EL HOMBRE QUE NO PODÍA CONTROLAR SUS PENSAMIENTOS PARTE I

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

No me expresaré en términos médicos, porque no tengo la autoridad debida para hacerlo. Me remitiré a lo que aconteció en esos años cuando experimenté cosas increíbles y creo, es oportuno sepa mi estimado lector, qué confusión era la que atravesaba y el porqué siempre recalco la importancia del Libre Albedrío, es decir, del tener un total control sobre la mente.

Porque se ha hablado de posesiones demoniacas o en su momento, los tratamientos dados, fueron tan crueles y extremos, por no poder entender qué ocurría con los enfermos a los cuales ahora se les denomina como víctimas.

Lo cierto es que se puede embrutecer a las personas mediante prácticas vulneradoras de los derechos humanos, aplicando torturas psicológicas que producen la confusión, la vesania o locura, explicada por los médicos como esquizofrenia, señalada indebidamente como una maldición o un desorden de la conducta y del pensamiento.

No es por ello extraño a nadie que desearle el mal a un enemigo es verlo desorientado, perdido, ido o loco, si acaso esto se puede lograr de la manera en que detallaré en estos escritos, donde la mala fe de personas que se jactan de poseer una sabiduría echada para el mal, provoque la pérdida de la razón ante quienes siendo inocentes, aún ignoran cómo es la psicología humana, cómo unos aprenden a embrutecer a las víctimas y cómo otros, mediante tratamientos que en este presente, dejaron de tener relación con fuertes sedantes que en vez de ayudar a los pacientes, los adormecían o sedaban demasiado, produciéndoles dislalias, dificultad para caminar o dominio sobre sus movimientos, si acaso recuerdo en alguna ocasión, estuve en estado catatónico en plenas calles de la ciudad, sin poder hacer nada, luego de haber salido de casa, sin saber qué más hacer, para dirigirme donde el doctor que me había recetado una ampolleta de 100 ml de Piportil, cuyo efecto me produjo perder el dominio sobre mis extremidades, alterando mi manera de caminar, rengueando, con los brazos retorcidos y el cuello enarcado con los ojos desorbitados, sin poder tener visualización de nada. Del cómo el psiquiatra me largara con un “vete mierda” al cómo regresé a casa de la mano de un policía que gentilmente me llevó entre calles llena de gente a plena luz del día, me quedan esos recuerdos nefastos cuando lo que requería no era un psiquiatra sino un abogado, si es que debo ser puntual, al momento de definir lo que es víctima, lo que viene a ser vulnerado en los derechos humanos, reitero una vez más, o el ser acosado por personas de mal vivir que merodeando por la zona donde vivía, a un muchacho de 19 años como lo era yo, las intenciones intimidatorias por parte de quienes disfrutan haciendo el mal, generaron en mí un miedo propio de quienes reconocen el lado perverso del ser humano.

Porque para embrutecer a una persona basta con burlarse de ella constantemente, como fue en mi caso, al ser motivo de escarnio, vituperio y deshonra pública por personas quienes vieron en mí alguien solitario, incapaz de defenderse, por ser nuevo en la ciudad y no estar enterado de las costumbres llevadas y las novatadas infringidas a los nuevos.

 Porque una cosa es que se burlen de uno en plena calle, a risotadas estridentes donde la humillación es desconcertante, y sea esto una constante, y otra, que el psiquiatra al cual se le pide ayuda, responda con un: “lo estás imaginando, eso no es real, no existen esas risas”, sucediendo en consecuencia una negación de la defensa personal al ser calificado como loco por el profesional y no saber cómo defenderse ante la burla de quienes se habían ensañado con mi persona y sabían, no sabía a quién apelar por justicia, porque percataban mi duda de si era real el agravio o el diagnóstico de un psiquiatra que me reiteraba que eso es esquizofrenia, que yo estaba loco.

Está demás decir que el psiquiatra era un enfermo mental que solo se remitía a dar drogas que me producían una desesperación terrible que me instaban a caminar durante todo el día, sin poder hallar descanso ni consuelo. Fue así que en mi largo recorrer las calles durante todo el día, me hice conocido en la ciudad, para la burla de quienes veían a alguien que aparentaba tener las características de un loquito, sin saber que esas características eran producidas por los medicamentos que me recetaban.

¿La razón del porqué era motivo de burlas? Fueron muchas quizá. Una de ellas, el haber ingresado a la universidad en uno de los primeros puestos y desconocer las costumbres de los jóvenes de mi generación. El no soportar que fuera más inteligente para las ciencias y el desconocer las prácticas del “Hediondo”, donde el perdedor vendría a ser un personaje repudiable que apestaba, terminaron por embrutecerme del todo en esos años, sin saber precisar qué era lo que ocurría.

No, no necesitaba un psiquiatra, lo que necesitaba era un abogado.

 

Continuará…

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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