LOS DÍAS DE UN ESCRITOR SOLTERO

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

CAPÍTULO Ib

 

No sé de la suerte de otros citadinos. Creo que en el caso de los solventes, estos apuros eran solucionados con más y más dinero. La ruina de algunos quizá significó una pelirroja de 19 años, experta en hacer el amor y no creer en éste como sentimiento, porque el amor era eso: algo que duraba mientras hubiera dinero, porque al acabarse éste, el encanto, el cariño, ese afecto, se esfumaba con un armar maletas mientras se tomaba el primer auto, dejando otra vez el celular encendido después de haberse publicitado en las páginas hot más visitadas de la web, hasta cazar a otro de esos ricachones a los cuales la quiebra les esperaría sin duda en unos meses, donde se podía fingir amor, mas nunca dejarse llevar por él.

Algo más que el estar en celo o el apareamiento era sin duda el amor, algo más que componer una canción, escribir un libro, o viajar y viajar sin saber ya hacia dónde se está yendo o huyendo, de cuerpo de muchacha en cuerpo de muchacha, cuando la fe ya está perdida, cuando se navega en la web y se cita con mujeres muy bellas y se llena uno de diversidad de diálogos donde de algunas se aprende algo y de otras, técnicas para alcanzar clímax que conducirían a horas siguientes donde se terminaría por descubrir que también tienen tarifa las conversaciones o, quizás era esos amaneceres donde alguna vez se tuvo vocación de terapeutas, después del amor.

Si algo era seguro, es que uno no podía atribuirse ningún derecho con la amante: una puta no pertenece a nadie, quizás eso significara el vacío de compartir la vida con alguien que no nos admiraba, que solo estaba pendiente de cuánto dinero nos quedaba y que debía hacer bien su trabajo para ganárselo todo.

Porque son momentos donde uno no se cree nada de lo que ocurre, donde el cuerpo de ellas son huecos donde revientan nuestros placeres, placeres que alguna vez pertenecieron a una sola mujer y que ahora, en ese estar incierto, vivir el momento era la evasión de pasados donde había un norte correspondido. Si fracasamos en el amor, si de pronto un día despertamos con el olor del cuerpo de otra mujer en el lecho de un hotel, extraño, lujurioso pero extraño, desvanecido como el placer brindado, escribí, si fracasamos, quienes afortunados por tener algo de dinero para nuestra salacidad y no terminar en infiernos peores, donde las botellas de alcohol evoquen pesadillas en los que invocaciones reiterativas atrapen al desventurado en conversaciones en solitario, con el pene bien erecto y las ganas de hacer el amor, propias de los muchachos de 15 años, sin tener en la billetera el saldo para pagarle a una muchachita de cabello rojo por una hora de sexo, reitero en lo que escribo, si este fracaso, propio de los que no se saben libres, de los que no dejaron embarazos y pensiones mensuales a cumplir, repito, nadie, nadie ha resuelto qué es el amor, ni los más vividos, ni los más felices, desde la infidelidad hasta la pérdida de quien lo fue todo y por tantas razones como habitantes hay en el mundo, se fracasó en el amor, sea justamente esa la razón del porqué no se pueda escribir sobre el amor sin dejar de ser testimonial, lo que escribiera a un principio, cuando dije que cada uno de nosotros tiene una versión irrepetible del amor y, por tanto, no hay sabiduría para decir qué es bueno o malo en éste, qué errores no se deben cometer, ni tampoco por qué es bueno dar consejos y atribuirse la jerarquía de sabio en territorios para los cuales cada pareja, en sus horas supremas, cuando tengan que resolverlo todo, antes de voltear la espalda y separarse para siempre, cuando el adiós es demasiado doloroso e insoportable, y por tanto, sin marcha atrás, como definitivo, vuelvo a escribir, si fracasamos en el amor, de entre todas las miles de millones de razones que deben existir, una sola puedo alcanzar que coincida con todas las historias de amor en el presente y las ya pasadas hasta las que tengan forzosamente florecer: la muerte de la soledad. Porque si hay algo que el amor cura, es ello: la soledad. Y nadie está preparado para transitar por este mundo y esta vida, en completa soledad, nadie. Lo peor es descubrirse otra vez solo, y tomar consciencia que esa soledad es mayor, totalmente fulminante y, más difícil de vencer.

 

Continuará...

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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