200 PEPAS PARA ABORTAR Y OTRAS LOCURAS DE AMOR

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

¿Él es el V:. M:.?, me preguntó el editor de ese libro de hace años. No, es mi padre, le contesté. Mi padre estaba con otro de sus ternos color azul presidente, una camisa blanca con su corbata roja, unos zapatos italianos con calcetines oscuros y su siempre imponente personalidad guardando silencio, sentado mientras contemplaba a los muchachos y muchachas entrar al auditorio. Tenía que presentarme mi gran amigo a quien en la última entrevista, me dijo que a partir de ese momento, ya no habían más enseñanzas que darme, que estaba preparado para gozar de soberanía absoluta. No entendí cuando me dijo que ya le llegaba su momento de entrar al silencio perpetuo. Lo último que supe del V:. M:: fue que ahora está en Sud África, retirado en un estado contemplativo. Supe tiempo después que siempre me vio como a un hijo suyo. Él tenía la edad de mi padre, era un hombre de rasgos caucásicos, de ojos muy verdes, que había recorrido el mundo y había estrechado una intensa amistad con el Dalai Lama en sus recurrentes viajes al oriente.

La muchacha me había dicho que fue un intento de suicidio, que la vida era una mierda. Se había tomado 200 pastillas de clonazepam. Yo le creí. En realidad esa sobredosis que terminó en un lavado gástrico consiguió lo que ella quiso, truncar un embarazo avanzado de casi 3 meses, inducir el menstruo con el feto. Era mormona. Yo creía que el amor era que ella me visitara cuando le dieran de alta, acompañada de su enamorado a quien ella negaba y decía, era ahora solo su amigo, cuando por la rendija de la puerta, apenas podía ver su rostro, para meter mi dedo índice y pedirle que tocara el mío y que me esperase para cuando me dieran de alta en el psiquiátrico, que la iba a buscar. Dos dedos unidos para mí eran el amor, dos dedos desde los lados opuestos de una misma puerta.

Solo sabía su nombre y que vivía en un distrito de cerca de 200,000 habitantes. Y sin embargo la hallé. Era un muchacho de 27 años que de manera inocente visitó todas las iglesias mormonas del lugar para recorrer calles, tocando puertas, recibiendo negativas, yendo a casas equivocadas, saliendo coquetas muchachas que me invitaban a pasar a su casa, negándome una y otra vez, alguien debía conocerla.

No me digas que cuando te has enamorado así sea de esa manera no lo has hecho, porque alguien me dio razón de ella luego de largos días donde el sol vencía, entre calles que no conocía, entre rumores fuertes de que un muchacho buscaba a una muchacha a solo nombre.

Por supuesto que me aburrí de ella sin embargo. Siempre fui práctico cuando tomaba ese tipo de decisiones. Al llegar a su casa de sorpresa, siempre la encontraba conversando con diferentes muchachos que me di cuenta rápido, la enamoraban. La descarté como alguien a quién amar.

El auditorio estaba lleno mientras esperaba a esa alemana que había hecho lo mismo conmigo, días antes de la presentación de mi novela, de manera casual en la calle, le  había entregado los poemas que un amigo poeta me había obsequiado para que los leyera. Toma, le dije mientras le sonreí y pasé de largo ante su mano estirada que recibía los poemas.

Esa misma tarde recibí un correo electrónico, decía si la recordaba, que había preguntado a todo el mundo por mí, que había leído los poemas, que de inmediato se había dado cuenta que yo no los había escrito, que lo confirmó al hallarme en la web y leer mis escritos. “Iré a tu presentación”.

En plena presentación apareció la pelirroja alemana con un par de amigas suyas, me sonrió, recordé que ella era una mujer que pasaba del metro ochenta. Prendí un tabaco en ese momento mientras el V:. M:. me presentaba. Yo la miraba a ella y pensaba en la muchacha que había intentado suicidarse con 200 pepas, mejor dicho, que había abortado a punta de clonazepanes. Pensé en ese momento en las locuras hechas por amor. Yo no sabía aún qué era el amor, mejor dicho, no sabía de lo que son capaces las personas cuando se enamoran. Calé mi tabaco. Acabó la presentación del V:. M:, y mientras disertaba, ella sonreía con sus ojos cuyo color ya no recuerdo, si fueron azules o verdes. Era la presentación de La Brevedad en el Tiempo.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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