CUANDO UNA MUCHACHA TE PIDE UN ABRAZO

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Ella me dijo entonces: “¡Tienes el misterio de un hombre maduro, experimentado, con arrugas en el rostro, no te suicidaste, venciste Mauricio!”. A mis 45 años ella se sentía seducida por mi experiencia, por todo lo que implican esa cantidad de años y el discurso que sostenía. No es fácil resistir hasta tu edad señor Escritor y, sé que vas a perseverar.

Pero no, siempre fui insufrible, no todas las personas tuvieron la suerte que yo tuve. Yo no la tuve fácil, yo soy el hombre de las experiencias extremas, lo he escrito muchas veces, pero el Sí de las muchachas más bellas me dio una razón para entender que el mundo vale la pena, que hay algo superior a todo que empuja al escritor a ir tras el mundo después de unos largos besos donde se ha sido salvaje, donde se ha hecho el amor hasta las últimas consecuencias.

Luego de llamarla volví a sonreír. Me dijo que estaba con la regla. Era otra vez un hombre libre, y ella, una muchacha que renunciaba a mí para dejarme en medio de un mundo donde no quería irme de Arequipa, donde el amor aparecía a cada día, como si tuviera 20 años, como si a mi edad olvidara que muchos de mi generación son ya abuelos debutantes, mientras mis tardes como ahora solo eran destinadas a escribir.

No, le dije, no pienso publicar textos para que se llene de dinero el librero. Tampoco pienso pagarle a un editor para que me publique, ¡que se raje el lomo en un oficio más noble como todos los hombres! Yo publico desde la web gratis para todo el mundo, ¿quién dijo que había que ser un mercenario con la literatura? ¿No están los clásicos en internet? Los mejores Poetas están al alcance de todas las personas, ¿cómo podría hacerme llamar El Último Bastión si pensara al momento de escribir, en lucrar con mis escritos? Hay gente que necesita leer historias reales que recuerden el por qué están vivas. Ella me miró con sus ojos pardos mientras el sol bronceada nuestra piel a la vez que calaba un tabaco y desde la sombra cogía mi KR para tomar un poco. ¿Y yo soy una razón para escribir?

Eres una razón para olvidarme del tiempo, y eso solo lo consigo escribiendo, le contesté.

Sabía que le quedaban pocas semanas en Perú, que no la volvería a ver quizá nunca más, que su trabajo de investigación para su doctorado ya había acabado. Dos días atrás mientras intentamos vanamente acabar un par de cervezas para luego desistir y dejarlas, cuando ella se dio cuenta que para mí la cerveza tiene sabor a orines y que su sola presencia me motivaba para sonreír, para sentir su olor, para perderme en esa mirada que me hablaba desde diferentes lados del mundo donde intentó ser feliz, donde de pronto me di cuenta, ella me sentía, como cuando me llamó a medianoche para decirme que había leído el libro donde había escrito sobre ella y que estaba mojada, que mi memoria era su memoria, que todo lo que había recordado al escribir sobre ella, era lo mismo que ella recordaba de mí.

Entonces, tendremos que acostumbrarnos a leerte desde la web, me preguntó la muchacha que hacía una hora antes había vuelto a llorar sobre mis hombros como cuando nos conocimos años atrás, cuando me confesara sobre ese vacío que otras llenaron con drogas, alcohol, y sexo con hombres equivocados incontables veces. Es otra forma de que estemos cerca, ¿no lo crees? ¿Te puedo abrazar?, de pronto me preguntó. Me enterneció su pregunta, sabía por qué se hacen ese tipo de preguntas.

Sabía que eran el tipo de preguntas que quieren decir: "no me olvides nunca por favor, que yo te pienso siempre". Le pedí por favor que se levantara, que pusiera sus brazos nacarados alrededor de mi cuello, y que me dejara ver dentro de sus ojos hasta que nuestros ojos fuesen un solo ojo. Mis brazos rodearon su cintura, hasta que el abrazo fue tan fuerte, que todo lo que de ella se había quedado en todos los países que recorrió por el mundo, como una porcelana china fue reparada, para volver a ser una sola persona, ella misma.

No sé si nos volvamos a ver, pueden pasar muchos años, susurró. Los años nunca tuvieron importancia para mí, le contesté, mientras nos abrazábamos, como ella quiso.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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