LA OBSESIÓN EN EL AMOR

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

 

 

Al contestar el celular, él dijo: ¡Ya, llévatela, tú has ganado! El tipo estaba ebrio y llamaba desde un bar donde los boleros marroqueros y las voces atropelladas me desconcertaron más. ¿Quién es usted?, le contesté amablemente.

Esas venganzas por amor, esas decisiones de algunas mujeres cuando llevan hasta los extremos los celos, cuando los errores de las venganzas no resuelven nada. Alguna vez fue mi amante, y alguna vez le dije claramente que éramos solo eso. Al parecer nunca entendió que soy incapaz de sentir celos. Pensó que yo pensé que solo de esa forma perdería la razón, que la extrañaría, que me agarraría a golpes con un pobre hombre con el cual en la hora difícil se terminó por casar y a quien durante 3 años no paró de hablarle de mí.

Para ser preciso, no recordaba quién era, porque comprendí rápidamente que se trataba de alguna muchacha que formó parte de mi pasado. ¿Quién es?, me preguntó la muchacha con quien en ese momento hacía el amor en el hotel. Claro que entendí el dolor de ese pobre hombre, claro que visualicé el infierno que vivía con ella. Pensé rápido y hablé con calma para no hacerle más daño. Disculpa, no la recuerdo, ¿tres años?, no sé de quién me hablas, pero ten por seguro que no sé nada. La muchacha que estaba en el lecho conmigo, de manera cortés le dijo desde el celular: “no sufras hombre, yo soy su mujer”. Por supuesto que era mi amante de turno, pero no fue suficiente, el hombre desde el bar empezó a llorar. Probablemente tanta humillación lo hizo impotente, un huidizo bebedor que se había enamorado de la mujer equivocada, una mujer que le hablaba todos los días de mí, alguien a quien no identificaba. Tres años es mucho tiempo para saber qué mujer era. El hombre balbuceaba.

No suelo prometer nada al momento de estar con una muchacha. Sé que las palabras tienen una rara virtud, se quedan para siempre en la memoria de la pasión. Seguramente ella al hacer el amor con él, cerraba los ojos y pensaba en mí, pero, ¿tres años?

Mi padre siempre me ha dicho que el sexo es el elixir de la eterna juventud. Es un gimnasio completo, es salud a plenitud, es la sonrisa de los hombres felices que conocemos diariamente mujeres que nos dan conversación de manera espontánea cuando todo fluye sin ningún esfuerzo, cuando no es necesario demasiado prolegómeno para ir a un hotel. A mis 45 años mi salacidad correspondía a la edad del vigor en el hombre, por ello, el sexo casual terminó por convertirse en mi estilo de vida. Dejar ir a una muchacha de veinte años para mí nunca fue un error. Alguna vez pensé que no existía la mujer que reemplace a quien me terminó por convertir en lujurioso. Pero con el tiempo aprendí que el tiempo sana este tipo de obsesiones y que el universo de mujeres nunca acaba, que hay cientos de muchachas que solo quieren eso, disfrutar del sexo sin apegos.

Apagué el celular y seguí con la muchacha de turno haciendo el amor. Ella me miraba con un rostro lleno de felicidad y a la vez de tristeza. Quizá temió por sí misma, por de pronto en ese momento haber sido empática no con él, sino con ella. ¡Tres años y mi incapacidad para sentir celos!, y encima un esposo lleno de ideas paranóicas dedicado a la bebida y una perdición que me impedía concentrarme para tener un orgasmo simultáneo con la muchacha que tenía debajo de mi cuerpo. Pensé en agregarlo en la agenda de mi celular para hacerle entender que primero, no sabía de quién me hablaba y, segundo, erradamente hacerle entender que no tenía vínculo alguno con su esposa, pero luego deseché esa alternativa. Sabía que él era un hombre suicida, un alcohólico que también hablaba de mí en sus borracheras sin que yo supiera quién era, y una mujer que no había logrado olvidarme a pesar que tenía 3 años de casada. Pensé en lo desmoralizado que estaba ese hombre, en los momentos cuando la hacía suya y no sacaba de su mente que al hacerle el amor, ella pensaba en mí.

Al día siguiente acudí a la División de Delitos Informáticos de la Policía y les expliqué lo que ocurría. Rastrearon su número de celular. Pedí garantías ante una probable reacción por parte de un esposo ofuscado y ya sin razón, capaz de una emoción violenta. Pedí también que le llamaran para que entendiera que no tengo nada con su mujer, que no recuerdo quién es, que puede estar tranquilo, que no tengo interés en ella, que se tratara su alcoholismo y, que no me volviera a llamar para no tomar otro tipo de medidas más severas con La Ley. El hombre apenas pudo decir una palabra, a todo contestó con un sí, intimidado por las fuerzas del orden, tomando consciencia que esa tortura padecida no era mi culpa, que la humillación a la cual se veía sometido todos los días solo tenía una solución: dejar pasar el tiempo hasta que él sanase de esa 

enfermedad en este caso, llamada amor, hasta que se diese cuenta que estaba con una mala mujer, que siempre hay otras dispuestas a reemplazarla, que tenía derecho a ser feliz.

Las decisiones precipitadas, las venganzas vanas de querer provocar celos. Cuántas historias hay así en la ciudad, en todas las ciudades. Cuán horrible es la memoria en estos casos, cuán hermoso es el tiempo, cuán hermoso es el tiempo, cuando la noción de éste es perdido en el acto del amor, muy diferente a lo que le ocurría a él, peleado contra el reloj por no poder retenerla, por vivir las ascuas de ser abandonado por ella, desde una obsesiòn donde el protagonista era yo sin saberlo.

Hay frases que nunca deben decirse cuando se tiene sexo, porque son superiores al olvido, a lo largo del corto tiempo que es la vida, cuando al hacer el amor, descubrimos recién, el significado de lo eterno.

 

Julio Mauricio Pacheco Polanco

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