EL HOMBRE QUE NO PODÍA CONTROLAR SUS PENSAMIENTOS PARTE II

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

El miedo es algo que aparece de manera normal cuando alguien se siente al acecho del peligro. Naturalmente este miedo es sentido cuando se siente la hostilidad por parte de personas que uno no conoce y que en plena calle vociferan con insultos y ofensas que en términos legales son llamados agravios verbales y pueden ser motivos de querellas.

Lo cierto es que no sabía cuáles era mis derechos para defenderme ante la Ley y también es cierto, esto pasa con muchos jóvenes que se ven acosados por parte de adultos de mal vivir que se divierten practicando lo que la Ley pena como Daño Psicológico y Daño Moral y, que las víctimas desde su poca experiencia ante el mundo y la vida denominan como miedo. La tortura viene a ser mayor cuando se acude a especialistas que sabiendo la vulneración de los derechos de la persona, enterados de las prácticas de individuos que aplican este proceder solo por diversión, en vez de enseñarles a los pacientes a cómo defenderse, lo primero que hacen es diagnosticarles, sea con paranoia o esquizofrenia o cualquier tipo de desorden mental, ya que por consigna de los Laboratorios Farmacológicos, necesitan pacientes para recetarles los nuevos medicamentos que entran al mercado de las farmacias.

Hay unas pepas que se pueden comprar en el Mercado San Camilo, que bien, siendo usadas para la brujería, al ser escupidas, emiten un olor desagradable, fétido en extremo, y que para los que desconocen, es usada para convencer a las víctimas que ellas hieden. Estas prácticas son hechas por jóvenes de clase alta al momento de querer vengarse de quien de pronto no entendió que ellos son superiores, sea por posición económica o apellido, o por abuso de poder. Es también común usar ciertas cápsulas que hieden de manera intensa en recintos cerrados a ignorancia de quien será acusado del hediondo y que se usan para disolver masas en las manifestaciones públicas cuando se protesta por alguna razón en las plazas de la ciudad.

Reitero, esta novatada del “Hediondo”, solo se hace con quienes la desconocen, y si discernimos entre lo que es el Bien o el Mal, no hay manera de corregir esta crueldad que ha plena consciencia de quienes la practican, saben de los traumas que de por sí genera.

El hedor, acompañado de la burla o escarnio, cuando repetidas veces se le convence a la víctima que hiede, es el arte de embrutecer a las víctimas, siendo esto conocimiento de psicólogos o psiquiatras que, en vez de ayudar a la víctima, lo primero que intentan hacer es convencerle que todo forma parte de su imaginación, que el paciente está loco.

Siempre he pensado que la literatura más que ficción, lo que debe hacer es advertir a las personas, desde el aporte que se da, lo que podría ser motivo de crímenes de lesa humanidad infringidos por una comunidad donde se acostumbra a hacer pagar un derecho de piso, donde el nuevo es el loco, alguien a quien se le debe torturar o de quién reírse, sin importarle que es un ser humano, que tiene sentimientos y puede perder la razón.

La risa embrutece a las personas. En ningún lugar civilizado se permite que las personas generen vicio o desorden que pudiese perjudicar la salud mental sea de un vecindario donde alcohólicos se reúnan constantemente para beber y hacer escándalos callejeros, alterando la normal y legítima tranquilidad y, a consciencia de la perturbación que provocan, se rían sin importar el daño psicológico infringido cuando la burla es reticente, intencionada y con fines intimidatorios.

Una persona burlada, alguien de quien se ríen todo el tiempo, y no sabe cómo defenderse, debe usar su celular y grabar lo que acontece y hacer la denuncia respectiva con su abogado, para de esta forma hacer las declaraciones respectivas en la Comisaría del Distrito donde vive, para luego ser citado por el Gobernador e ir a la Gobernatura, donde se conciliará un acuerdo en el cual exponga el por qué el derecho a vivir en paz, en tranquilidad, sin que se altere el orden de buena convivencia y buenas costumbres, sea la solución, antes de ir donde un psicólogo o psiquiatra que sabe que la víctima está rodeada de idiotas y sin embargo lo primero que hará es recetarle pastillas y decirle que está enloqueciendo.

 

Continuará…

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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