LA TORRE DE LAS PENITENCIAS

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

LA TORRE DE LAS PENITENCIAS

 

He de hablar ahora del destino y cómo el tiempo es cómplice para aquellos que desconocen de la paz y no saben qué es lo que buscan en medio de todo, si acaso en esa larga búsqueda aún no se han entendido, si largo sea el suplicio de quienes se sienten atrapados y se han quedado sin explicaciones para sí mismos y no saben cuál es su razón de ser. Sin que intente dejar un mensaje o moraleja que lejos estoy de tal investidura, he hallado en ciertos libros que por discreción y cautela no deben ser dados a conocer a todas las personas, testimonios de esta tragedia que bien es humana y se reitera a lo largo de los siglos, sea desde el silencio impuesto por las creencias populares o las dictadas por algún orden establecido que lejano esté de nuevas verdades o interpretaciones necesarias, para saber quiénes somos y cuáles son nuestros orígenes. Pues sin ser más extenso, y sin pretender ser hermético o esotérico, que en estos escritos acaso se me confunda como perturbador de los ánimos y así de esta manera, las contradicciones olvidadas para poder vivir sin cuestionamientos y transcurrir muy apartados de lo que alguna vez fue motivo de filosofía cuando el universo se nos descubrió y no supimos cómo reaccionar, sé, por los textos hallados y que fueron protegidos por ciertas sacerdotisas que cumplían labores hasta ahora ocultadas por la historia, siendo éstas sacrílegas y a la vez, poderosas guardianas de todo conocimiento que tenga relación con el destino del hombre común, cuyo saber solo podía estar al alcance de los que siendo profetas de nosotros, clarividentes en las interpretaciones de los astros y las demás ciencias guiadas por las aplicaciones dadas a la agricultura y otros oficios vinculados con las celebraciones y cultos, rituales donde las adoraciones eran algo impuesto a los que sin ser libres, se conformaban con tener el vientre lleno y claro está, con las esposas necesarias según la función que cumplieran en esos tiempos donde el oscurantismo predominó y veo, sin que necesariamente lo que he de revelar se sujete a una sola etapa dentro de la historia del hombre, si acaso hemos evolucionado he involucionado muchas veces en nuestro estar en el mundo, si acaso he hallado la razón del porqué ciertas civilizaciones desaparecieron enteramente, perdiéndose todo vestigio de éstas, desde manuscritos y dioses, hasta idiomas donde vivencias probablemente extrañas a nuestro entendimiento que representasen el carácter y profundidad del pensamientos de éstas, esté perdido ahora para el hombre de estos tiempos. Por eso, mi estimado lector, al momento de leer el siguiente adelanto, el prejuicio de ser considerado este escrito como metafísica deberá ser desechado. Solo me remito a lo que he leído en estos libros que están prohibidos y no deben caer en manos profanas que bien podrían sembrar el caos o la proliferación de teorías más extrañas que lo que a continuación revelaré.

El tiempo siempre ha sido uno de los fenómenos que ha inquietado a grandes pensadores a lo largo de todo nuestro estar sin que la precisión de las ciencias haya dado una respuesta convincente o entendible sin que sea necesario ser un erudito en las matemáticas o el aporte de otras ciencias que hablan de las leyes que rigen al universo. Dicho así, aterrado de mi hallazgo, evito hacer una comparación con la tragedia humana lo escrito y, es mi esperanza, se trate solo el escrito la consecuencia de algún genio obsesionado con el tema en cuestión, ya que habla de una torre donde hay solo escalinatas que ascienden y descienden en forma de espirales y, según lo que está escrito, no tienen origen ni fin, y según algunos videntes, cada hombre al momento de nacer, nace para vivir por siempre en cada una de estas torres ubicadas en ciertas latitudes que las cartografías severamente no han dado conocer y, los que dirigen al mundo, prohíben su divulgación por razones extrañas, ya que algunos exploradores anteriores a Erick El Rojo inclusive, o a Cristobal Colon, antes de ser condenados a muerte para evitar la divulgación de sus descubrimientos, llegaron a decir que allí, en ese lugar, el tiempo no existe y, hay una raza de hombres que vive en constante esclavitud, cuya característica es la desesperación y, creen, ése vendría a ser el purgatorio del cual se habló en el Concilio de Florencia, cuando los sacerdotes se pusieron de acuerdo al momento de develar misterios que no es labor mía ahondar en este testimonio. Por qué sé que en cada torre, el penitente, para alcanzar la gracia y el perdón, debe hacer un recorrido por la eternidad, cuya rareza aquí explicaré como, una ausencia del tiempo, desde donde la persona sube las gradas tratando de saber hacia dónde éstas le conduzcan y, vencidos por el peso de lo que es inconmensurable, desistan en su intento de llegar a un final, si acaso este sea el Cielo y, empiecen a bajarlas para de igual forma tratar de encontrar una salida a tal suplicio donde vence, reitero, la desesperación y la carencia de paz. En unos párrafos bastante espantosos, se llega a leer que en este subir y bajar en lo que bien podría ser una torre infinita, que ni tiene origen ni fin, el penitente se encuentra consigo mismo varias veces, sea o bien subiendo o bajando, por estas escalinatas, mientras desde los muros de vidrio observa el transcurrir de la historia del hombre, según el orden de los años que transcurran si ascienden y, en orden inverso, si descienden, viendo la alteración hecha por el hombre en la historia sin que en ellos nada cambie, salvo una sabiduría enferma que profundice la mencionada desesperación, por estar atrapados y no poder detenerse para en estado contemplativo, ver los sucesos del hombre. He entendido esta causa de no poder detenerse por la misma desesperación que padecen, si es que entendemos a ésta como el hecho de caminar sin sosiego, sin cansarse nunca y lo que es más extraño aún, sin envejecer.

Allí todo está esclarecido y allí, donde están estas torres de la penitencia, a la cual los católicos atribuyen sea el purgatorio, según el manuscrito, el miedo de los sabios ante el futuro y el pasado resuelto en un lugar sin tiempo donde solo existe el presente para uno, más no para su observación, se manifiesta en que el origen esconde otras verdades que son sabidas por los hombres de las torres sin que acaso les importe, o en todo caso, al haber llegado a la conclusión que el infinito no tiene límite y la torre nunca se acabe, el estar atrapados sea quizá la alegoría y tragedia que pueda comparar con nuestro estar aquí, porque somos lo suficientemente lúcidos como para tener consciencia de lo inexplicable y por ello, renunciar a alcanzar respuesta alguna, o bien, los tocados por Nuestro Señor, al momento de ser elegidos para

dar  fe de su existencia, otros horrores hallan encontrado, donde muchos Paraísos correspondan a muchos infiernos y así, a muchos dioses desde donde apenas el ser humano es nada, solo un alma sin voluntad ante el destino y, lo más escalofriante, con la misma desesperación de los que claman por sus desgracias y tragedias, pidiendo paz para curar esa desesperación, en lo que bien viene a ser llamado un suplicio que debe ser explicado, como es con la vida y la muerte, el más allá y otras cosas que ignora el hombre común y que no se me permite revelar, más sí dar fe que la existencia de lo escrito es verás y por tanto, todo conocimiento obtenido hasta ahora, es engañoso e incongruente con lo que ignoramos de nosotros mismos y nuestro estar, en el universo.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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