LA CIUDAD DE LOS HOMBRES QUE ESCRIBÍAN

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco


 

Al llegar al café a una hora puntual, los presentes llevaban una mochila llena de libros, eran libros escritos por ellos mismos, libros que definían su manera de pensar, libros que los explicaban y que no fueron nunca publicados, que no tenían afán de publicación. Eran libros para sí mismos, para sus largas conversaciones, entre tazas con café, tabacos, y la agradable vista desde Las Terrazas, de una hermosa ciudad donde con el transcurrir del tiempo, cada uno de sus habitantes había revelado su más recóndito secreto: eran fieles escritores, personajes que diariamente se dedicaban con pasión a sentarse por las noches, sea frente a una máquina de escribir o, un ordenador, desde donde defendían sus posturas ante diversos temas, para cuando se reunieran en esos cafés, donde las tertulias se convirtieron en la más inverosímil forma de comunicación.

Aquella mañana de café, los presentes debían opinar sobre algunos problemas cotidianos donde avisados por la ligereza de la generación anterior, al momento de tertuliar, comprendieron la importancia del discurso, de la carencia ante el tiempo, al momento de opinar sobre algún tema en cuestión, porque apenas alguien mencionaba por ejemplo la palabra: “política”, lo primero que hacían era abrir esas pesadas mochilas y buscar el texto que llevara el título de “política”, para poner sobre la mesa del café, extensos libros de más de 1,000 páginas luego de decir: “esto es lo que entiendo por política”, cosa que de inmediato los sumergía en lecturas de estos extensos libros donde leídos en simultáneo, hacían amenas esas inacabables mañanas donde se leían, a pesar de ser extensos libros de 1,000 páginas que como reitero, era la manera más precisa que habían encontrado para definirse al momento de defender sus posturas. Podían pasarse semanas enteras en las cuales se citaban siempre al mismo café, solo para leerse y saber qué opinaban los presentes sobre el término puesto como ejemplo, en cuestión. Acabados de leerse, se guardaba un silencio placentero, como si todo lo que tuviera que haberse dicho estuviera consumado. Probaban del café, hasta que de pronto alguien mencionaba la palabra: “ideales”, para de manera inmediata, los presentes volviesen a buscar en sus pesadas mochilas, para sacar otros pesados libros de la misma cantidad de páginas, para ponerlos sobre la mesa y decir: “esto es lo que creo sobre los ideales”, ante la reacción inmediata de los demás contertuliadores que hacían lo mismo, colocando pesados tomos donde habían escrito sobre lo que entendían por los ideales.

Habían entendido que una simple disertación de horas no era suficiente para explicarse completamente, que era necesario hacer uso de todo su bagaje y acervo cultural, donde remitiéndose en las disciplinas que estudian la sociedad, desde la historia, filosofía, sociología, antropología, psicología y cuantas fueran necesarias, alcanzaban para esbozar lo que ellos entendían por cuanta palabra era pronunciada, como si fuera una ceremonia, como si este proceder formara parte de un protocolo de logias novedosas donde, los presentes, en vez de disertar por horas de horas, se dedicaban a escribir todo lo que ellos creían, era necesario explicarlo, para presentarlo en forma de libros, al momento de tertuliar y agotar el tema que abordado, fuese de interés de los tertuliadores. Por ello no era extraño ver por la ciudad a cuanta persona fuese, llevando a cuestas pesadas mochilas donde cabían libros que llevaban como títulos solo palabras donde, el amor, la vida, la muerte, o la pereza, por mencionar algunos de los infinitos términos que usaban para conversar, fuesen explicados en extensos libros cuya función era ser colocados en las mesas de los cafés, para cuando se mencionase cualquiera de estos tópicos y, cumpliesen la función de explicar el discurso entendido que era un oficio de escritores que, escribían toda la noche de días enteros, cuando usaban la palabra para expresarla con propiedad.

Así eran estos tertuliadores que

a tiempo habían entendido que una conversación de 5 horas nunca fue suficiente para explicar lo que ellos entendían, por ejemplo, del color gris, si acaso ya habían escrito un extenso libro de 1,000 páginas, donde planteaban posturas, observaciones y cuanta teoría fuese propia de ellos, cuando al sentarse a la mesa de cualquier café, de la ciudad de Arequipa, alguien dijese: “gris”, y de manera inmediata por cada uno de los presentes, fuesen puestos extensos libros sobre las mesas de los cafés, y se dedicasen a la labor de leerse unos a otros, por semanas enteras, hasta conocerse plenamente, hasta hacerle justicia al discurso y a la palabra.

Conocedores de todos los temas que debían abordar, previas llamadas por celular, se avisaban sobre qué tópicos se iba a disertar, y preparados, asistían a simples chácharas de café, como si fuesen maestros en la palabra, llevando los libros necesarios que ellos escribían, para agotar el tema, con todo lo que en semanas de recogimiento y soledad habían escrito, para no volver a repetirlo en otras conversaciones, para cuando al mencionarse alguna palabra, fuese necesario poner un extenso libro de 1,000 páginas por parte de cada uno de estos parroquianos de café’s que a vista y paciencia de los extranjeros, les dejaba una sensación no antes conocida en ninguna otra parte del mundo, cuando al retornar a sus lugares de orígenes, mencionaran que había una ciudad en el mundo, donde los tertuliadores conversaban con libros propios que eran leídos en silencio, mientras se tomaba café, bajo el agradable clima de una ciudad que se hizo inolvidable.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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