, había participado como invitado en la primera feria del libro de la ciudad, dando un discurso moralista dirigido a un auditorio abarrotado de jóvenes colegiales, a los cuales les hablaba de la importancia de tener principios éticos o valores morales, que el mundo nos necesitaba a todos, que ese era el compromiso de todo escritor o intelectual.

Salí a la ventana del segundo piso de la casa de mis padres a fumar un cigarro mientras veía cómo el sol se ponía. Aquel ocaso era magnífico. No lo sabía, pero era el inicio de mi ocaso como escritor. Porque mis escritos eran otros, eran escritos de un poeta puro, que atrapado en las ilusiones, no sabía de los desengaños y las frustraciones, de las renuncias donde dejamos lo que más valoramos, para entrar en un llano, donde los privilegios del artista que puede dedicarse enteramente a lo que es la razón de su existir, son olvidados bruscamente, sobretodo en un país donde se dice, estamos creciendo económicamente, y los niveles de pobreza disminuyen considerablemente.

Si acaso fui considerado como un profeta en mi tierra, ello también lo perdí. Llegan a mi mente claramente los recuerdos de aquella noche del 2008, cuando sin saberlo, mi fama de escritor, había sido consumada. Pero los años habían pasado, estábamos en el 2013, y mi vigencia como poeta, se deterioraría, por las razones que expondré en esta narración.

Apeado al balaustre de mi ventana, contemplaba el horizonte, donde allí descansaron mis sueños de guerrero. Había empezado desde entrada mi adolescencia, a escribir frente al mar. Y esas nubes rojas me parecían retratos de esos propósitos mediante los cuales el hombre depositaba su fe en la humanidad. Estaba en paz. No sabía del sentido literal de saberse renegado, de sentir que una terrible maldición había caído sobre mí. Mi mundo era armónico, a pesar de todo…

Es que esos besos que creí, hablaban de amor, fueron experiencias pasajeras para mí. Experiencias que no significaron ni un poema, ni tampoco un escrito. Siempre me jactaba de haber conocido a muchas damas, de haber besado hasta el hartazgo en mi mediana juventud a todas las mujeres que desee, pero para la gente mundana, estas experiencias no son válidas. Mi rechazo al matrimonio era justamente basado en el temor a estar atado a una mujer con un futuro incierto, porque solo sabía escribir. Otro oficio mayor no se me conoció. Era un escritor, y solo a ello sin apremios económicos podía dedicarme.

Y entonces, mientras calaba mi cigarro, veía subir a la poetiza con la cual fui homenajeado hacía años, y le sonreí mientras ella levantaba la mano dándome un hola, acompañada de su hermana, ambas maduras y altas, mayores o grandes para mí.

No lo supe en ese instante, pero allí cambiaría mi vida hasta entrar en este duelo, donde hay una parte de mí que no es mía y una parte mía que ya no está en mí.

Mis 95 kilos de peso para mi metro setenta y nueve de estatura, para mi piel trigueña y mis brazos gruesos en nada se comparan con los 72 kilos que ahora peso y este otro rostro que veo en el espejo cada mañana cuando me ducho y pregunto, ¿qué fue de mi discurso?

Mollendo es una ciudad de pocos miles de habitantes. Siempre que llega alguien de otras ciudades en busca de oportunidades de trabajo, se encuentra con una dura verdad: no hay. Miles de mollendinos emigraron por esa razón al extranjero. Mollendo se había convertido en un puerto que solo podía ser habitado por quienes en un círculo cerrado, no dejaban a nadie compartir los placeres de una ciudad tranquila, donde las calles están desiertas en invierno, y las playas son tierra de pescadores pocos de fiar.

Mi vida se resumía solo a eso: a escribir. Y no entendía el porqué mi discurso optimista de la vida no encajaba en ningún recital o presentación literaria. De otra manera, no cabía hablar bien de Perú. Era un ignorante.

Sabía que la poetiza volvería a pasar por mí vera. Es usual que en Mollendo uno se encuentre con la misma persona a lo largo del día cuando uno sale a la calle, dos o tres veces.

Recodaba a Gino, quien quería ser escritor y leía bastante. Lo había conocido en la escuela de Literatura, y siempre andaba con dos o tres libros bajo el brazo. Creía mucho en Nietzsche.

Un mes atrás me dijo que eso era literatura, que no era real el superhombre. Me instaba apurado a trabajar con él para vender celulares. Había embarazado a una mujer, y ahora tenía que ganarse esforzadamente el pan de cada día. Nunca leí nada de él. Solo supe que quería ser escritor.

Y así fue, la poetiza bajó con su hermana. Habían ido a comprar pan de una panificadora que quedaba dos cuadras más arriba de mi casa. La volví a saludar y le dije que me esperase mientras bajaba al primer piso para salir a la calle y saludarla.

Nos dimos un abrazo y hablamos de nuestros proyectos como escritores. La primera reacción de su hermana fue decir que yo hedía. Le contesté que era el olor al tabaco, que fumaba bastante y que eso era tan válido como el aroma a sexo de una mujer excitada, como el olor que se siente a veces cuando uno llega a Mollendo y la atmósfera tiene un intenso tufo a pescado. Su rostro cambió y se quedó callada. La poetiza sin embargo se rió, celebrando mi respuesta, preguntándome cuándo había llegado. Le dije que esa misma tarde, que la veía muy blanca, que si acaso no había veraneado. No he podido, me dijo, nadie me ha invitado, contestó coquetamente. Pues bajemos mañana, quiero bañarme y broncearme con el sol. Me dio su dirección reiterándola varias veces. Y así quedamos.

No lo sabía, pero en su casa me conocían desde que había nacido, al menos entre comentarios, y más aún, desde que se decidió hacernos el homenaje el 2008, cuando la representante de la Asociación de Poetas, constantemente insistía en que debía ser reconocido pues, según ella, poseía un talento bastante notable, y por otras razones más convincentes dadas por mi biografía.

Todas las tardes antes del homenaje, se hablaba de mí en la casa de la poetiza, y en aquellas tardes, la representante de la asociación iba siempre a hablar muy bien de mí recalcando que merecía aquel reconocimiento.

No lo sabía, pero en el Puerto, aquel homenaje era el máximo laurel en una ciudad llena de poetas, donde solo se reconocen a los mejores.

Nos despedimos con un abrazo y al darnos el beso de despedida, sus labios volvieron a besarse con los míos. No me quedaba duda, yo le gustaba a esa mujer madura, porque las veces anteriores en que nos habíamos encontrado casualmente siempre buscaba mis labios, al momento de saludarnos o despedirnos.

Esa noche salí con mis padres a cenar y les dije que bajaría a la playa al día siguiente por la mañana con la poetiza. Mis padres no dijeron nada, asintieron y al regresar a casa, caí profundamente dormido. Había tomado mis pastillas para dormir. El calor era intenso. Ese verano no se quería ir.

Al despertar por la madrugada, volví a encender otro cigarro y prendí la radio. Me extrañé mucho al escuchar los boleros de cantina donde en sus letras, siempre hablaban de amores perdidos, de traiciones, infidelidades que marcan el corazón, esos lamentos amargos que detallan el dolor de quienes no soportan la vida.

Habían muchas historias de amor que terminaron mal en Mollendo, como también muchas personas solitarias que solo una vez amaron, condenadas en ese sentimiento, en un puerto, donde todos se conocen y hay muchas madres solteras, divorciadas o abandonadas.

La poetiza era viuda y madre de 4 hijos contemporáneos míos, tres mujeres y un varón. Era extraño, a los 4 les había ido mal en sus compromisos.

Me estiré fuertemente desde la cama mientras seguía arrobado escuchando aquellos boleros de cantina que tocaban en la radio. Mis padres habían salido a hacer las compras para el desayuno; unas hueveras fritas acompañadas de un jarro de quinua cocida, además de varios emparedados de queso y queso de cerdo me reanimaron mientras terminado el desayuno, me dirigía a la ducha para sentir el agua del grifo que bebía, sintiendo el sabor peculiar de mi puerto.

Vi mi reloj, aún era temprano para pasar por la casa de la poetiza. Me puse un pantalón de verano, sandalias y un polo de cuello y dije que iría a dar una vuelta por el centro hasta llegar al malecón y contemplar el color del mar. Hacía años que no hacía esto. No bajaba seguido a Mollendo. Quería recorrer sus calles limpias, su vivo y puro olor. Rugía el mar que podía verse desde la amplia avenida por la que estaba bajando, se le podía ver como una muralla, a veces dando la impresión que era infranqueable, que era el final de un mundo donde allí acababa. Y su color era gris, a veces celeste. El sol era generoso. Me sentía muy bien.

Esa era mi constante, sentirme bien. No entendí nunca el significado de la amargura. Meses después la viviría.

A paso lento, recorría las calles que me parecían cambiadas. Poco a poco, esas casas de madera, tradicionales del puerto, las cuales fueron desplazadas por otras, de material noble, daban un nuevo matiz a la ciudad; la arquitectura cambió gradualmente. Mollendo tenía otro rostro.

Al llegar al malecón, pude contemplar lo remodelado que estaba. Había un parque acuático y un extenso litoral de varios kilómetros de playas constantes de arena gris. Desde donde estaba podían verse las sombrillas abiertas sin personas o pocas personas recostadas tomando sol. Al fondo estaba El Castillo con el asta sin bandera y a mi costado el ferrocarril que aún seguía funcionando. Ignoraba mucho de mi tierra. La provincia de Islay estaba dividida por intereses encontrados. Mollendo no fue un capricho para quienes lo fundaron. No solo se puede explotar desde uranio a petróleo, sino diamantes, oro, cobre, plata y otros minerales. Su agricultura ofrecía trabajo a la gente que emigró de otras ciudades y en el mismo puerto de Matarani, el trabajo dado solo para los del lugar, sostenían la economía compartida con la pesca y la salida del puerto, de todo el mercado que iba a otros continentes.

Llegué a la casa de la poetiza a la hora acordada.

Una hermosa mujer me abrió la puerta, vestida con un traje escotado ligero que llegaba hasta sus muslos, con el cabello teñido a rubio y un acento de voz que solamente podía corresponder a quien ha estado en varios países y la ha modulado en diferentes ciudades y términos.

Dos niñas corrían gritando fuertemente desde el patio. La casa era de madera. Al entrar uno accedía a una sala donde habían unos sofás, un escritorio, un mueble con su computadora, y un archivador. El piso era de un cerámico color caca como esa mujer lo expresaría siempre, cada vez que se refiriera a las personas de color oscuro. Las paredes tenían un color amarillo pálido y había en ella un solo cuadro, donde una niña de 5 años estaba desde una foto con sus demás compañeros de jardín.

La mujer me invitó a tomar asiento luego de haberme preguntado si es que era el escritor. Sentía desde el interior la voz masticada de un extranjero que salió a recibirme. Era cano y de baja estatura, muy maduro, casi de unos 70 años, de ojos claros y con ínfulas de superioridad. Me saludó sin embargo cortés y bonachonamente haciendo con la mano el símbolo de amor y paz, y se sentó en la silla que daba al ordenador mientras en una mano llevaba una botella de pisco, que según él, era bueno para la gripe que quería darle. Tenía unas sandalias baratas y las uñas llenas de mugre y sin cortar. Su cuerpo era propio del de los ancianos: de torso flácido y piernas torcidas. Me dijo que era yugoslavo y que la mujer que me había atendido que comprendí rápidamente, era la madre de esas dos niñas y la hija de la poetiza, era su prometida. Entonces me pidió disculpas y se puso unas orejeras. Me dijo que tenía los oídos delicados porque en su juventud había trabajado en barcos de pesca y que eso había afectado sus oídos.

La poetiza salió sonriente y me invitó a tomar desayuno ante lo que le dije que no era necesario, que había sido servido en casa, pero si quería, podía invitarme algo helado para beber. Me trajo un vaso de soda sacada de la congeladora.

Todos los meses siguientes bebería esa gaseosa.

El yugoslavo entonces me pidió que me acercase a ver los videos que estaba haciendo con un programa desde la computadora. Eran fotos de Mollendo, para ser preciso, del mercado. El video estaba bien elaborado y tenía de fondo musical, temas de España. Las fotos de la mujer estaban en el video. ¿Qué te parece? Me preguntó. Por quedar bien le dije que sí, que estaba bien el video. Pero por qué con temas de España, le pregunté. Estamos en Perú, le dije. Y entonces le recomendé que leyera algunos textos de nuestra historia y de los Incas. No understand, me contestó. Do you speak spanish? Le pregunté. I’dont no. Vous parlez français? Le volví a preguntar para entablar el diálogo. Hablo español me contestó un poco fastidiado.

Soy escritor, le dije.

Se levantó el yugoslavo y se fue a dormir a la cama de la poetiza como él mismo lo dijera mientras que la mujer se sentó en el mismo lugar y me habló por fin:

Tengo 36 años. En mis tiempos las adolescentes salían con sus chaperones para ser protegidas en su honra ante cualquier intento pícaro de sus pretendientes.

Me sonreí. Tu madre no necesita de chaperones, le dije, solo somos amigos.

Así que tú eres el escritor, apostilló, mientras la poetiza salía ataviada en una blusa roja escotada y un short ceñido con unas sandalias pidiéndome si podía llevar la sombrilla, ya que ella ya había preparado algo para comer en la playa y no podía llevar en ambas manos todo.

Le dije que no tenía por qué pedir algo tan simple.

Salimos y decidimos ir a pie bajando por una calle de pendiente pronunciada que conducía al mercado, y de allí tomamos otra hasta llegar al malecón que en gradas nos llevaban a la playa.

¿Qué te conversaba mi hija? Nada, me preguntaba de qué vivía, cuántos libros tenía escritos y si era cierto que en Arequipa era un escritor conocido.

¿Y qué le contestaste? Lo que siempre contesto, le dije, de mis rentas. No se vive de la literatura, ambos lo sabemos. Ella ha vendido mis libros casa por casa, me dijo la poetiza. Es alta le contesté. Y no hablamos más de ella.

Al llegar a la playa, con mis manos que son pequeñas, hice un agujero en la arena, luego de yo haber elegido qué lugar estar para tomar sol e ir a meternos al mar. Y entonces me di cuenta que tenía una extraña interpretación del mundo y de la existencia. Me hablaba de la vida de Jesús, ella había escrito también ensayos y con sus ahorros publicaba sus libros, los cuales eran motivo de estudios en otros países, y quizás en parte decía la verdad. Creía en la coexistencia o en universos paralelos, que lo que vivíamos acá, en otros mundos lo vivíamos también y lo que pasara en esos mundos o en este, correspondía a destinos en los que debíamos aprender a purificarnos del dolor y a acercarnos a Dios.

Era mormona.

Yo acariciaba sus piernas y por un momento la vi sexy. Besaba sus hombros mientras ella me seguía hablando de sus ensayos. Me pareció loca. Creí que podía ser entendido por ella. Le hablé de Mahoma, El Profeta, de Neruda, de que me gustaba, que no tenía prejuicios en las diferencias de edades, que quería estar con ella.

Nos besamos esta vez de verdad. Y luego se arrepintió diciéndome que ella iba a hacer el ridículo, que yo era muy joven y que la gente iba a comentar mal. Pero no dijo no. Solo dijo que iba a conocer a una mujer más joven y bella y que la iba a dejar apenas ella apareciese y solo me iba a apartar.

Pasó así la mañana hasta el mediodía en que me dijo que tenía que hacer unas cobranzas por derechos de autor, trabajo que ella realizaba y, saliendo de la playa, nos adentramos a un local que quedaba en un peñón cerca a una pequeña localidad llamada Inclán, y al entrar, saludó al dueño de un local de música criolla. Nos sirvieron una soda helada. Y de pronto, en medio de la conversación, le preguntaron a la poetiza: ¿es tu hijo?

(Se refería a mí persona).

Al regresar a su casa luego de tomar un taxi, el yugoslavo ya no estaba. Había salido a pasear por las calles del puerto. La mujer se hallaba en la cocina que estaba en condiciones precarias, llena de ollas, dos mesas, una cocina, una congeladora que usaban como estante para guardar el servicio y otros artefactos domésticos. La mujer me dijo que estaba cocinando, que iba a preparar caigua rellena, que me quedara a almorzar con ellos.

La poetiza nos dejó a solas conversando en el comedor. Era alta, de senos aparentemente duros y piernas bien formadas como muslos muy seductores. Ese trasero era divino.

¿Me dices que el yugoslavo es tu pretendiente?

Entonces dijo lo que marcaría por siempre nuestra relación.

Ya estoy vieja, tengo 36 años y dos hijas de dos hombres que me han abandonado. Estoy en un pueblo donde nadie se fija en mí y veo pasar la vida sin esperanza. No salgo de casa hace mucho tiempo y si lo hago, es solo para hacer las compras para la comida. He perdido mi juventud y nada tengo ahora. El tren se me fue hace mucho tiempo.

Pero no entiendo, si eres una mujer muy bella, tus hijas son muy lindas. ¿Por qué dices eso?

Porque no hay hombres en Mollendo. Fue lo que contestó con rabia y resentimiento.

¿Cómo que no hay hombres?

La poetiza salió de su habitación quien había estado escuchando la conversación y dijo mientras reía: es cierto, el 50% de los hombres en Mollendo son maricones.

¿Y el otro 50%? Le pregunté.

Se volvió a reír la poetiza y dijo: se tira a los maricones.

La mujer dejó de cocinar, se dirigió hacia su dormitorio cruzando el patio, y pude verla bien de cuerpo entero: era muy bella.

No entiendo por qué está sola y tiene a un viejo como pretendiente.

Nadie quiere una mujer con dos niñas poeta, me dijo la poetiza.

Pero la mujer me había cautivado. Le dije a la poetiza que se sentara a mi lado. Que quería hablar con ella seriamente. Accedió. Y entonces le dije: tienes razón, iba a aparecer una mujer más bella y joven que tú. Quiero pedirte la mano de tu hija.

Sabía que esto pasaría, sabía que me dirías esto. No te preocupes. Pero la decisión está en ella, no en mí. Si quieres casarte con mi hija, que ella te dé el sí. Pero ten presente, te la llevas de mi casa y no la devuelves. No conoces a mi hija, no la conoces.

El yugoslavo tocó la puerta mientras que ella salió a atenderle. Quédate a almorzar con nosotros, me dijo mientras ya estábamos todos a la mesa. No acepté. Me despedí diciéndole a la poetiza si podía venir por la noche. Me dijo que sí.

Era mediados de marzo, no lo sabía, pero todo mi mundo cambiaría totalmente: mi discurso de escritor estaría desde entonces estrellado con la realidad.

El yugoslavo sería corrido por unos gritos descomunales míos, haciendo que golpeara con fuerza la puerta de la casa de ella al darse cuenta que había llegado el escritor: un novato en el sexo que tenía la simiente más fuerte que un padrillo.

El extranjero se había salvado. Él no lo sabía. A partir de entonces, el infierno sería mío.

 

HEAVY METAL

 

Sentado frente al ordenador, solía escuchar esas viejas canciones de amor. Ahora sé qué significan. Que solo evocan recuerdos a los cuales en nada quiero volver. Son como el veneno de su voz, como cuando la empujaba con violencia contra el sofá y la veía derrotada, sin fuerza alguna para evitar que allí mismo acomodara sus caderas mientras le bajaba el jean azul y sentía su vivo olor a sexo.

No había piedad al momento de contemplar ese rostro que por momentos se tornaba lleno de odio. Pero ella sabía que ante mí, con su metro ochenta y el cuerpo más voluptuoso que había conocido, no podía oponer resistencia. Entonces la sujetaba del cabello largo rubio que tenía y con la otra mano le contenía la quijada para besarla a la fuerza, hasta que ella escondiera los labios y soplara dentro de mi boca gritándome que era un hijo de puta.

Una fuerte palmoteada en sus muslos blancos, carnosos, marcaban la silueta roja de mis manos pequeñas. Aún recuerdo aquellas mañanas de verano cuando con mis rodillas le dejaba moretones en sus piernas, para abrirlas, mientras con mis brazos la vencía hasta hacerla mía, para luego quedar rendido sobre el sofá, con los brazos adoloridos por la fuerza que utilizaba para someterla.

Estimo que tuvimos sexo algo de 328 veces, hasta aquella última vez en que ella, sentada en el sofá, tenía la mirada llena de furia, mientras yo la penetraba, allí, apoyando mis rodillas sobre el piso, perforándole el ano y metiendo mi miembro hasta su útero mientras empezaba a jadear.

Ella no había jadeado nunca. Entendí entonces que lo nuestro estaba llegando a su final: gemía con nostalgia. Que ese pedazo de carne con un trasero descomunal al cual perforé con mi puño en contra de su voluntad las veces que quise, estaría destinada a la soledad y su tristeza, y yo, a un infierno que desconocía.

Y entonces vi sus ojos sumisos, entrecerrados, débiles y sin resistencia. Porque yo le decía que era mi puta, que sería así siempre. Que nunca habíamos hecho el amor con dulzura, que todas las veces que la poseí siempre fue así, a la fuerza.

Los chorros de sudor me hicieron perder más de 25 kilos desde que la conocí. La certeza de que ella usara viejas mañas para no quedar embarazada y así cagarme en el periodo y sus días fértiles, me otorgaron meses de dicha y amargura.

Es que era muy sexy. Daba ganas de violarla en plena calle, donde estuviese, siempre corriéndole mano en la vía pública, delante de todas las personas, golpeando sin tregua esas nalgas duras a las cuales intentaba vanamente morder o totalizar con mis manos.

Cómo gocé cuando la obligué a lo que ella llamaba era una abominación: el que agarrara mi polla erecta o que la besara mientras su rostro se llenaba de un asco ante algo que ella pensó, nunca lo haría.

Es poco decir que la hacía mía más de 8 veces al día. Cómo me excitaba esa mujer. Cómo me enloqueció y llenó de celos con los cuales disfrutaba, convirtiendo mi cabeza en una bomba de tiempo.

Pasé toda una noche hasta el amanecer caminando al frente de su casa solo para saber si había alguien más que por las madrugadas gozara de sus favores.

Su voz poderosa en plenos escándalos callejeros nos provocaba más. A veces pedía auxilio y gritaba socorro mientras le tapaba la boca y la doblegaba a fuerza viva.

Ese estar sobre ella siempre, recordando las primeras veces que estuvimos juntos, cuando dormíamos en el sofá, uno sobre el otro, sin más espacio, no me advirtió del inicio de una amor que ella empezó a volverlo sádico y masoquista.

Me gustaba mucho hacerle el amor sometiéndola echada boca arriba, mientras le ordenada que cerrara las piernas a la vez que entraba y salía de ella, hasta ver su rostro lleno de dolor, cuando no dejaban de pasar los minutos hasta llegar a la hora y media, irritándole su vagina hasta que terminara eyaculando en su útero y, se levantara furiosa, con su mismo rostro de odio.

Sin embargo ambos sabíamos que solo de esa forma podíamos amarnos. Éramos dos gatos en celo. Y en pleno acto, precisa para mi talla, veía sus ojos dormilones mientras le jalaba con fuerza la cabellera rubia y le decía: me perteneces, eres mía.

Fue tanto este insistir, de ir de casa en casa, habitación en habitación, como gitanos sin techo, desde la playa hasta un castillo en ruinas, entre mis huídas de la ciudad donde vivía, solo para saber de esos senos duros, de adolescente, sobre los que reposaba mi cabeza, cuando le lloraba y aún la amaba, y creía, el mundo era solo ella.

Ese sentarse sobre mis muslos delgados y fibrosos, o cocinarnos después de hacer las compras en el mercado, para luego, meterla con ganas al baño, y allí, frente a los espejos, arrebatarle la ropa con violencia y obligarle a que se doblara hasta que su cabeza llegara hasta la altura de sus tobillos mientras veía ese violonchelo que era su cuerpo, cuyo trasero era roto y, sentir ese olor peculiar a ano estreñido mientras le hacía repetir: me gusta, me gusta, o : más rápido, más rápido, con esa voz de mujer débil, sin resistencia, con deseos de ser solo mujer, solo mía, mientras sin saberlo, iba consumiéndome hasta querer estar solo con ella todo el tiempo en esos fugaces 5 meses en los que nunca pensé, perdería la sensibilidad de mi corazón y, como ahora, cada vez que me llama y me pide ayuda, solo siento desprecio e indiferencia, porque me recuerda lo que fue el amor y que ella destruyó, hasta convertir mi mente en un caos infernal a partir del cual, nunca más estuve en paz.

Porque sabía todas las argucias para hacerme creer que era infiel o sabía cómo serlo sin dejar pruebas, solo indicios de una amargura que no superaba la miel de su cuerpo cada vez que a mi antojo, lo hacía mío.

Esa inclinación perversa de decir que todas eran lesbianas u homosexuales, o esas lecturas que poco a poco fueron devorando mi cerebro hasta entender que ella era más inteligente que yo, que podía filosofar como un verdadero maestro y, que había logrado tenerme ya en sus manos, a su voluntad, solo podían ser desquitados con la venganza del sexo, donde yo era el que mandaba, pero solo en esas largas horas, para luego ser sometido a humillaciones constantes, donde herido públicamente o deshonrado por sentirme cornudo, me resignaron a ser solo el macho que la satisfacía, desplazado y luego vencido por la certeza que en mi ausencia, otro hombre la hacía suya, que el olor de su sexo estaba en todas partes, que era cierto eso que me decía cuando la penetraba una y otra vez y con maldad : me haz vuelto tan adicta al sexo, que cuando no estés a mi lado, me buscaré a otro hombre para que me satisfaga.

Y le metía los dedos en su ano mientras ella se sentaba sobre mis muslos y no me dejaba escribir, atrapándome con sus garras de leona en celo, con sus muslos gigantescos y perfectos, con el aliento entrecortado y la expectación de estar frente a una mujer que era enorme y débil ante mis apetitos lujuriosos y llenos de delirios.

Porque siempre terminaba conmigo todas las noches, tan solo por el placer de ver mi rostro enfurecido. Amaba seguramente eso de mí, el ver la ira en mi cara, por saber que la estaba perdiendo, para luego sujetarme de los brazos con toda su fuerza y pedirme un abrazo final con su beso de despedida que me derretían y hacían desearla otra vez.

No podía soportar el solo roce de sus dedos sobre mi cuerpo. Allí mismo quería poseerla, y entonces venían los forcejeos y mi triunfo como ruina. Estaba en el precipicio, y cada coito era una fuerte dosis de muerte para mí.

Ese salir corriendo de su casa para huir de un dolor que solo podía ser combatido corriendo y corriendo como quien escapa de lo que más daño le hace y a la vez más feliz lo vuelve era constante. Porque ella salía enfurecida, para arrastrarme hasta su casa y de un solo empujón meterme a ella, golpear la puerta y decirme: ¡tú no te vas!

Amenazas constantes con la policía y mis abogados, nunca impidieron que siempre estuviera ella en mis pensamientos. Porque bastaba una sola llamada suya para tenerme a su merced y viajar hacia donde ella vivía, y contar con ansiedad y desesperación cada segundo, hasta estar frente a ella y ser otra vez feliz, lleno de gozo. El placer no podía ser explicado de otra manera. Y ella era el placer y el amor.

Pero es que tanto insistió en terminar conmigo, tanto insistió en hacerme sentir celos, fueron tantos los problemas en los que me metí por ella, que un día, el día definitivo de nuestro adiós, comprendí que su forma de amar, y el poner sus piernas sobre mis hombros o con violencia tirarla a todas las camas donde estuvimos, para satisfacer con ella toda la sed que debía saciar del animal que llevaba dentro a su lado, que al amanecer del día siguiente, me vi enrumbando a la ciudad donde radicaba, totalmente seguro que ya no la volvería a ver nunca más, como cuando se lo dijera la última vez que tuvimos sexo y dijera: por fin estoy saciado.

Ese quedarme sin lágrimas y piedad ante sus reclamos, su tristeza y extrañeza, habían terminado por convertirme en un hombre indiferente ante sus reclamos.

Ella se había quedado sola. La red de sus malas intenciones habían acabado por fin para mí. Estaba claro, como sus llamadas cada vez menos recurrentes a mi casa o a donde esté, sabiendo que solo a ella la amé como nunca antes había amado, que por fin me había liberado de sus triquiñuelas para que todos mis pensamientos fueran solo de ella.

Hasta que me senté una tarde frente a este ordenador, y comprendí que no había mucho qué narrar, que esos polvos pueden ser toda una vida, que la mujer que creía era la más bella también cansa, que este duelo estaba superado, mientras fumo ahora el cigarro, y ya no ruedan más por mis mejillas esas lágrimas de las cuales ella tanto se jactó, mientras ella está ahora recostada en su cama, recordando todo el mundo que le ofrecí, y que conmigo conoció lo que nunca antes disfrutó, hasta volver a lo que es ahora su rutina, sin más amor, o tal vez con otro hombre, que como yo, no la conoce, aún.

 

 

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