MISANDRÍA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

¿Olvidas que todo transcurre?, que ayer tuviste 15 años y ahora ya no quieres, odias, detestas los cumpleaños. Nada se puede hacer ante las arrugas que derrotan la soberbia. Esos años donde te atrevías a decir NO ya pasaron. Ahora tus ansías son un conflicto entre el tiempo y la soledad. Porque las demás se casaron y tienen hijos y tú te has quedado en el tiempo contemplando las fotos que tienes en la parte más visible de tu sala, cuando eras joven, cuando rechazabas por placer a quienes querían saber de ti. De pronto un día te cansaste de luchar contra tus propias mentiras, aceptaste que eras igual que nosotros los hombres, que sentías lo mismo que nosotros sentimos, que ser mujer no te hacía santa y que los deseos los sentimos todos, los deseos sexuales debo aclarar. Porque te reías en la cara de aquellos que según tú, nunca podrían estar a la altura de una princesa, y según tú, esa princesa eras tú. No, prometiste no ser de nadie, y fue tu derecho complacido cuando nos enteramos que nos veías a los hombres como seres abominables que solo pensábamos en sexo, cosa que en gran parte es verdad, como lo era contigo, desde tus noches solitarias y tus fantasías y todas tus negaciones, esperando siempre alguien excepcional, un superman que estuviera a la altura de tus expectativas, pero viste que ni superman tuviste, ni hombre alguno que insistiese en hacerte suya.

Hay algo que estropea la belleza en la mujer: la carencia no de corazón, sino de sinceridad, porque esas canas de tu cabello largo son la tristeza que ya no se jacta de cuántos pretendientes tuviste y a cuántos negaste. Hasta el día en que te diste cuenta en que nadie te prestaba atención, que al salir a las calles, por más esmero que pusieras en estar atractiva, eras invisible, indeseable ante los muchachos que eran felices con sus enamoradas.

El cuadro está allí entre tardes totalmente diferentes a la de otras mujeres que juegan con nietos contemplando la felicidad. Dios te ha recogido para sus grupos de oración en esas largas horas donde no puedes creer que así hayas terminado, leyendo la Biblia, compartiendo el té con mujeres horribles, gordas y hedientas, que si no te das cuenta, eres ya como ellas, compartiendo la misma culpa: el desprecio por los varones que lloraron por no ser correspondidos.

¿Creías ser la mejor?, entonces por qué ahora haces el amor con hombres gordos, con el rostro demacrado y con un pasado triste. Aquel día en que te arrepentiste del daño que hiciste y empezaste a concurrir hoteles  con todos los que a tus 16 años jamás habrías hecho caso, ahora llenaban tu cuerpo con su humor fuerte, un humor a viejo, sucio, grasoso.

Has llorado muchos años por esa nostalgia hasta entender el rostro horrible de la soledad, de ver tu cuerpo deforme en el espejo y no poder creerlo, entre humores donde no te reconoces, sin ánimos para soñar lo que ya no se puede soñar, porque empezaste a ser de todos, de cualquiera, algo que jamás pensaste cuando en tu cabecita solo había espacio para esos hombres rubios, de ojos claros y con mucho dinero, porque una mañana de hace muchos años atrás, despertaste con la certeza que tenías la potestad de merecerlo todo sin importar los sentimientos de las demás personas por el solo hecho de ser muy bella.

Yo te he visto como solo se ve el miedo de los años, caminando perdida, con la mirada buscando amor en cualquier hombre, incomodando a los muchachitos de 17 años de quien bien podrías ser su bisabuela, desubicada en el tiempo, tratando de buscar recuerdos donde no los hay, no sé, un día de San Valentín, glorioso, romántico, pero no, tú despreciaste a todos solo por no ser blancos y de buen apellido. Yo te he visto salir de un hotel paradójicamente feliz, abrazada de un hombre que hacía gestos para apartarte, sin que aceptaras que fuiste solo un agujero de placer, un hombre de esos que bien se parecían a los criados de tus padres, de color muy oscuro y rasgos tan chuscos como andinos, tal cual eran así tus palabras en esos tiempos cuando acusabas a todos los hombres de ser unos depravados que solo pensábamos en sexo. Y ahora quieres eso, sexo y más sexo, y pagas a jóvenes homosexuales para que te hagan el amor, para recibir ese afecto que en tu adolescencia condenaste por hacer apología a la misandria, porque decías que la mujer era superior al hombre y no querías entender que todos somos iguales, pero te peleaste con el género masculino y te hiciste una fama que poco a poco espantó a todo aquel que empezó a conocerte, a entender que detrás de tu belleza no existían sentimientos, que eras un vientre destinado a la inutilidad.

El cuadro sigue allí, en la parte principal de la pared de esa sala que hace años ningún hombre decente visita

, si acaso es ahora de los cualquieras, tipos de mala calaña, entre drogadictos y alcohólicos, despojos de un círculo social que mirabas como chusmas y según tú, debían ser expulsados de la ciudad.

Mira cómo son las cosas, cómo es de fuerte la soledad cuando te diste cuenta que ya no estabas en la capacidad para despreciar a nadie, cuando aceptaste que tanto el hombre como la mujer somos de carne, que tenemos los mismos apetitos sexuales, que en ello, nunca hubo diferencias. Nunca.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

Todos los Derechos Reservados para

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Comentar este post