LOS DÍAS DE UN ESCRITOR SOLTERO

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

CAPÍTULO Ic

 

Un buen libro no debe repetirse en sí mismo, ni ser redundante. El lector al momento de engancharse con la lectura, lo que está buscando son lugares comunes, experiencias coincidentes, palabras o frases que solo tienen sentido cuando nos despiertan sentimientos que alguna vez sentimos. Cerramos el libro sea cual fuera la página de éste, cuando ya no tiene nada qué decirnos. Otras veces es peor, lo cerramos cuando nos duele en cada una de sus páginas, cuando empezamos a darnos cuenta que ésta relatando la historia de nuestras vidas, a pesar de que ninguna vida es igual a ninguna. La literatura es eso: un punto de encuentro a lo largo del tiempo donde todos nos entendemos y en semejanza percatamos lo horrendo de nuestra soledad, lo breve que es ésta y, lo irreconciliable que es el pasado con el presente, cuando los sentimientos ya no existen, cuando hemos aprendido a convivir con recuerdos de algo que murió en uno, casi siempre, en contra de nuestras voluntades. Porque los libros no son escritos además para todas las personas. Un escritor soltero, cuarentón, que se cita con muchachas de cabello rojo, mejor dicho, meretrices, puede resultar una vivencia interesante para quienes aún no han conocido el amor, o para quienes quieren olvidar a alguien, como también el querer entender a través de los errores de otra persona, qué errores cometió uno cuando amó. Un buen libro no caería en la pretensión de escribir sobre lo que desconoce: los especuladores nunca pasaron de ser falsas caricaturas de la sabiduría. Yo no he dejado hijos y tampoco he querido tenerlos o he tenido suerte en no tenerlos. Hasta donde sé, los hijos, para bien o mal en una relación que fracasa, cambia más la vida de ambas partes si acaso hace trágica a ésta, dibuja destinos en el devenir de un mar de personas donde inocentes crecerán sin saber de los errores del amor de sus procreadores, de su fracaso, de lo violentos que suelen ser los días cuando en algún momento se pregunté: “¿Y cómo es la vida con un padre y una madre juntos? Normalmente, digo, normalmente, y lo vuelvo a escribir, solo nacen los niños cuando deben nacer, es decir, cuando los que se amaron, están destinados a estar mientras viva el niño o niña y, todo lo que esto implica, si es que se tiene la suerte de llegar a ser anciano y saber de nietos y bisnietos y, la que fue pareja, con otro rostro y otro cuerpo, esté sentada a la mesa, echando en cara que eso fue el amor y que pudo ser para siempre, si no es así, para siempre, pero de la forma en que se esperó, cuando el amor lo era todo.

 

Continuará...

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

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