EL MISTERIO DEL HOMBRE DE LA GUITARRA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Creo que se anticipó a todos, que sabía cosas que eran imposibles de ser expresadas con la palabra, y no es que no pudiera decirlas, él sabía que no iba a ser entendido. Sentado desde su estudio, contemplaba los anocheceres pensando la vez que amó de verdad, la noche cuando tuvo que tomar una decisión. La guitara estaba allí, y dentro de él, las vivencias que vieron de otra forma a la vida. No había por qué hablar sobre ello, a sus 21 años no tenía con quién compartirlas. Las mujeres que fueron suyas le entregaron la certeza de lo inseguro, de cuando todo se trata de solo sexo, de dominio en la cama, de horas donde los celos son la amargura de los amantes, cuando la ciudad es demasiado grande y había que agarrarse a golpes con cuanto granuja quisiera quitárselas.

Una noche de pronto, un acceso de lucidez reventó entre sus dedos. No, no podía competir contra toda una ciudad. Salir en el mustang para recorrer sus calles tratando de saber dónde podrían estar era perder ya el tiempo. Su única relación duradera sería la guitarra. Y entonces empezó a hablar a través de ella, dándole todo el volumen a su Marshall para aliviar lo que el corazón embravecido propuso para los conocedores.

Una noche de pronto, después de que hubiera yo terminado de escribir un poema mientras él calentaba la cena y las muchachas reían desde la sala del segundo piso hablando sobre cosas que para nosotros carecían de importancia, entró a la habitación desde donde yo, sentado en una silla, apeado a la mesa, escuchando temas de Satriani, me dijera, apaga eso un momento. Y entonces tocó una de las melodías más perfectas que antes jamás escuché.

No tuve opción. Así son las mujeres Mauricio, no puedes amarrarlas contra una silla y tenerlas allí todo el tiempo mientras no estás a su lado. Cuando conozcas el amor me entenderás, pero claro, sé de algunas que les fascinaría quedarse atadas a las sillas para de manera sumisa explorar otras formas de placer. No sabemos los caminos del amor, creo que nadie los conoce, y creo que nadie ha sobrevivido a éstos. ¿Sabes?, un día decidí encerrarme en esta casa para tocar 8 horas diarias esta guitarra y componer temas donde mi discurso no fuera una voz solitaria, porque sé que nadie me va a entender. Buen sexo diario unas cuantas veces por día y, nada más, eso es el amor, cocinar al lado de ellas, gastar algunas bromas sobre mi persona, tomar las calles donde hay violencia y donde debo jugarme la vida para no perder el territorio que he ganado, el que debo ganar para ser más claro, para no perderlas, no para eso que piensan las demás mujeres que llaman seguridad o protección, sino para que sientan que están dentro de mi dominio, que no las dejaré ir, que el primero que se cruce en mi camino cuando quiera desearlas tendrá que enfrentarse primero ante mí. No hay opción Mauricio, y lo sabrás en su momento, no es machismo, no es patriarcado, es amor, pero nadie lo entiende, por eso compongo melodías con mi guitarra, para decir todo esto que te comparto para que escribas, porque cuando fue el amor, me quedé sin palabras y, ahora que es el placer con ellas, prefiero ahorrarme las peroratas de los vanidosos, porque debe haber otra forma más elegante de decir que soy feliz, que esas muchachas que ríen en la sala de esta casa son el conocimiento que se requiere para hacer arte. No importa si dicen cosas incoherentes, todos solemos hacerlo siempre. La vida no es tan seria como creen algunos, se trata de servirse a la mesa un buen plato de comida, tener una charla afable donde todos nos sintamos relajados, hacer un poco de música mientras tú hablas de literatura con ellas, y yo toco esta guitarra con la cual hablo también, pero desde el idioma que aprendí a hacerlo cuando me di cuenta que mi soledad es mayor, que he renunciado a las conversaciones profundas que con nadie tengo, que mi saber puede parecer oscuro. Entonces, ¿por qué ser tan denso?, ¿por qué mejor no hacer poesía con la guitarra?

Creo que se anticipó a todos nosotros, que sabía cosas que eran imposibles ser expresadas con las palabras. Y entonces Poeta, ¿cuándo escribirás la historia que nos explique a todos? El aroma era agradable, la mesa estaba servida mientras las muchachas sonrientes se sentaban a la mesa, no había más qué escribir.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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