EL ERMITAÑO FELIZ

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Y a qué me voy a dedicar entonces, le pregunté a mi padre. El de manera solemne me contestó, a ser un erudito, a leer todos los libros que quieras, sean de historia, filosofía, literatura, etc. Ya te jugaste la vida por tus ideales y viste en qué quedó todo, 5 internamientos en los psiquiátricos y ningún amigo que te visitara luego de haberte ganado un nombre en esta ciudad como Poeta contestatario y justo.

Mi padre tenía y tiene razón. Por esos años ya me había cansado de convivir en tertulias con escritores de magnífico verbo entre botellas de ron y marihuana que ellos mismos consumían. ¿Eran los escritores unos grandes mentirosos? Yo diría que el mal ejemplo lo dieron los más grandes con su ironía y doble discurso al momento de decir qué pasaba en el mundo con eufemismos donde eran conscientes que no querían tomar partido por nadie, salvo por sus lectores, los que en conversaciones de café y borracheras aceptaban lo dicho por los que les tocó tener un apogeo que entiendo, no es para siempre.

Ah, la retórica, el arte de manejar múltiples discursos llenos de manipulación al momento de defender en un momento una postura para cambiar al día siguiente y decir otra cosa que por supuesto era olvidado por resacas donde no se recordaba nada de lo expuesto en las tertulias que eran amanecidas donde se hablaba de autores y no sé qué más banalidades para los que tenían que hablar de algo.

Mis madrugadas plácidas me conllevaron poco a poco a repensar en los amigos que tuve y en las condiciones que no acepté para seguir en el círculo de intelectuales que desde sus excesos exigían compartir gustos o vicios que no quería.

Mejor dicho, me acostumbré a estar solo y sentirme plácido con mi compañía, en ser más respetuoso con los pocos amigos de verdad que supe retener para cuando digamos, a 15 días de mutismo y lectura, necesitara reírme un poco de la vida, más allá de las entrevistas vistas desde internet, donde sorprendido, esos autores que llegando a la celebridad mundial, nunca estarían dispuestos a dar la vida por una causa que se identificase con la justicia.

La palabra en un escritor era eso, una hábil manera de desentenderse de todo y salir airosos y homenajeados encima.

Llegado el momento, poco a poco, con el pasar de los años, cada quien fue alejándose al igual que yo para rendir culto a su nombre y obras que no logro entender hasta ahora, si acaso entienda algo de lo que escriban cuando se sabe que no se tiene nada qué decir, que la vida terminó por callar a todos a sano juicio, porque eso es lo normal cuando se habla de compromiso con el ser humano, cuando nos damos cuenta que los tontos útiles son abandonados apenas ya no sirvan a sus intereses, eso que les conviene cuando se trata de asegurar la economía.

Leer, eso fue lo que me dijo mi padre, ser un erudito y deleitarme con el arte de las mentiras propias de quienes con la palabra, y una elocuencia formidable lograban caernos simpáticos, agradables, admirables, a veces aburridos en sus escritos, a veces preclaros y sabios hasta donde su criterio se los permitiese, bajo el ensueño de ser un escritor, alguien que narra lo que muchos quisieran vivir y que no se sucede en el mundo del día a día.

No, no había que arrepentirse de nada. Curado del amor y conocedor de las mujeres, mi espacio propio es éste, estar dentro de un mundo donde puedo ser una de las pocas personas que hasta sus 45 años puede dedicarse con las condiciones necesarias para escribir, ser franco, poder leer lo que yo desee, y no ser molestado por nadie.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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