LA ETERNIDAD TAMBIÉN ES UNA MENTIRA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

¿Cuántas veces mentimos cuando decimos que amaremos para siempre?, que más allá de la muerte, donde existe lo eterno, el estar juntos ya no tendrá tiempo. Que la mano que estrecha a la otra estará esperando con la misma intensidad como cuando fue tocada por vez primera. Cuántas miles de personas gritan a esta hora: ¡sálvame!, me estoy hundiendo en un océano de soledades que no puedo afrontar solo o sola. ¿Entendí entonces qué era hacer literatura de rescate si no pude rescatar a tiempo a todas las mujeres que confiaron en mí?

El mundo es una mente desordenada hecha de forma caótica donde tememos la mayor parte del tiempo estar desnudos ante la ciudad, en peligro, sin saber qué hacer cuando las piernas empiezan a temblar y descubrimos que estar solos es insoportable. No, no tuve otro mejor argumento para excusarme cuando me reclamaste aquella noche por qué no insistí, por qué no peleé por tu amor, que qué carajos entendía yo por eso llamado amor.

La universidad era eso, muchachas que poco a poco se iban acostumbrando a las infidelidades. Mauricio, apenas tengo 18 años, tú tienes 25, no tengo las respuestas que necesitas para resolver tus confusiones, tú necesitas una mujer de treinta años que tenga más mundo que yo. Se reía mientras discutíamos y parecía celebrarlo, celebraba nuestra primera discusión. Esa costumbre de escribirle poemas en las paredes de la Facultad y decirle que solo la amaba a ella, desvanecían las ilusiones de una muchacha que me veía a la media hora besándome con otra adolescente a quien normalmente conocía de manera repentina y terminaba entre mis brazos. ¿Cómo puedes amar así?, me reclamó aquella noche cuando en otra Facultad, esperaba a quien leía mis poemas y yo le regalaba rosas y a quien quería sentir y saber totalmente. Qué quieres de mí, finalmente me dijo. O me enamoras solo a mí, o te quedas con ella.

Años después entendería dentro del mundo universitario del porqué las muchachas más bellas no querían tener enamorado. Querían salir con uno y con otro, era algo normal, visto con naturalidad. Así son los años de la juventud, cuando el amor son labios libres de venéreas, cuando el sexo es diferente al que los adultos libres tenemos, exentos de compromisos donde los celos reclamasen algo, pertenencia, derechos, enredos donde uno termina encadenado y a mi entender, no se es feliz.

¿El amor es guerra?, eso ya lo escribí hace años en un libro de relatos, cuando entendí que decir te amo para siempre, hasta que muera, era una mentira que el tiempo se encargaría siempre de poner en evidencia, por más sincero que haya sido el sentimiento, que es inevitable herir a quien en su momento lo significó todo, cuando le dijimos que era el amor de nuestra vida. Dejar partir, renunciar, tomar el camino de las otras muchachas sin temerle a la soledad, a la carencia de diálogos donde dos sean como un solo ser, que aprendieron a compartirlo todo, sin secretos, confesados hasta en lo más inconfesable, no, eso ahora me puede parecer tan extraño y lejano como imposible.

¿Por qué no me rescataste?, después de muchos años, cuando al verla no sentía nada y mi atención se la llevaban otras mujeres sin deseos de compromiso por mi parte, reclamaba como si yo fuera el culpable de todo lo que le había pasado, que su destino pudo haber sido mejor si yo hubiera insistido. ¿Se quiebra la vida de las personas cuando alguien se marcha?, ¿somos conscientes del alcance de nuestros actos cuando sin saberlo, somos la memoria que hemos olvidado y que sigue viva en la que fue amada? Al verla comprendí que era culpable de un destino que tuvo esperanzas y que en la noche más horrible cuando se supo de la soledad, extrañó una ternura que debió existir en mí y que ya no tengo. Era como tomar consciencia que el amor debería ser asumido con responsabilidad. Pero en la vida real, no como suele pasar en la literatura, el amor es como un río que se desboca, nunca se sabe qué cause tomará, si llegará al mar, si acaso se pueda controlar cuando se desborda. Nadie te enseña a amar. Nadie lo hará. Y la experiencia son solo heridas que han quedado en el olvido sobre las cuales nadie quiere retomar el camino ya andado. ¿Por qué no me rescataste?, volvió a decir. Unos golpes en mi pecho por parte de ella y un llanto donde comprendí que el amor es esperado como una salvación ante el mundo mismo para derrotar a la soledad, a lo cuán vulnerables somos cuando ya hemos perdido la batalla contra el tiempo y tratamos de buscar en el pasado la razón para explicarnos por qué nada salió como uno quiso.

Era difícil disculparse. Los odios eran legítimos. La eternidad también es una mentira, pensé.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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