PERFIDIA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

“Nadie comprende lo que sufro yo / canto pues ya no puedo sollozar, / solo temblando de ansiedad estoy / todos me miran y se van…”.

Fragmento de la canción Perfidia, interpretada por El Trío Los Panchos

 

 

 

Y empezó a cantar. Había un gesto socarrón en su rostro. No había duda que disfrutaba con hacerlo, es decir, con cantar. No lo hacía tan mal a pesar de parecer ser el único tema que sabía. Los presentes le escuchaban y le seguían. Creo que se sentía como esos ídolos de las muchachas, es decir un  rockstar . Todo podía estar bien, pero pasaba que eran nuestras visitas de reinserción social al hospital desde donde debíamos escuchar las charlas de los especialistas de las cuales él se había escapado para entrar al pabellón, dirigirse inmediatamente a la sala de estar donde alguna vez competimos para ver quién se sabía más canciones y quién las cantaba mejor. Lo había vuelto a hacer. Las enfermeras lo alcanzaron hasta mencionada sala y en consentimiento lo dejaron cantar. Mantenía ese aire casi burlón en la mueca de sus labios, sin duda lo disfrutaba y claro, los demás pacientes entrándole al juego, se prestaban para escucharle cantar.

Todos los sábados nos reuníamos en un ambiente amplio, de colores claros, con carpetas propias para estudiantes de medicina o psicología desde donde nos sentábamos, para no hacer caso en nada de lo que nos dijeran los especialistas. Hacíamos como que les escuchábamos, en realidad estábamos más al pendiente de lo que cantaba el paciente que quería su propio público. Entonces los especialistas lo entendieron y nos invitaron a pasar a esa sala de estar desde donde se hacían terapias grupales todas las tardes para los pacientes internados.

No, no queríamos que nos hablasen más de los síntomas o los diagnósticos, creo que queríamos asumir la actitud del muchachón que entonaba esa canción llamada “Perfidia” y que seguramente formaba parte de un pasado al cual aprendió a superar, un desamor que ahora dibujaba en su rostro una sensación de triunfo, así fuera desde un psiquiátrico.

Yo pensé en otras formas para ser libre, en otras maneras para enfrentar la vida, en otros entendimientos que no están al alcance de esas personas muy serias, muy formales, incapaces de ver el mundo como lo hacía él.

Hasta que vinieron los aplausos y el agradecimiento de él. Reían los pacientes como las enfermeras. Todos sabíamos qué ocurriría. Volvió a cantar, entonando con más entusiasmo la letra vivida, sentida, como solo lo hacen los que viven las canciones de amor, en este caso, de desamor. Lo malo era que estaba cantando otra vez Perfidia, y así, se pasaría toda la tarde cantando esa bendita canción, ante la atención de unos pacientes complacientes, conspiradores contra el nombrado miles de veces Amor, como si en el canto de este muchachón de casi 27 años, estuviera representándose el sentir de los presentes. Porque no faltó desde la enfermera que emocionada liberó una lágrima, hasta de los que empezaron a bailar al compás de la canción. Parecía que en ese lugar el dolor del mundo no existiera, si acaso el anhelo de ser felices fuese un consenso que superase la etiqueta de un diagnóstico. Y los pacientes de las terapias de reinserción social se tomaban de las manos, entre varones con las mujeres, y bailaban pegaditos, evocando las otras tardes, antes que les dieran un alta no deseada, un alta donde los que se hicieron amigos y amigas tenían que separarse, para volver a esas soledades, donde el mundo era insoportable, donde nadie cantaba canciones como Perfidia, invitando a vivir una vez más, a entender que ni siquiera en el lugar más terrible del mundo para muchos, la esperanza estaría perdida.

Porque por más disparatado que suene, el muchachón cantó la misma canción durante la hora que teníamos que llevar dentro de la terapia de reinserción social, y nadie se quejó, nadie dijo: ¡basta!, mejor dicho, nadie dejó de bailarla tan a gusto, como si fuera un hit de moda, el tema del momento.

Recuerdo vivamente ese gesto en su rostro, esa sonrisa socarrona. Las vicisitudes de la vida no lo habían vencido, mientras cantaba Perfidia, ante el constante bailar pausado de los pacientes, si acaso ello fuera mejor remedio que los medicamentos que les recetaban.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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