EL PRIMER ESCRITO A CONSCIENCIA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

No pensé nunca en la fama ni en hacerme millonario al momento de escribir mi primer ensayo. Necesitaba respuestas. Estaba frente al mar. Era el Puerto Bravo de Mollendo en otro de sus inviernos bajo una sombría entre playas solitarias donde pensé, el mundo acababa, donde no había más dónde ir. No sé precisar si le interrogaba al mar desde mis escritos. Allí, sentado sobre la arena gris, me susurraban al oído el fuerte golpear de olas. Quería apartarme de todo el mundo, a mis 17 años necesitaba otra soledad, poner en orden todo lo que no podía resolver, explicar, desde todas esas preguntas que alguien debía contestar. Mi conocimiento del mundo fueron Arequipa, que en ese entonces contaba con algo de 300,000 habitantes, algunos pocos amigos, y el balneario donde crecí y, según mis compañeros del colegio, no caí bajo la presión del consumo de drogas ni del alcohol porque nunca salía de casa, siempre estaba dibujando o jugando fútbol, (cuando sí sabía jugar fútbol, pues ahora no recuerdo nada) o, conduciendo mi programa radial donde compartía los termas recientes del rock que se escuchaba en Europa que, un primo hermano por amistades inglesas, me había facilitado para mi programa radial. Aún estaba lejano de la experiencia vital, aún no me había alcanzado, eso que le llaman, encontrarse dentro de este mundo, el aportar el verbo que es propio y que dio la pauta de mis escritos hasta ahora. A mis 16 años recién había probado un tabaco, y bebido por una razón que en ese momento entendí como: miedo, sentí miedo, y bebí.

¿Por qué vivimos?, ¿para qué vivimos?, ¿puede alguien en este mundo decirme el por qué? Así empezaba el ensayo donde reclamaba al universo una explicación que todos se hacían a cada momento cuando atravesaban por preocupaciones o problemas y, solían ir a filosofar a la playa, para caminar horas de horas, para tratar de entender la razón de las cosas que nos ocurrían, si acaso desde ese balneario sin saberlo, ya había empezado a recorrer el camino hasta alcanzar mi lugar en el mundo. Porque no me pensé escritor ni ensayista, mucho menos poeta. El pulso tenso sobre el papel necesitaba ser oído. Era una exclamación universal a pesar de ignorarlo. Venía de ser formado en dos colegios católicos donde se me enseñó la importancia de la fe y la austeridad.

Sé que es inevitable cierto tipo de experiencias desde donde la armonía normal de un adolescente se quiebre para elevar la queja. Yo ya no tenía a Dios. Había observado un mundo que ya lo detallé, donde observé miseria y dolor, desesperanza y miedo. En ese momento aún no sabía qué era la angustia, solo sentía la soledad propia de quien se había acostumbrado a explicarse así mismo desde el dogma católico. Pero por razones de salud sentí que había sido abandonado por quien en su momento fue mi guía. Ya no tenía a Dios. Era yo con mis interrogantes ante un cosmos que se representaba por la soledad del mar, su constante estertor o bramido, sus olas grises que golpeaban con furia las playas. No tenía a alguien más fuerte para quejarme, para echarle en cara mis cuestionamientos.

Ahora, a mis 45 años, entiendo ello como una proclama ante el destino, mi proclamación filosófica ante tanta incertidumbre. Era alguien puro, virgen, un muchacho sin Dios. Mejor dicho, la circunstancia ideal para amar la sabiduría, desde el inicio de todos los rituales, desde donde tuve que recorrer el camino de todos los hombres, para comprender la magnitud de mencionadas preguntas, reiteradas a lo largo del tiempo por célebres pensadores, quienes entendieron que el ser humano necesita una verdad para vivir. Debo ser claro, una verdad que pueda estar dentro de nuestra razón o intelecto.

Desde entonces formé parte de los solitarios llamados a amar la verdad.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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