LA PREGUNTA AREQUIPEÑA A MARIO VARGAS LLOSA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

El Paraninfo estaba en su lado derecho repleto de personas. 15 minutos antes el poeta Jimmy Marroquín me había alcanzado mientras a toda marcha, desde el Pueblo Tradicional de Cayma, me dirigía al auditorio de Sociología, me habían dicho que iban a dar una conferencia sobre la Revolución del 50 en Arequipa, en la época de la dictadura de Odría.

Para ser preciso, era 1999, en el mes de junio. Tiempos violentos por otra dictadura, la que me tocó vivir, propia de un vendepatria que había dividido a la masonería en Arequipa y desde la que una nueva burguesía sin bandera, se había adueñado del Perú. El Puerto de Matarani había sido vendido a Los Romero. Es que nos callaban a todos.

Las marchas de protesta que salían desde la Universidad Nacional San Agustín eran constantes. Sociología, Filosofía y Literatura estaban presentes, como otras escuelas de sociales. Habían banderas de Juventud Popular y Juventud Socialista en esas marchas que tomaban las calles con lemas como: “siempre de pie, nunca de rodillas” o, “somos estudiantes, no somos terroristas”. Al llegar a la Plaza de Armas los gritos eran más fuertes, a toda hora. El calor de las juventudes de la única universidad que se oponía a la corrupción en el ejercicio del rectorado de Juan Manuel Guillén Benavidez quien, ordenara silenciar de igual manera a Alberto Fujimori Fujimori desde el Estadio Monumental de mi Alma Mater con unos chiflidos ensordecedores desde el coloso no fueron gratuitos. La Plaza era un mar de personas iracundas donde las cámaras filmaban a todos los presentes. Pocos éramos los que nos atrevíamos a gritar el coro que arrastrábamos desde calles como la avenida Independencia, 2 de Mayo, Piérola, Mercaderes; ese grito que nos era común: “muerte al Dictador, muerte al chino Fujimori”.

Al tomar ese café en los siempre altos del Portal San Agustín, la representante de ventas de El Grupo Planeta de Lima me relataba que esto era ya una constante: todos los poetas contestatarios de la generación de los 90’s estaban diagnosticados con F.20.0, es decir, esquizofrenia paranoide crónica. Es que los más rebeldes, los que no figuraban en esos afiches como DESAPARECIDOS, universitarios agustinos que hasta ahora nada se sabe de ellos, volvían después de meses, con la piel más clara y una dislalia propia de quienes habían sido internados en un psiquiátrico y no precisamente por estar locos. El sistema opresor no solo había introducido al ejército y la policía en la universidad: había intentado atemorizar a todos los que rebeldes, creíamos y aún creemos, en un orden establecido que no negocie nunca con la corrupción y el narcotráfico.

Jimmy me dijo que era en el Paraninfo, di la media vuelta y a toda marcha otra vez, crucé la ciudad para subir esas gradas que sabían de luchas sociales generacionales, las mismas que en poemas de Luis “Manzanita” Yáñez Pacheco, apresado en su momento en el panóptico, avivaron el grito de Revolución también.

Al entrar al Paraninfo María Nieves y Bustamante, autora de, Jorge o el Hijo del Pueblo, me extrañé que solo en el lado derecho las personas estuvieran presentes.

Me senté en el extremo izquierdo. Llevaba un buzo gris y una casaca de lana con motivos incaicos de color verde y unas zapatillas con las cuales siempre trotaba en las madrugadas 3 horas diarias. Decían: el video del presente será vendido a las personas interesadas. La cámara no apuntaba hacia los ponentes, profesores del Colegio Independencia Americana, la cámara toda la noche me apuntó a mí.

El discurso fue en homenaje a esos leones del sur.

El atardecer me encontró leyendo, décadas después, en las gradas de La Facultad de Filosofía y Humanidades. Le comentaba a la Directora de la Escuela de Literatura sobre lo del 50, que estaba leyendo: Conversación en la Catedral, edición 1969, Seix Barral, Barcelona, de Mario Vargas Llosa. Le decía que eran los tiempos de El León del Sur, ella sonrió para espetar: eran otros tiempos, ahora solo hay mininos. Ambos nos reímos.

Pero es que en la página 326, Santiago Zavalita, sí, el mismo personaje que hiciera célebre la frase acuñada para Perú de: “¿en qué momento se jodió el Perú?”, recibía una llamada, le decían que en Arequipa se estaban levantando, eran los 50, la revolución de los montoneros, los rabones. ¿Pero me decía a mí, Vargas Llosa siendo arequipeño, rodeado de muchos intelectuales después del Nobel que le dieran, después de todos los homenajes, la Biblioteca que él donó al Gobierno Regional y que lleva su nombre, su casa museo, que por qué nadie le había preguntado ello? Se lo decía a Benjamin de 5to año de Literatura como a Sadan, estudiante de 1ero de Filosofía y exalumno del Colegio Independencia.

Calaba mi cigarro mientras repasaba sin salir de mi asombro: debo ser textual:

“…-La Coalición no tiene nada que ver con los apristas-se rio Santiago-. Son cuatro millonarios que eran amigos de Odría y ahora se han peleado con él. Es una pelea entre primos hermanos. ¿Y por último qué le importa que vuelvan los apristas?...”.

No salía de mi asombro, estupefacto, recordaba todo lo que se había hablado de la revolución del 50, pero nunca nadie había mencionado a estos 4 ocultos y sórdidos personajes que movieron a toda Arequipa, entiendo yo, por intereses económicos: 4 apellidos de personas lo suficientemente fuertes como para levantar a toda una ciudad.

¿Quiénes eran Marito? Porque te paseas por la ciudad de la cual te jactas ser su hijo en todo el mundo y a la cual vienes cada vez que cumples años y, que yo sepa, esto no lo ha respondido la Cátedra ni los Intelectuales más respetados de la Ciudad.

Al salir del Paraninfo, un grupo de apristas extrañamente me invitaban a ser parte de ellos. El precio pagado por los jóvenes rebeldes que eran diagnosticados en los psiquiátricos y que volvían a la universidad como zombies, escarmentados de querer hacer de este mundo, un lugar más justo en qué vivir, esos bravos agustinos que se enfrentaban a policías de 2 metros de altura que llegaban de Lima y contra quienes nos enfrentábamos cuando desde las afueras del Mercado San Camilo, nos tiraban bombas lacrimógenas o con el rochabus, intentaban disuadirnos de nuestro grito, no compensaba el aceptar la invitación de un partido que murió en el mismo 50, cuando Haya de la Torre se volvió proimperialista, destruyendo toda su ideología y al partido mismo y, desentendiéndose de los mártires de la causa.

Al salir del Paraninfo, luego de cantar mi sagrado Himno Nacional, escuchar el de Arequipa, me quedé para escuchar un himno que terminaba en un estribillo que decía 6 veces: “Libertad”. Entonces supe una vez más que la causa venía desde hacía mucho tiempo, que como ahora, sentado desde estas gradas de ingreso a La Facultad de Filosofía y Humanidades, sé qué preguntaría a Mario Vargas Llosa la próxima vez que esté en su tierra, porque ahora sé que hay otra historia detrás de la historia de la revolución del 50 y los nombres, los tiene el Nobel de Literatura.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Narrador

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