BORRAR MEMORIA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

Después de todo, sí, después de todo, qué más se le podía pedir a la vida sino disfrutar de los placeres de las muchachas sumisas, obedientes en el amor, capaces de devolvernos el amor a la vida, el deseo de sentir la existencia con más intensidad. Porque mi caracterología puede ser la de un pensador, pero cuando de pronto, al hacer el amor con una muchacha cuyo rostro está lleno de gracia, y al tenerla entre los brazos de uno, a mi merced, a mi total voluntad con mis apetencias, si se tratase de hacer el amor bajo mis órdenes, donde el deber entendido de ella es hacerme feliz, es acaso el amor, como el contemplar su cuerpo desnudo mientras la hago mía, con sus 18 años y su largo cabello rubio, y su cuerpo reitero, capaz de enloquecer a cualquiera, de borrar de la mente o la memoria a cuanta mujer haya tenido en mi pasado, si acaso en los ochentas le llamábamos a esto: “borrar cinta”, y ahora, le nombre como un “borrar memoria”, por la manera en cómo se me entregó, en cómo dejó que fuera mi mujer, al momento de tenerla frente al espejo para contemplar el rostro del placer en ella, para saber de la belleza que hay en su rostro, de cómo fluye a través del placer las frases del amor, del cómo en diferentes poses la sentía a mi total merced, frágil, incapaz de soportar mis casi 100 kilos de peso, para verificarlo frente al espejo y verme como una mole a su lado, alguien que le doblada en corpulencia tras la felicidad de saberme dueño de una muchacha que entraba a formar parte de mi aprendizaje, si acaso este escrito esté lleno de testosterona o endorfinas, o sea producto de quien al terminar de hacer el amor, al tomar un bus que me dejase de retorno a casa, enloqueciera sin saber cómo controlar mis ojos al ver a tanta muchacha parecida a ella, con senos hermosos, duros, o muslos deliciosos, con ganas de ser mordidos, explorados, acariciados, marcados por mis manos, para perder la razón en esos esculturales cuerpos de estas muchachas propias de una ciudad donde la belleza es demasiado diversa, yendo desde las muy blancas y rubias, hasta las morenas de talle promedio, ideal para mí, con una media

 de un metro setenta o un poco menos, llenas de deseos de saber de los deleites de la carne, de lo que hace que esta vida valga la pena y encontremos los sagrados propósitos de un Hacedor que no quiere que filosofemos, no quiere que nos interroguemos vanamente sobre cosas que Él entiende, no son las razones para las cuales nos entregó la existencia. Porque allí estaba yo sentado en el bus, rodeado de casi una decena de muchachas, todas lindas, todas dignas de ser amadas, todas echas unas princesas, destinadas para el amor y todos sus sentimientos, inexpertas de los celos o cualquier tipo de experiencia negativa que daña al amor.

Ella al entrar a la habitación me dijo: háblame claro por favor. Se había sentado sobre el velador, llevaba un jean apretado y un escote bastante sugerente. Su sonrisa era angelical. No dudé en pedirle que fuera mi amante por el resto de meses siguientes, sin pensar si acaso durase nuestra pasión mucho tiempo o el que fuera necesario. Aceptó mis condiciones mientras contemplaba su limpio y largo cabello. Tenía el rostro de una modelo.

A esta parte de la vida le llamo yo: felicidad, si es que puedo parafrasear a Will Smith.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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