PROLAPSAR

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

No, esta cama no me gusta, el colchón no es duro y no se presta para hacer bien el amor. Además la tarima no va a aguantar mi peso, yo llego casi a los 100 kilos. Cuartelero, denos otra habitación con una cama que sí sirva para hacer el amor. El muchacho se puso nervioso, tosió involuntariamente y pidió disculpas. El señor tal vez desea esta habitación, dijo, mientras le seguíamos para que con su mano temblorosa abriera una puerta donde observé dos camas sobre las cuales probé la resistencia y complacido, observé un espejo en la pared. Puede retirarse, espeté, mientras la muchacha que estaba conmigo, a quien recién había conocido en persona, luego de un par de breves diálogos por la red social, quería saber quién era ese Escritor que tiene fama de padecer de hipersexualidad.

¡Tú, sí, ah!, dijo al finalizar de hacer el amor luego que estuviera mareada, agotada, echa toda una muñeca de trapo, de tanta movida, pose, elasticidad exigida al máximo al momento de haberla amado en una hora donde comprendí, ella ya no podía más, estaba tan exhausta que pidió descansar mientras se tiraba boca arriba sobre la cama dura, como si acabara de correr una gran maratón mientras yo, salaz como siempre, observaba mi miembro viril erecto, pensando en los 18 años de diferencia de edad que le llevaba, en cómo la hice explotar hasta un delirio donde hablamos de todo, desde literatura, mencionando a Herman Hesse, hasta el lavado de dinero y el narcotráfico.

Sabes mucho, fue lo que me dijo mientras ejercitaba mis pantorrillas. Alguna vez pensé que eso de ir a los gimnasios para hinchar los músculos, tal vez podía ser una razón para ligar, pero jamás para desarrollar la musculatura. Esos aparatos que venden para sacar abdomen y cuanto músculo a marcar fuera necesario me causaron risa, pensé, cuánto de energía se derrocha en una hora de sexo. Es como hacer planchas toda una hora, considerando mis casi 100 kilos de peso. La resistencia física siempre fue propia de los que tienen una vida sexual muy constante. Observar las pantorrillas bien desarrolladas en un varón o mujer, siempre fue una señal de o tener mucho sexo, o venir de familia de sementales y sementeras. El mismo rigor placentero al momento de ser feliz, implicó siempre por añadidura, la anatomía de un gimnasta.

No, no es que sea un mentiroso. Que las cosas que diga no las siento. Ellas saben que las frases inspiradas son motivo del amor, del acto sexual, de la felicidad. Que nadie resulta herido si es que ambas partes no se volverán a ver nunca más, que todo quede en un tal vez, para cuando el destino y las calles o la hora que no pide permiso, haga que uno se cruce otra vez con la muchacha que le inspiró amor. Y entonces sobran las palabras. Ir al hotel no requiere esfuerzo alguno, es más bien algo inevitable y propio de los propósitos de la vida.

Cuando de pronto me di cuenta que ella estaba derrotada a mi merced sobre la cama, con toda su piel que quemaba, besándome con desesperación, dejando que la sujetase con violencia del cabello, que arañase sus pìernas, su espalda, su derrier, y verificar que ello le excitaba más, luego de haber estado en la posición de loto, la levanté en peso mientras que ella estaba rendida y sometida a mi voluntad, y le ordené que pusiera las rodillas sobre la cama, que levantara las caderas y hundiera la espalda hasta estar curvada en el ángulo de sus piernas adecuado para la penetración, con su derrier guiado por mis manos como si manejara un auto que conociera por mucho tiempo, y sin piedad le hundí mis 19 centímetros durante varias decenas de minutos en diferentes poses. Está demás reiterar que mi fin al hacer el amor, no es eyacular, sino, poseer, verlas felices, como cuando la tuve frente al espejo y al acomodarla, percaté que había sangre en su orto, que era virgen anal. Pensé que debió haberme amado mucho en ese momento para dejarse lastimar tanto. Enarqué mi cuerpo para acoplarme a ella y besarla por los honores que me había brindado.

Quizá eso sea el amor, solo el sexo, el no esperanzarse en quedarse tanto el varón como la mujer con una misma persona.

A mis 45 años sin embargo alguien llegaba desde el otro lado del mundo, una mujer decidida a todo, rubia, más alta que yo, de ojos bien claros y con las artes marciales aprendidas de quien ha hecho el servicio militar obligatorio en su país de origen. Alguien que se había enterado de mis escritos y que quería algo más que unas vacaciones conmigo haciendo el amor sin parar.

Es cierto, ella no tiene competencia aquí en todo el Perú, pero por alguna razón que no halló en sus viajes de placer a Tailandia, Turquía o España, desde esa tierra Eslava donde los hombres son muy rudos y bebedores infatigables de vodka o lo que significa: agua, ella en angustia, contando las horas, mientras hacía los trámites para venir a Perú, quizá quiera algo más que unas vacaciones de encerrona en una habitación a punta de delivery y bastantes litros de Kola Real y tabacos mentolados, entre un amor intenso que al parecer en Rusia, ninguna muchacha ha conocido.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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