SERVICIO NOCTURNO EN LA FÁBRICA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Ese agosto de hace varios años, cuando la ciudad celebraba otro aniversario más de fundación, pude ver desde las afueras de la fábrica, saliendo por una puerta de metal que comunicaba a una acequia que servía para regar las chacras colindantes, los fuegos artificiales con que a las doce de la noche se celebraba la fiesta de Arequipa. Solía salir de vez en cuando para calar mis tabacos mentolados, esos que me despejaban la respiración, dejándome las fosas nasales con una sensación agradable, abrigándome con el capotín ante el recio frío que hacía en el lugar. De pronto me puse a contemplar los muros altos de uno de los depósitos donde estaban los fardos de lana de alpaca depurados, los que debían ser llevados a las plantas procesadoras de hilados donde, sus 150 kilos aproximadamente, servían a lo mucho para hacer un canuto de hilo de medio kilo de peso o algo más. Decidí dar la ronda de reconocimiento de los depósitos de la fábrica empezando por el que estaba al ingreso, el más grande y desconcertante, porque parecía un laberinto de filas donde apilados estos fardos con impurezas, formaban caminos en medio de la penumbra donde era poca la visibilidad y era fácil perderse si uno no entraba con una linterna.

Tú tienes una vida hecha, fue lo primero que me dijo el mayor que me entrevistó antes de ser aceptado para el trabajo. Eres escritor y vives de alguna manera con las comodidades que se requieren para poder abocarse a la literatura, ¿por qué insistes en querer realizar labores poco intelectuales que nada tienen que ver con tus libros y las clases universitarias, donde las disertaciones de los catedráticos son algo que muchos de los obreros anhelarían haber tenido? No quiero alejarme de la realidad, le contesté al mayor quien estaba a cargo de una agencia de seguridad que brindaba servicios a diferentes fábricas.

A las once de la noche, la planta de costura era solo silencio y oscuridad. Habían días en los que no se doblaba turnos por falta de pedidos desde Inglaterra. Podía caminar entre máquinas de coser que estaban ordenadas en largas filas hasta llegar a las mesas donde se planchaban las prendas de vestir que recibían de la planta donde estaban las máquinas computarizadas, esas tejedoras programadas para hacer de los hilos, o bien chompas, polos, camisas y cuanta prenda fuera exportada con la más alta calidad. Pude ver cómo elaboraban alfombras de diseños variados que en una semana estaban listas para su venta en las tiendas más importantes de Europa. Sobre todo, había un silencio que me dejaba pensando en la vida de aquellas personas que a las cinco de la mañana empezaban a llegar a la fábrica para empezar la labor del día. A veces se quedaban muchachas que planchaban las prendas mencionadas con el fin de darle el acabado final: la forma del diseño. Eran de carácter reservado, no hablaban mucho y, solían acompañarse con pequeñas radios portátiles desde donde se escuchaban los temas que escuchan los que aman por vez primera. Entendí rápidamente que ese trabajo para esas personas representaba su libertad, el poder ser autónomas y así llevar una vida de adultos, es decir, tener una vivienda propia, sexo con su pareja diariamente y todo lo que implica asumir la vida de uno mismo con los gastos que esto demanda.

La pelusa era intensa, mas los operarios estaban acostumbrados, usaban unas mascarillas para no aspirarla. Los mecánicos siempre tenían labor en cada uno de los tres turnos para arreglar algún desperfecto, mientras que los que manejaban los patos o vehículos que cargaban fardos para o bien hacerlos pesar o llevarlos a los depósitos, hacían al igual que todos, su labor, sin mucha queja. Era otra forma de aceptar que la vida también puede ser así. Porque en ese momento entendí, cuando veía a hombres robustos jalar artesanalmente ayudados de carretillas que a cuestas llevaban para pesar los fardos que llegaban de las serranías más elevadas de Perú, esa lana que debía ser contabilizada por esos hombres serios, de mirada cansada y aspecto matemático, reitero, entendí la diferencia entre ser un operario y ser un profesional. Los estudios, pensé, los estudios te dan la oportunidad de tener a tu alcance una mejor calidad de vida.

Los peruanos tenemos una característica notable, podemos pasarla mal, pero no nos quejamos, las personas no se hacen muchas complicaciones al momento de aceptar un trabajo. El respeto a los ingenieros de planta me hizo entender ello, que eran personas que no ostentaban un ego u orgullo que les mortificase por ser operarios y no ganar la cantidad que gana un jefe de planta por ejemplo.

Retorné otra vez a esa puerta de metal, la abrí, los fuegos artificiales aún dominaban el cielo nocturno de la ciudad. Ladraban algunos perros. Saqué otro tabaco, lo prendí mientras sentía el vivo olor a heno de las chacras, esa tierra mojada que era cultivada por hombres simples, hombres que nunca habrían entendido qué demonios hacía un escritor en esa fábrica, como me lo dijera el mayor cuando me recordara que yo tengo una vida hecha, con los libros, y por supuesto, mis escritos.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

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