LOS DÍAS DEL ESCRITOR SOLTERO

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

GRAN FINAL

 

 

Llegado el momento, la comedia termina por imponerse ante la sabiduría de los hombres de cabello cano y de buena voluntad, así no tengan ya cabello ni mucho menos, un poco de buena voluntad, que reírse de uno mismo no es tan malo, sobre todo si se ha estado a punto de cometer un feminicidio que no es poca cosa o, haber terminado castrado, ya sea de manera química o por extirpación , todo en nombre del bendito amor y el voto a una fidelidad que solo es propia de asexuados, de los que pueden vivir sin sexo sin mucha complicación y son incapaces de sentir el terremoto que sacude la carne cuando sin haberlo esperado, una muchacha extremadamente sexy se te cruza en el camino, y te dice: sí, porque ella también se muere por hacerte el amor.

Por ello, no creo ser el único inestable, no solo por tener que asumir una falsa madurez donde deba renunciar a mi pasión por la literatura, para ser el proveedor, protector y dominador de una mujer que deberá ser llenada de atenciones y detalles al mínimo para hacerle ver que se le tiene en mente en todo momento, que solo a ella se le ama, que cualquier excusa es buena para llamarla desde el celular sea la hora que fuera si es que aún no se comparte la misma cama y, que hasta el más bobo discurso, el más tonto o ridículo, tiene sentido cuando se conversa con ella, porque es más importante que las horas dedicadas a la literatura, si acaso cada palabra escrita sea motivo de celos, cuando uno no sabe de dónde salieron tantas interpretaciones para suponer que hay otra, que no se debió uno apresurar en tomar la decisión de comprometerse, que quizá no la conocía muy bien, que lo práctico es terminar las cosas por lo sano antes de tener un hijo, que después de un segundo compromiso, volver a amar no es imposible, que la soledad es algo con lo cual se puede aprender a convivir, que no sería nada extraño una tercera unión, otro amor tan intenso como los dos anteriores, porque los errores nos hacen sabios y está en nuestra naturaleza el deseo de tener sexo continuo, lo cual de por sí garantiza dos cosas: citas con muchachas, o la mujer indicada para un tercer o cuarto o quinto compromiso, donde empezar de nuevo sea un arte donde se ama más al amor, es decir, al sexo, sin muchas complicaciones, porque quien aprendió de dos amores, puede aprender de todos los que pueda, mientras salud y vida tenga, porque lo difícil no es encontrar al amor, lo difícil es quedarse con una, hasta que la muerte nos separe.

 

 

Pero qué podía entender del sexo femenino un hombre de 33 años que creía que la menstruación era una invención a voluntad en la mujer, que ésta podía ser provocada de manera autocomplaciente para inducir y evitar el embarazo. No sabía de las pastillas abortivas ni de cuanto remedio se comenta, sirve para inducir la regla cuando la mujer queda preñada. Es que esos ensayos donde me atrevía a explicar lo que sigue siendo para muchos un misterio: el periodo y, que acaso la ciencia o la biología han estudiado para entregarnos alcances donde la han resuelto estaban fuera de mi entendimiento y terquedad. No, la mujer menstruaba para provocar un aborto a decisión. Así de ignorante era yo a esa edad en torno a la intimidad femenina, si acaso con los años entendí sobre los verdaderos maltratos a la mujer en el amor, un maltrato vaginal que brinde placer, prolapsos donde el clímax sea el propósito de esos sentimientos donde un día perdemos la cabeza por completo y terminamos por convencernos que el mundo es perfecto y que la vida vale la pena, que los niños a nacer son una bendición que han de alegrar la vida a los decentes, los que aprendieron a convivir en paz y otras teorías más sobre el matrimonio y la familia. Porque contrario a lo que muchos testimoniaban de estar encadenados en sus relaciones, en mis aprehensiones, creía que el amor otorgaba libertad o que desde éste un hombre era libre, si acaso sabría años después, muchos años si debo ser puntual, que para muchos, el ansiar la libertad tenía una relación estrecha con el olvido, el desaprender la vida para desde la soledad soportar la maldición de los desamores, cuando se está en el extremo, sea uno hombre o mujer, sea cual fuera el contexto, cuando algo se quiebra para siempre dentro de uno y, el mundo que fuera perfecto, pierde su armonía para arrastrarnos por vorágines de donde no sabremos si podremos sobrevivir.

Porque en mis lecturas, buscaba el conocimiento del amor y de las muchachas, errando inútilmente si acaso la palabra era interpretada desde la suposición, jamás desde la vivencia que otorga el entendimiento. Porque leía para querer saber qué era la mujer y, solo llegaban a mis manos textos escritos por otros varones que de igual forma, dejaban en sus libros explicaciones donde la palabra era usada desde contextos que no podían ser aplicados a la vida de uno o de cada quien, que en rasgos generales, cada historia siempre sería distinta, y de ello debía convencerme.

Es que eso eran las conversaciones con los adultos cuando tenía 40 años y tras algunos encuentros con muchachas que no lograron despertar en mí la necesidad de ellas, presentarme para teorizar, que era en realidad lo que hacía, ante el asombro de quienes me escuchaban, representaba la inocencia de quien siendo alguien que debía haber madurado hacía décadas atrás, revelaba desde sus escritos, la pureza de quien escribe desde su condición de hombre nato, nunca mezclado con la naturaleza femenina, incapaz de entender el infierno de los celos o los desequilibrios propios de las rupturas donde nada es seguro, como lo es en la relación de pareja, tras la angustia de esos adioses que parecían definitivos entre la furia del sexo y todo lo que se puede reprochar a quien consideramos con derecho nuestra mujer, o la mujer por la que peleamos como se pelea una sola vez en la vida, cuando las palabras son sinceras, sin la maña del que ya ha vivido antes al amor, y sabe de las premeditaciones, del efecto de una frase soltada que puede significar toda una revolución en quien cree en el amor y aún no se ha enfrentado ante la disyuntiva de perder la fe en la humanidad, si acaso así este sentimiento llegado el momento nos enfrenta contra todo, para sentir la impotencia de los que pierden a quien aman y desde la noche más terrible e incierta, las decisiones tomadas son ya por razones de supervivencia, razones muy vinculadas con la amargura y otros desencuentros con la vida, cuando lo que te hace feliz a la vez representa el sufrimiento que es capaz de llevarte hacia los lados más sórdidos de la experiencia humana, donde el ser humano va desorientado, sino acaso loco, sin poder entender nada, solo padeciendo, perdiendo peso, perdiendo la gracia en el rostro que fue genuina, hasta alcanzar el rostro de los que reflejan experiencia y ríen poco, justo antes de alcanzar la madurez, es decir, el poder reírse de todo esto sin ánimos de herir a nadie, o escribir como solo lo hace el que evoca al tiempo, bajo un pulso constante, reposado, donde lo que pasó ha sido ya saldado con la vida y no se escribe como en su momento lo hiciera: con lágrimas en los ojos, las lágrimas propias de los que han perdido y, creen que será así para siempre.

Porque esa sensación de desdicha propia del que amó la sombría de su terruño, en esos inviernos donde la niñez y adolescencia antes de partir, para saber del mundo, en las épocas donde se creció a buen recaudo y se fue feliz, para rabiar y terminar llorando por las orillas de un mar inconmensurable donde se aprendió a escribir y se tuvo que hacer la oración para que retornara el que se fue, el que ya no se era desde un amor que se convirtió en imposible y se supo de la tragedia de la vida, de esas renuncias que nunca entenderá uno y que es definida por los hombres sabios como destino, cuando después de la dicha, la realidad arrojaba verdades demasiado insoportables, si acaso así puede ser interpretado el génesis en cada uno de nosotros: en estar en el paraíso, hasta despertar a la vida y los deberes donde renegamos de todo y volvemos a culpar al mundo, a la humanidad, cegados por la pasión, por la ventura perdida, por haber conocido la felicidad y en el hallazgo saber que lo único importante no le importaba a nadie más, solo a uno, que el mundo no te da espacios para que puedas disfrutar lo que otros disfrutan, cuando dices que estás enamorado, y alguien que ya vivió ello te responde ante tu expresión como si hubieras hecho una interrogante y no una afirmación: “y es triste, ¿no?”.

Quizás el tiempo era otra cosa más allá de lo que pudiera ser entendido por los pensadores, o por esos veteranos que de mil batallas no ganaron una sola, pero se les reconoció como tales, por seguir en pie, cuando repetían siempre que el tiempo se detiene cuando se ama, contrario a mi aprendizaje al llegar cada noche y sentir miedo, ese miedo que te alerta de un nuevo día a venir que será igual de incierto como el vivido, donde el amor de la amada aún no es seguro, si la pertenencia fuera garantizada por un contrato llamado matrimonio, contrato absurdo en un mundo donde ningún hombre respeta la mujer de los demás mientras se contempla constantemente el reloj y se siente la velocidad de la vida, cuando es largo el tiempo para los que sufren, como fue largo el tiempo para mí en mis veinte años, cuando había razón para interrogarme sobre lo que es propio de los filósofos, esas creaturas apartadas para la sabiduría y que al llegar a la madurez, esbozarían desde su experiencia, lo que tanto filósofo teórico planteó para explicar al ser humano, desde la fantasía de hipótesis que estaban muy lejanos de la carne y sus apetitos, de esos desórdenes de la testosterona donde una erección podía crecer en su potencia e intensidad hasta dominar todo el cuerpo, como es en el apareamiento, cuando la naturaleza desde sus leyes ordena lo que se nos es incomprensible desde la palabra, a la cual recurrimos para explicarnos y entender qué propósito tiene la soledad, luego la experiencia del amor y, luego la incertidumbre del devenir que nos alcanza en brevedades incontrolables, donde todo transcurre, ante nuestros ojos, sin poder sujetar de manera fuerte a la felicidad hasta dejarla aprisionada en nuestras manos, y retenerla para siempre.

Alguna noche, hace tiempo, como lo fue en otras noches más cruciales y definitivas, cuando mi sueño de escritor, a mis 27 años era del tamaño del mundo y, no conocía del desamor y las vivencias necesarias para escribir y entender la existencia, entre libro y libro, esos manuscritos donde me esforzaba por escribir algo coherente, intuyendo como nos ocurre a todos en todos los ámbitos, cuando se hace necesaria la palabra para ser usada con responsabilidad si acaso hay que disertar sobre tópicos donde el conocimiento es propio de concejo de hombres que lo han vencido todo y tras la robustez de sus brazos, las marcas que el tiempo se encargó de borrar a fuerza de no haber podido ser derrotados por nada, acaso contemplaban este estar en el mundo como un aprendizaje donde cada generación debía asumir el compromiso de alcanzar una nueva verdad tras la fe en el hombre, en su civilización, por estar seguros que debe existir alguna razón para todo lo que padezca el hombre, y como deber, deba estar escrito en esos anales que señalan quiénes fuimos en el tiempo, esperanzados en que en los años que tienen que venir, la respuesta esperada llegue y nos aproxime a saber qué somos, quién es el ser humano y por qué, en cada hombre, se repite el mismo propósito. Así, de esa manera en esa noche que fue alguna entre tantas noches, desde una claridad que escrutaba en el paraje sombrío de árboles que parecían bendecir mis luchas venideras, lo preclaro me asaltó de golpe para ser dichoso, concibiendo esta forma de vivir, hasta que llegara el día con sus horas de todos los días necesarios, cuando me sentara a escribir la historia que todo hombre quiso escribir y que solo podría ser leída por el joven justo y apartado, como lo fui yo, como lo fue mi estar en la hora que me llamó, cuando la ciudad quiso saber qué había aprendido de mis lecturas, cómo era el vigor que contenía mi alma, qué propósitos serían defendidos con mi vida, hasta entregar una nueva acepción a la experiencia buscada desde el origen de los tiempos y define la personalidad del que se desplaza por en medio de todos y se atreve hablar sobre la libertad, desde términos mayores, cuando se bregó hasta ir más allá de la muerte, para sostener el discurso de los más bellos poemas épicos que requieren de una leyenda, una historia extraordinaria donde la hazaña debió ser descomunal y totalmente desigual, como son los cantares de gesta, bálsamos que endulzan el alma y desdicen a los poemas, porque esos versos están escritos con sangre, cuando la voz viva lo gritó tan fuerte hasta rebotar en las paredes del silencio, hasta donde llega el firmamento. Porque fue alguna noche, hace tiempo, antes de saber del desamor y de la naturaleza del tiempo, cuando el sueño de querer ser escritor fue del tamaño del mundo, y por tanto, irrenunciable.

 

 

 

No, no tenemos héroes, vamos a la deriva sin tener en quién creer, así de crudas son nuestras soledades. Dicen que Dios demora en escucharnos, pero la vida es tan breve, tan coherente con el conformismo con el cual nos vamos haciendo la idea que la vida no puede de ser de otra manera, que es vano compararse con otras personas, exitosas, porque no me vas a decir que son felices, siempre hay algo que impide decir: “¡lo tengo todo!”. Pareciera que este paso por el mundo donde no sabemos para qué pasamos, todo lo que aprendemos carece de validez en esos días cuando nos sentimos totalmente perdidos, con el deseo que todo desaparezca, recordando los pobres diablos que fuimos la mayor parte del tiempo, recordando a quienes se les destruyó la vida para tener un lugar dentro de un mundo donde nos quieren contentar con el dinero que a otros se lo hemos quitado. No es fácil llegar a la noche sea la ciudad desde donde se esté, porque siempre concordaremos en que nada salió como pensamos alguna vez, que a medida que fuimos creciendo como personas, tuvimos que aprender que acomodarnos a reglas que poco a poco fueron destruyendo las nuestras, hasta ser lo que el sistema quiso que fuéramos, hasta perder lo que quisimos ser.

Porque alguna vez fui libre, como cuando ansiamos no estar atados a nadie sentimentalmente, como solo nos pasa a los varones, cuando disfrutamos estar otra vez dentro de la ciudad y no tener que dar explicaciones a mujer alguna que nos reclamase el porqué de pronto conocimos a otra muchacha, sin que ello significase un odio, una venganza anunciada, un despecho de desamor, esas maldiciones donde un pasado imperdonable nos hace sombra y somos los malos de la historia, los que debemos asumir todos los errores de la relación de la cual uno ya es libre, sentenciado y condenado ante la opinión femenina como un tipo vil, malo, alguien en quien no se puede confiar. Sin embargo, esa libertad de poder adueñarse en intentos desconocidos, de la vida de uno, lidiando sin saber, difamaciones y maledicencias, desde las que somos vistos con recelo y desconfianza, acaso significasen estar como proscrito para las demás muchachas que nos verán como alguien que solo merece relaciones carnales como meretrices, mas no con muchachas decentes que pudieran creer en uno.

De estas desventuras, quedan complicaciones propias de la libido, desde la que el batallar contra los deseos sexuales que impiden un cortejo diferente, si quizás uno ya se había acostumbrado a hacer el amor de cierta forma o, si las conversaciones fuesen repasos de diálogos en los que se evoca una costumbre filosófica que es deber desaprender, para estar desintoxicado de algo que se aprende a olvidar hasta retornar a un nuevo hombre, con experiencias mundanas donde la libertad nos cae bien y de pronto, no queremos estar ya con una sola mujer, sino con todas las que podamos, hace que la fama arrastrada sea la del promiscuo que por un buen tiempo, no quiere una relación estable, sino disfrutar de muchas muchachas, si a eso se le llame la libertad en nosotros los hombres, si acaso sea diferente en las mujeres: una crisis donde se juegan en duelo duro la autoestima y la soledad, el hecho de creer que nadie más las amará o que se entregó lo mejor de ellas para luego ir a la deriva con la presencia de quien fue el ex, alguien que dominó y reinó en su cuerpo y mente, hasta enamorarse perdidamente, en medio de todos los errores posibles que se pueden cometer en una relación de pareja, cuando se hace hasta lo imposible para retenerlo a uno, para no varar en medio de incertidumbres que matan y que tardarán en recuperar ese equilibrio que les permita con el tiempo darse una nueva oportunidad para amar.

 

FIN

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

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