ELLA ME ENTREGÓ SU HUMANIDAD

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Porque cuando ella tocaba la puerta temprano, a eso de las seis de la mañana, yo ya estaba despierto desde muchas horas antes. ¿Cuántas veces debe uno creer que es amor hasta darse cuenta que no es amor, que el amor puede tardar muchos años en llegar o te llega de manera fulminante para vivirlo todo, agotarlo todo, hasta pertenecer a todas las mujeres después?

Solíamos cocinarnos cremas de porros con puré de papas con algunas presas de pollo pasadas en caldos por esas horas cuando aparecía de pronto cualquier noche y me sabía siempre sentado frente al ordenador escribiendo.

Su piel rosada y sus ojos intensamente azules de esta muchacha que porfiaba en querer saber de mi pasión por la literatura, del por qué mandaba a rodar a cuanta mujer quisiese romper mi inestabilidad, es decir, el aferrarme a seguir escribiendo en vez de ya trabajar y pensar en formar una familia como lo fuera en esos entonces, a mis 35 años, cuando ella sabiéndolo plenamente, me daba ideas, material para escribir la novela que años después presentaría con el título de Los derroteros de la soledad, donde escribiera sobre ella, quizá yo sin saber que de todos esos diálogos y besos robados, cuando olía su aromatizado cabello rubio y la estrechaba entre mis brazos para saber qué es detener el tiempo, qué era tener piel a piel a esa mujer de un metro ochenta que según sus palabras, no era normal, que sus lecturas le repetían una y otra vez que sus esperanzas eran encontrar las respuestas que ella necesitaba, en el libro que debía escribir.

Porque el corazón se me salía por la boca cuando tocaba la puerta ella, y de pronto la encontraba siempre vestida en buzos deportivos, después de haber trotado dos horas diarias, preguntándome contra qué estaba luchando, dime Mauricio, ¿esto es la vida?, ya hice el aseo en casa y preparé el desayuno para mi padre y hermano, pero contra qué estoy luchando, ¿soy solo un cuerpo para tener sexo?, yo soy mujer y aún no sé qué es ser mujer más allá del sexo. Mis inseguridades necesitan ser reafirmadas con el sexo, pero luego todo se desvanece, y mi soledad es como la desesperación de caminar entre las calles de esta ciudad sin saber a dónde debo ir. ¿Sabes que mis días son demasiado largos?, que un libro no basta para saber qué debo más hacer para sentirme llena. Y entonces me viene una ansiedad terrible y se me abre el apetito y empiezo a prepararme algo de comida y llega una plenitud que arrastra arrepentimientos por temor a subir de peso, y es cuando vuelvo a trotar las dos horas diarias por temor a dejar de ser la rubia de ojos claros que debe saber qué es el amor y así, tener todas las respuestas que nos impone el mundo cuando éste nos repite que el amor es un territorio donde impera la sabiduría femenina, pero Mauricio, yo no sé qué es el amor, el sexo no me da respuestas ante esto. Dime, tú que piensas demasiado, ¿inventaron al amor para contrariarnos? Porque me estoy cansando de ser solo trasero, piernas, tetas y cintura. ¿Qué soy Mauricio, qué soy?, ¿qué seré cuando ya no sea bella y solo sea un triste recuerdo de lo que fui? ¡Detesto al tiempo!

Y eras tan sabia con tanta simpleza como cuando íbamos al pie del río para escuchar el sonido de sus aguas y guardar un silencio que hasta ahora recuerdo, donde ambos compartíamos cada quien sus pensamientos en total desembarazo, sin estar más que atentos a lo que cada quien pensase, sin sentir el temor propio de que nuestros pensamientos fuesen tan fuertes como para violentar esa paz y pudiesen ser oídos hasta quedar en total desamparo por lo que la consciencia ocultase. Creo que a su lado todo era distinto. Era una buena compañera. Alguien con quien se podía contemplar el universo sin tener que estar a la defensiva, más allá del hecho que una mañana me dijera que ella podía leer los pensamientos de las demás personas mientras yo en la mano llevaba Rayuela de Julio Cortazar y no le creía, hasta que me dijo: lee mentalmente el texto, en silencio, que yo lo recitaré en voz alta, ante un asombro del cual no pude salir, cerrar el libro y corroborar que al lado de ella no había nada qué ocultar. Y es que era tan linda que valía la pena sentirse lleno de ella, de lo que me inspiraba decirle a cada momento, porque lo que yo veía en ella era solo belleza. Por eso, cuántas veces uno debe amar para saber que no es amor, que el amor es algo mortal que cambia para siempre a las personas, que ocurre varias veces en la vida, muchas veces y que se manifiesta de diferentes formas, que más allá del sexo, otros sentimientos despiertan nuestra admiración y el deseo de la compañía cuando ésta significa estar feliz, orgulloso de quien nos acompaña, de las noches donde los diálogos eran mi poesía, esa poesía que fue ella porque mis ojos se llenaron de ella y así eran mis pensamientos: un impulso irrefrenable de tenerla a mi lado, ignorando al tiempo, cuando bien ella lo expresara: ¡Detesto al tiempo!, cuando aún se pudo decir: quédate a mi lado, que tengo miedo de todo, miedo de no saber a dónde debo ir, a quién acudir cuando termine llorando frente al espejo, cuando el sexo no me ayude más y entonces no sepa para qué sirve una mujer.

No, no entendía que me entregaba toda su humanidad, que quería las respuestas que ella no hallaba en sí en lo que yo escribiera, cuando el tiempo pasado fuera este ahora, cuando fracasase en explicarla, cuando solo fuera recuerdos, cuando alguna vez fuimos los dos y, pudimos serlo, para siempre.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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