LOS DÍAS DE UN ESCRITOR SOLTERO

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Capítulo IIc

 

Madurez, ésa es la palabra de todos los tiempos. Los que llegaron a conocer la madurez, aprendieron el significado del perdón y los errores que nos son propios de los seres humanos, sean en el amor, en las pugnas por querer ser alguien, los arrepentimientos cuando hicimos el mal a alguien que era inocente, o las mismas injusticias que padecimos si acaso no hay hombre en este mundo que no conozca en carne propia este término: injusticia, término ante el cual nadie soporta toda su desgracia y tragedia, término ante el cual no hay hombre que no se haya alzado sea cual fuera el peligro o gigante al que tuvo que enfrentarse en su cita con la historia, generalmente es con la historia personal, la historia de cada quien, lo que muchos llamamos: nuestra dignidad, la dignidad de los viejos que contemplamos el silencio y en nuestros ojos brillan otros años, ese destino donde pusimos pie y bien o mal, dimos cara pelea, así hayamos hecho el ridículo, así nos mintamos una y otra vez, porque esa madurez de la cual escribo significa ello: saber que se hizo lo mejor que se pudo, que uno se entregó de lleno, hasta donde llega el límite del ser humano, el límite de todos que todos conocemos y otros en su momento conocerán, para saber cómo perdonarnos, comprendernos, hasta saber que desde nuestras soledades, más no se pudo hacer, pero lo que se hizo, fue lo necesario y justo. Me dirá mi estimado lector que no estoy escribiendo sobre el amor como empecé en este libro y, que por tanto solo me estoy excusando o defendiendo. Pues estaría tentado a darle la razón, pero necesito hablar sobre la madurez para que tenga sentido lo escrito, porque sin ésta, el equilibrio que todos buscan, jamás será encontrado y así, seguiremos tontamente peleados contra un mundo que no nos consultó si queríamos cambiarlo o no. Dirá el lector que el mundo tampoco nos preguntó si a nosotros nos gustaba o no, y en ello le doy razón. Desde mi aprendizaje, quise temerariamente ir más allá de lo que leí, quizá inspirado en las vivencias de otros autores, en mi terca capacidad para seguir creyendo en la palabra y por tanto, empeñarla hasta las últimas consecuencias. Porque así nos recuerdan algunas personas y así, otras nos juzgan. Desentenderse de las pasiones de la juventud aceptando que ya no se tiene el vigor de los 25 años y que a los 45, otra visión se tiene de la vida, cuando se habla del compromiso con el mundo, con el ser humano, es otra forma de existir. Ya tuvimos la oportunidad de competir con los más vigorosos y, si acaso quedamos entre los primeros o los últimos, o nos equivocamos de camino en esa competencia, o si fuimos extremadamente románticos o ilusos, ello forma parte de la historia personal de cada quien. Yo no he escribo para que las personas se comparen y comprueben quién tiene más valía que otro, no, eso es vano e injusto. Yo escribo este libro para que te des cuenta eres importante y lo seguirás siendo, que siempre habrá alguien que te recuerde con estima y cariño, que para alguien siempre serás un héroe reconocido o incomprendido y, que de igual manera, habrás sido olvidado por otros tantos más que fueron de tu estima. Yo me atrevo a decir con la responsabilidad que implica un libro que tu valor no fue reconocido por todo el mundo como debió serlo y, que de igual manera pasó así con toda la humanidad a lo largo de la historia y, seguirá ocurriendo, que eso forma parte de nuestro destino. Hay soledades tan angustiantes e injustas, ¿por qué habría que juzgarlas y condenarlas? Si a la palabra le precede la acción, ¿no es magnífico que ésta misma sea expresada por los jóvenes que se atrevan a tomar las banderas para que ellos mismos forjen sus leyendas? Porque yo soy un hombre sin consejos a pesar de que se crea que escribo a partir del: “debe ser”. No me hagas caso si en algo no concordamos estimado lector, porque yo no quiero imponer verdades ni mucho menos artificios teóricos donde aún el hombre no ha corroborado sus errores, lo que otros llaman bien como: ideas. El hombre no es de ideas, es de hechos. Nosotros ya estamos llenos de hechos y, en este avanzar hemos visto cómo las ideas eran algo ilusorio, un discurso donde fueron poesía, poesía que fracasó ante la realidad. Los hechos son los que dan a luz a la sabiduría, ellos señalan caminos. Éste es mi camino. Y no tiene que ser necesariamente el mismo que el tuyo estimado lector, porque en mi libro no cabe toda la experiencia del ser humano, pero es como la ventana de la cual escribí al inicio de este capítulo, desde donde se puede ver el cielo, que no es necesariamente igual al que es visto desde otra latitud o hemisferio, pero es un cielo que nos repite constantemente que no estaremos siempre aquí, que somos nosotros los que nos marchamos, que todo permanece menos nuestra historia personal y si la escribo, es porque hace páginas enteras estoy tratando de decirte que describas ese cielo que es tuyo, ese que describe cómo es tu historia personal, el aporte que he visto en los ojos cansados ser anotado en cuadernos preciados y bien cuidados, donde sea el hombre o la mujer, le ha robado horas a las labores del día, para escribir lo que le tocó vivir, bajo un cielo que en su momento vi, desde mi ventana.

Tienes ese derecho. Escribe tu historia personal. Haz los ajustes de cuentas con la vida y el mundo. Alguien sin duda te leerá. Y no tiene que ser un extraño, quizá sea leído por alguien a quien ames mucho o por alguien a quien sí le importe tu historia personal, un familiar que quizá no conozcas en vida y que en su momento quiera saber, por dónde vienen sus orígenes, por más humilde o aberrante oficio que se haya tenido, por más inconfesable vivencia que se haya experimentado, porque esa sabiduría es el saber que no será encontrado en las más importantes librerías, que quizá no sea leído por todo el mundo, pero como libro estará allí señalando el derrotero cuando se trate de explicarse y las respuestas elevadas hacia lo incierto necesiten de un verdadero sabio, el que eres tú, desde tu historia personal, cuando alguien se formule la pregunta inevitable: ¿qué hago?, y la respuesta ya la conozcas.

 

Continuará...

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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