ENAJENACIÓN

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

No paraba de decir groserías unas tras de otras. Cuando terminó de hablar, después de sucesos inexplicables, por fin alguien se atrevió a preguntarle por qué había hecho eso. La respuesta fue tan impensada como esa verborrea donde como Escritor, en medio de un auditorio repleto de seguidores, totalmente alarmados por lo ocurrido y sin poder salir de su desconcierto, los enfrentó ante uno de sus miedos más profundos.

A las cinco de la madrugada solía calar sus tabacos desde su balcón, para darse un descanso mientras escribía, apreciando el espléndido cielo de Arequipa, lleno de estrellas, acompañado de un silencio que acogía a las familias de la zona residencial donde vivía. Eso, el silencio, el silencio y sus pensamientos, la fuerza de éstos, la vibración que acompañaba esa soledad que debía ser ideal, si acaso se necesite de espacios silentes para poder concentrarse y así escribir a placer y anchas, pero no, su mente se llenaba de pensamientos que no quería pensar, pensamientos incongruentes que no eran compartidos por él en lo más mínimo, si llamamos compartir como un estar de acuerdo con lo pensado. Su mente era una voz fuerte y constante donde lo que él escuchaba podía sentirlo a viva voz desde su balcón en medio del silencio. ¿Esto le pasa a los demás?, se preguntó mientras recordaba testimonios similares de otras personas que en confidencia, dijeran que lo que más horror les causaba de la soledad, era que ésta se llenaba de una voz interna donde todo era incongruente entre ese pensar que escapa a la voluntad o a los sinceros pensamientos. ¿Qué es entonces el Libre Albedrío?, qué será el anhelo de tener la mente en blanco y no pensar estos pensamientos con los que no estoy de acuerdo. Calaba su tabaco mientras parecía sentir vergüenza por lo que en su mente pasaba, porque si debo ser más puntual, esa voz interior era una voz morbosa, casi demoniaca, mejor dicho: una posesión de la cual él solo podía ser testigo, quizás ante un fenómeno paranormal inexplicable. Y así eran las noches mientras él escribía, las noches donde obligadamente lo hacía escuchando con sus audífonos canciones cantadas en otras lenguas o melodías que no dijesen nada y correspondiesen a lo que quería escribir. ¿Quizá deba escribir sobre estos pensamientos que me asaltan y me atormentan? ¿Esto mismo que ahora escribo, este orden de oraciones y palabras, ideas donde expreso a través del lenguaje algo, es mío?, es decir, ¿viene de mí este verbo, o alguien de manera siniestra me dicta cada línea y se expresa a través de mí? ¿Es así la Musa?, ¿dónde entonces la intencionalidad al momento de crear?, ¿solo es un dejar fluir las palabras que se apoderan de mis dedos hasta ser tecleadas para luego convertirse en un relato, por ejemplo? ¿Soy yo el que escribe? Revisó la lucidez de sus escritos, la coherencia entre cada uno de ellos, la linealidad en el discurso, la asombrosa claridad con la que los redactaba, ¿debo pensar que a través de mí algún ente se manifiesta? ¿Es la literatura un ejercicio propio de Medium’s que a manera de interlocutores, escribimos un saber necesario que proviene de desconocidos lugares a los cuales se les puede llamar bien numen o explicación de la poesía?

Paró de hablar para estremecimiento del auditorio. Todos estaban callados sin saber qué actitud asumir. Alguien rió pensando que era parte del show. Otro tosió nerviosamente mientras se acomodaba su abrigo en su asiento. Un hombre se paró en medio de todos para decir que había descubierto el origen del ser humano al interpretar el código genético de una medusa. El escritor seguía guardando silencio sin saber qué reacción tener. Decidió en un esfuerzo de dominio personal callar. Recordó en ese momento todos sus actos fallidos, es decir, todo lo descabellado que hizo en su vida y que le entregó experiencia y criterio. Una mujer empezó a reír sin parar mientras balbuceada frases como: “…se supone que conozco mi periodo, ¿no es deber de toda mujer conocer su cuerpo?, ya sé que pude evitar el embarazo, mi madre nunca me habló de la regla…”. Los presentes empezaron a sentir un pánico nunca antes conocido. Se supone que la razón rige este mundo postmoderno donde la tecnología nos repite constantemente que poseemos una inteligencia brillante e inacabable. De pronto los presentes empezaron a observarse unos a otros. Los balbuceos se hicieron constantes. Era una dislalia colectiva donde frases por demás incoherentes llenaron de voces un auditorio donde las mujeres reían y lloraban, los hombres se paraban y volvían a sentar, algunos empezaron a darse de a golpes solo por sentir miradas muy intimidantes e invasoras.

El escritor dijo de pronto: ¡basta!, como si fuese la palabra mágica esperada para poner orden a un desorden inaudito, inverosímil, lleno de locura original y espantosa. Los presentes respiraron calmadamente por fin, el alma pareció volverles al cuerpo, tomaron asiento y clavaron sus ojos en el Escritor. El silencio volvió a reinar en el auditorio. Todos esperaban una explicación y, ésta debía venir por parte del autor presente, todos querían saber qué había pasado. Por fin habló el

Escritor devolviendo la intensidad de las miradas dirigidas hacia él: “por esta razón escribo, creo que cada uno de nosotros merece una explicación ante todo lo que nos ocurre, sea de manera voluntaria o involuntaria”. Pidió disculpas a sus lectores, se levantó despidiéndose de los presentes que ya impávidos, habían recuperado el control sobre sí mismos.

Está demás decir que su libro fue un éxito en ventas y que nunca más el Escritor volvió a mencionar ese suceso lleno de escatológicas palabras. Nadie volvió a hablar sobre el tema, pero desde entonces, cada vez que abren sus libros y leen su obra, sienten claramente la voz del autor en sus pensamientos retumbar y, suelen perder la cordura por unos largos minutos. Los críticos literarios consideran esto como un fenómeno, cosa que no comparten ni los psiquiatras y sacerdotes al momento de tratar de entender qué sucede con los escritos de este autor.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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