LA MUJER QUE ME HIZO ENTENDER A LA ETERNIDAD

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Quiero quedarme así por toda la eternidad, ambos desnudos, piel a piel, yo sobre ti, sobre tu hermoso cuerpo, muchacha. Me había de pronto detenido al momento de estar haciéndole el amor, había tomado consciencia lo bella que era ella, mientras trataba de no romper el tercer preservativo en su hermoso trasero. Era una muchacha de cabello claro de solo 24 años, de piel muy blanca y vientre propio de madonas. No sé en qué momento perdí la razón, si fue cuando observé lo fascinante de su rostro sonriente y feliz mientras me hacía el amor, con el esmero y dedicación de quien se ha dado cuenta que lo está haciendo por vez primera, con todos los riesgos que esto implica, cuando se es ya adulto y se creía conocer los males de amor para partir en busca de un mundo, donde la ilusión fuese recuperada. Porque después de haberla puesto con mis gruesos brazos sobre mí, dejando su sexo encima del mío, con las piernas cruzadas en mi entorno, dejando su rostro a la altura del mío, entre risas y aromas propios de ella, supe que mejor que el alcohol o las drogas, que el mismo premio Nobel, eran las mujeres, que todo se resume en ellas, que por alguna razón fui bendecido por Dios, para poder disfrutar de las mejores muchachas que fueron carentes en mi primera juventud, cuando a falta de tener sexo con ellas y, solo pudiese besarlas y a lo mucho, jugar con sus senos, entre días inacabables donde disfrutaba de la lectura diaria de cuanto libro llegase a mi mano, no sabía del poder del amor, cuando se tiene en frente de uno a una tigresa, una mujer que es capaz de despertar los sentimientos instintivos más intensos, hasta llegar a perder totalmente la razón y concluir que lo más bello que hay en este mundo, es una muchacha desnuda que quiere amarnos.

Porque eso fue lo que sentí, al momento de penetrarla con locura, sin piedad, sin ningún reparo en hacerle daño o pensar que se enamorase y ello le condujese por territorios sin salvación. Porque me detuve, junté mi torso con su espalda, esos hombros que había besado con desesperación, me entregaron un reposo que me hizo pensar en la posibilidad de quedarme así, pegado junto a ella, por toda la eternidad. Y no solo lo pensé, lo dije a la vez, de manera espontánea, porque algo más dulce no conocí jamás, creo que otras personas le llaman amor, porque si bien es cierto, estaba dentro de ella, al tenerla rodeada por mis brazos donde mis manos se trenzaban con las suyas, descubrí el misterio de la eternidad, no esa que otros autores la han intentado describir sin mucho éxito.

Para mí la eternidad era estar en esa postura con ella, para siempre.

Si debo ser más gráfico, la muchacha tiene un derrier demasiado hermoso, mejor que la muchacha que fue mía ayer y a quien creí nadie podría reemplazar, hasta que hice el amor con esta otra muchacha que me reveló lo que los monjes tibetanos aún no entienden, o si acaso en las pagodas otros cultos extraños y raros, alejados de la verdadera sabiduría, entiendan al universo sin la mujer, no sé, mi abstracción no va más allá si es que acaso la vida pueda ser llevadera sin una mujer, o sin todas las mujeres que quieran hacer el amor conmigo. Porque se perdía en mis ojos y por momentos ella no lo creía, mientras grababa en mi memoria ese rostro que alborozado había descubierto lo que nunca antes conoció: el amor.

¿3 horas?, sí, lo normal es que dure 3 horas en el lecho, por eso no eyaculo, no lo tomes como algo personal, ya tendremos días enteros para dedicarnos a explorar nuestros cuerpos y saber de las fieras que hemos despertado y que quieren solo que hagamos tú y yo, el amor.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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