EL ÚLTIMO REFUGIO

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

Empoderado en La Casona o  Centro Cultural, Chávez de La Rosa, lugar que visitaba diariamente desde que vine a radicar a la ciudad de Arequipa, cuando me daba mis escapadas de la Biblioteca, para encontrarme con muchachas que gustaban del arte, de los recientes cuadros pintados por los artistas de la ciudad, en esas galerías donde llegué a conocer a decenas de muchachas a quienes abordaba en mi juventud, compartiendo opiniones sobre los cuadros que se exponían, si acaso terminábamos en los altos para llenarnos de noche y besos y luego sentir el desencanto de no volver a verlas nunca más, era que mi fama de poeta poco a poco fue creciendo, sobre todo cuando publiqué una revista de corte rebelde, contestatario y nihilista y con la ayuda de algunas amistades, se repartía gratuitamente mis escritos por la universidad, cuando contaba con algo de 22 años y convencido, usaba la palabra para querer cambiar el mundo.

Era común para mí también, alquilar libros por día, libros que de pronto no estaban en la Biblioteca y que en una librería que hacía la labor de mecenas cultural, a un precio casi benefactor, con solo dejar mi documento de identidad, me alcanzó textos brillantes de autores recientes que devoraba con ansiedad en casa, echado sobre mi cama, disfrutando de la lectura de libros amenos, y otros por no decirlo, densos, de difícil lectura que era según me comentaban mis colegas poetas, de obligado estudio.

Caminar con un libro en las manos en plenas calles y leerlo como si el mundo solo fuera el libro y yo, comenzó a convertirse en una costumbre un tanto irresponsable si es que debía tener cuidado al momento de cruzar las calles; mas creo no haber sido el único, unos cuantos más como yo, hacían lo mismo, esa costumbre de sentirse encantado con los libros que son una experiencia propia de los que anhelamos conocimiento y nos deleitamos con una frase bien escrita, un poema que lograba explicarlo todo en unos cuantos versos y, las largas tertulias en torno a lo leído con quienes también, aficionados a la lectura, ávidos por compartir lo aprendido, solíamos tener como punto de encuentro La Casona si es que allí estaban los poetas, los publicados y aún no publicados, los que sin saberlo, ya íbamos desarrollando los argumentos de nuestros discursos que años después se darían a conocer para cuando llenáramos auditorios y presentáramos nuestras obras, ante la expectativa de los que nos siguieron con fe, en la esperanza de encontrar en las voces nuevas, los mismos reclamos que generacionalmente sin que lo supiéramos, posta tras posta, se dio oportunidad para vivir no solo el sueño de ser escritor, sino también lo que esto implicaba: ser un héroe dentro de la ciudad.

Por eso, cuando recuperé la memoria luego de tres largos meses en los cuales se me hizo una cura de sueño, luego de haber puesto el dedo en la llaga y haberme enfrentado contra el Arzobispo de la ciudad por oponerme a una guerra inminente en el 2003 y, por haber peregrinado por la carretera en ánimo de protesta pretendiendo llegar hasta Bagdad

para reclamar la paz, si acaso así de vehemente y apasionado fui en mi juventud, con la intensidad de quien cree en un mundo mejor y en su voluntad, para cuando La Casona ya había dejado de ser el lugar de encuentro de los artistas y por esos entonces, solía sentarme en las gradas de La Catedral para contemplar a las personas que iban y venían, para filosofar en medio de ese mar de personas que habían y hay en la Plaza de Armas, me sentí sorprendido aquella mañana, al acudir a sentarme después de meses de ausencia en las gradas que recordé, tenían un espacio para mí y hallar en él, una pinta con aerosol negro donde estaba escrito sobre el mármol blanco: POET.

Al sentarme en el lugar de siempre, para concentrarme y pensar en qué escribiría por la noche, comprendí que esas gradas desde donde en luchas constantes hasta hoy, las personas se rebelaron y protestan como hasta ahora por injusticias, se había convertido en mi último refugio por aquellos entonces, cuando me di cuenta que era el poeta, entre otros tantos poetas, o lo que mejor viene ser bien dicho: un héroe más en la ciudad, alguien paciente que en la espera de algún desatino por parte de los que nos gobiernan, volvería tras sus versos, para reclamar por lo que nos atañe a todos, cuando se trata de la familia humana.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

Todos los Derechos Reservados para

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Comentar este post