UNA DISPUTA ENTRE MAROCAS

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

Es la hora nona, o la hora del nono, del descanso en otros términos más populares, dijo el hombre. Estábamos sentados en una sala de estar donde lujurioso esperaba el momento para hacer el amor. Este presupuesto que tengo me permite hacerlo varias veces por semana con las mujeres que yo pudiera elegir. Está demás decir que mi dinero no lo gasto en alcohol o drogas, eso me parece un despilfarro o algo que no me atrae ni necesito para sentirme bien. Sin embargo, no dejaba de pensar en la mirada de la muchacha que me había abierto la puerta. Llevaba el cabello negro corto y un rostro triste. No dejaba de pensar en esa forma de ver tan peculiar. Esa mirada la conocía pero no sabía de dónde. La muchacha estaba sin maquillar y mi primera impresión al verla fue preguntarme: ¿dónde la vi antes?

Días antes había hecho el amor con una bella muchacha de cabello largo y rubio, una muchacha de 18 años que descreía de todo lo que le decía ante su belleza. Su reacción escéptica ante un estilo de vida en el que no creen en nosotros los hombres la ponía siempre en guardia, a la defensiva. Pero a pesar de ello, fue muy complaciente, sumisa y tierna. Supe que estudiaba en la universidad como tantas marocas lo hacen secretamente. Algunas dejan sus profesiones porque tarde o temprano alguien las pone en evidencia e inmediatamente son discriminadas por ser putas, para luego abandonar sus estudios. No necesariamente esto es así. Recuerdo aquellos años cuando estudiaba de igual forma en la universidad, supe de un grupo de muchachas muy bellas que siempre paraban solas y a las cuales ningún muchacho se les acercaba. Me decían que eran putas. Eran muy bellas por cierto. Pensé que tenían mucha personalidad porque la difamación fue tan insistente que ellas terminaron por acostumbrarse a que las vilipendiaran como tales, es decir, como putas. Fue algo que por esos entonces no me inquietó mucho. No tenía interés en querer saber si era cierto ello.

¿Son pestañas postizas las que llevas sobre los ojos, no? Sí, me contestó la muchacha que estaba bien arreglada. El maquillaje siempre dio otra identidad a la mujer. Una mujer maquillada tiene otra personalidad, se aproxima a la belleza que quiere tener ante el hombre. Y ella así, de esa forma, estaba muy linda. Decidí por ello, volver al día siguiente para otra vez hacerle el amor.

Volví al día siguiente y a pesar que me dijo que a esa hora la iba a encontrar, ella no estaba. Me pareció algo raro, habíamos hecho el amor casi una hora y, normalmente las marocas lo hacen solo por 15 minutos, salvo si es que al momento de hacerlo con el amante de turno, deseen que uno vuelva, porque ya lo habíamos hablado con claridad. Ella había aceptado ser mi nueva amante a quien visitaría unas 3 veces por semana. La vi sonriente. Al parecer le gustó la idea que fuese yo el que la hubiese elegido bajo esas condiciones. Cuidaba mucho de su cabello, era un cabello peinado con esmero que olía bien, como su piel, su cuerpo. Me pidió por favor que no le jalase el cabello al momento de hacer el amor, que se lo estaba maltratando. Volveré mañana. Ya sabes a qué hora encontrarme fue lo que me dijo.

La maroca que estaba en frente mío tenía un niño de dos años aproximadamente. La otra mujer que estaba sentada a mi lado y con quien había hecho el amor el día anterior, alargaba nuestro encuentro comentando sobre el posible embarazo de una de las muchachas que trabajaba con ellas. Observaban el vientre que levanta ligeras sospechas sobre un posible embarazo. Luego salió con su marido como ellas le llaman y al pasar por nuestro lado para subir a los altos, volvieron a comentar sobre un probable embarazo. ¡Quiero ser mamá!, fue lo que dijo la maroca a la cual estaba esperando y tenía a mi lado. Sin embargo poco a poco me fui dando cuenta de lo que en realidad estaba ocurriendo. El hombre les dijo: es su hora nona, que después supe, era la hora del descanso. Algo había pasado, volví a recordar la mirada de la muchacha que me abrió la puerta, esa mirada de pronto se esclareció.

Pero si ayer lo hicimos por 40 minutos y la tarifa fue la misma que siempre me cobran aquí. Nunca he tenido problemas en ello. Qué sucede, le pregunté. Había tenido sexo con ella a falta de la muchacha que llevaba pestañas postizas y el rostro maquillado con éxito. Tú no has follado, tú has hecho el amor, le gritaron sus compañeras de trabajo cuando salió de la habitación donde nos amamos sin tregua. Empecé a vestirme mientras que ella entraba y salía de la habitación como si quisiera decirme algo. Mañana te busco, le dije. Ok. Y así fue.

Alguna vez una muchacha muy bella en la universidad, una muchacha de ojos claros y cabello castaño, me advirtió sobre la mujer que me visitaba todas las tardes a la Facultad, una mujer de mi talla, rubia y de ojos azules, que a observación de esta amiga, me dijo: nadie se te va acercar por ella, primero porque le tienen miedo y, segundo, porque es rubia y de ojos claros. Mauricio, está jugando al perro del hortelano y no te das cuenta, pecas de ser inocentón. No te da sexo y sin embargo hace presencia diaria para que nadie se anime a coquetearte y ser tu posible enamorada. Recordé ello en ese momento. Voltee a ver a la maroca que de pronto de manera seca y vulgar, algo que me desagrada en las mujeres en demasía, me hizo recordar la frialdad de algunas marocas que conocí hace años y que dejé de frecuentar o bien porque no sabían hacer el amor, o porque no entendía que solo podrían tener el destino de la mujer con el niño que tenía en su regazo, es decir, tener hijos de puta.

No me enfadé, ok, le dije, hablé con el hombre y le pedí que llamara a la muchacha a quien en un principio decidí fuera mi amante. La llamó o creí eso, para responderme que había viajado y que llegaba el fin de semana. No, imposible, los domingos son sagrados para mí. Me sentí contrariado. Y entonces recordé de las rivalidades que siempre existieron entre ellas, que hay en todos los ámbitos, en todas partes, no solo entre mujeres, sino también entre nosotros, los hombres. Su cabello, ella cuidaba mucho su cabello largo y rubio, su mirada, esa mirada que di por fin en claro. La muchacha que me había abierto la puerta era ella, solo que no tenía maquillaje y deduje, ese cabello rubio se lo habían cortado a la fuerza para destronarla, para que dejara de ser la muchachita rubia a quien en principio busqué. En un arranque de inseguridad y pérdida de la identidad, se lo había teñido de negro mientras seguía oculta en alguna de las habitaciones del hotel. Su mirada inconfundible fue reconocida de inmediato. Me levanté de mi asiento sin hacerme problemas, me despedí cerrando la puerta de la calle, encendí un tabaco y, volví a pensar en la ley del más fuerte, solo que esta vez aplicada a las mujeres.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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