LA MUCHACHA RUBIA Y CONTESTATARIA

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

Resolvamos el mundo, fue lo primero que me dijo. No nos veíamos en años. Tenía una cintura bastante sugerente. Le contesté: el sexo, el sexo es la respuesta, el mundo no puede ser resuelto. ¿Y cuando empieces a dar aportes didácticos al Kamasutra, qué harás? Lo mismo de siempre, seguir escribiendo. Tú te has resuelto de esa manera, pero no todos tienen el aliento que posees para escribir y escribir sin que nada apague tu vigor literario. Entiendo de esa manera a la vida. Qué bueno, qué bueno, sonreía como en los viejos tiempos, cuando éramos rebeldes, cuando queríamos cambiar al país en la época de la Dictadura, cuando tomábamos las plazas y resistíamos a un orden que intentaba corromper a nuestra generación. ¿Sigues leyendo con la misma pasión con que te conocí? ¡Claro!, encuentro a la humanidad en sus escritos, los autores me hacen recordar cuál es el camino cuando lo vano me tienta con todas las evasiones posibles. ¿El sexo?, y bueno, si es necesario, habría que aumentar con unas cuantas decenas de páginas al Kamasutra. Eres recurrente con el sexo. ¿Es así el amor para ti? Totalmente. Es que no tienes hijos, aún estás en el estadio del semental, del que mira a través de su pene al mundo, eres un pene buscando una vagina dónde entrar, eso es bueno también, pero cuando cuidas de un bebé que no deja de llorar porque no puede conciliar el sueño, cuando luchas contra el sueño para saber si está durmiendo, si respira, ¡si respira y te atemorizas por temer que algo le pase y enciendes la luz una y otra vez!, no Poeta, el Kamasutra es una sabiduría que siempre estuvo destinada al olvido, pero eso en otros años tal vez lo entiendas, al menos eres consciente que el amor no resuelve al mundo, solo le da hijos para que se hagan hombres, mujeres, personas que nos quitarán el sueño y dejarán el corazón en la boca hasta la vejez, porque siempre esperaremos su retorno, como cuando se perdieron en su primera borrachera y no aparecieron en días y creyeron ellos ser felices, y claro que lo fueron, mas nunca imaginarían que pasaste la noche de hospital en hospital, de comisaría en comisaría, porque su rebeldía les hacía apagar los celulares para no contestar tus llamadas llenas de preocupación por temer que estuviesen muertos. Ah, señor Escritor, quién como tú, libre, sin cadenas, lleno de mundo, siempre esperando lo mejor de las personas, atento a entregar lo mejor de ti en tus escritos, a veces enternecedoramente humano, otras veces incomprensible, pero siempre fiel a la palabra, a tus principios, mientras que ellos, los hijos que nacieron por amor, ¿eso queremos todos, no?, traer hijos a este mundo por amor, saber que nacen con una razón de ser, con un destino que les alumbra y les pone a buen recaudo, ¿son felices los libres, no? Por qué me preguntas ello. Por ti, por tu leyenda, por tu biografía, por todo lo que sigues resistiendo a pesar de todo, ¿te hablé de la vida de los escritores alguna vez?, ¿te hablé de su anhelada soledad?, del mundo ideal que tienen en su entorno para dedicarse a escribir el mundo que muchos de nosotros hemos dejado ir. Has llegado a una edad en la que tu pensamiento propio es preclaro, ¡librepensador!, válgame Dios mío, conocer a alguien de 41 años que no tenga preferencias ni por la izquierda o derecha o postura central, a tu edad estimado Escritor, la gente, por supervivencia tomó partido, qué se yo, obligaciones que demandan afrontar responsabilidades que se anteponen a principios que están firmes en ti, ¿hace cuánto tiempo que no nos vemos? No lo he pensado, son bastantes años, sí, lo son, ¿crees que he cambiado mucho?, creo que recién entiendo ahora a la muchacha que fuiste cuando te conocí. Entonces me entiendes. ¡Vaya, por fin encuentro alguien en el mundo que dice que me entiende!, ¿debo dejarme llevar por la fuerza seductora de esas palabras?, no, nada, olvídalo, es nostalgia. ¿Escribirás sobre mí también? La miré calmadamente a los ojos hasta hallar reposo en ellos, hasta conseguir que nacieran de ellos a la muchacha de la cual estuve enamorado un buen tiempo, la miré para saberla siempre así, para que nadie más se entrometiera entre ella y yo, sus labios seguían siendo rosados, eran sus labios, era ella después de mucho tiempo, ¡era ella otra vez!, ah, fuiste tantos escritos, le dije finalmente. ¿Entonces qué pasó?, me preguntó con un acento melancólico. Eso nadie lo sabe, nadie sabe qué pasa con las personas, solo transcurrimos y al ocurrir esto, observamos todo lo que nos acontece tratando de encontrar el significado de eso que llamamos: voluntad, pero la vida es más rápida que la voluntad. Y sigues filosofando como lo solías hacer, no solamente conmigo, sino con todas las muchachas a las cuales les hablabas del amor y la vida. No sé cuánto tiempo tenga que pasar para que nos volvamos a encontrar, no sé si nos volvamos a encontrar o si la vida me termine de cambiar por completo y te llegue a odiar sin que lo entiendas, pero estoy por fin en paz, ¿por qué?, le pregunté, porque escribiste sobre mí o pensando en mí, eso quiere decir que aporté algo en tu crecimiento como Escritor, para mí eso significa más que una decena de posturas acuñadas al Kamasutra.

No la volví a ver nunca más, partió a Europa una vez más, supe que se casó y tuvo 2

 niños y que tiene tantas cosas en la cabeza que es imposible que por un solo segundo acaso piense en mí. Sin embargo el recuerdo de esa mirada, mis ojos contemplando sus labios aún rosados, el timbre de su voz, su diferencia ante las demás muchachas y, su paso por mi literatura fue mucho más que un amor consumado, una vida compartida con planes a concretar y eso que ella misma dijo sobre los hijos y su crianza, de que uno nunca deja de ser padre así los hijos sean ya también padres. Prendí un tabaco, e inmediatamente fui a mi biblioteca donde están mis archivos de lo escrito en los noventas, en la época de la Dictadura, quise saber qué propusimos cuando aún creíamos que podíamos resolver el mundo.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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