Contra la derrota

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

La necesidad que tengamos héroes en una sociedad donde prima la soledad y,  ante la incertidumbre, sintamos la angustia de estar vivos habla claro del porqué, los testimonios optimistas a manera de certezas, nos otorguen mensajes optimistas en los cuales encontremos la esperanza de salir de circunstancias tan adversas o imposibles, llegado el momento.

Nuestro cerebro reacciona según las experiencias que tengamos, es por ello que alguna vez escribí sobre la memoria de las emociones. A más emociones negativas, mayor será la sensación de angustia y temor de las personas o víctimas. Sin embargo, al condicionar nuestro cerebro con experiencias positivas, éste segrega dopamina que viene  a ser la que brinda bienestar dentro de la persona. Por ello es importante buscar esas experiencias positivas en la vida de cada uno, con el fin de alcanzar la tan mencionada paz que de la cual tanto han escrito tanto orientales como occidentales cuando han tratado de explicar la condición humana.

El mismo instinto de supervivencia es el que busca este tipo de experiencias. El soporte emocional no es algo que se obtenga de la noche a la mañana. Los mecanismos para poder soportar y superar los problemas emocionales, brindados por la psicología y los nuevos alcances que ésta brinda, apoyados por el tratamiento psiquiátrico, en mi experiencia personal, me han aperturado a lo que veo ahora en el mundo: ser un ser humano libre que va tras sueños.

Pero, ¿de qué experiencias positivas hablo cuando me refiero al cómo enfrentar a la vida y no caer en la derrota? En mi aprendizaje, la literatura me ayudó bastante a comprenderme y entenderme. Esa memoria llena de experiencias negativas en mi conciencia fue siempre duramente combatida con pensamientos optimistas o delirios de grandeza, que vistos por los especialistas, bien pudo ser entendido como esquizofrenia, sin embargo, en mi aporte como Escritor, debo reconocer que si no hubiese puesto como punto de apoyo esas ideas de grandeza desde donde, veía al futuro con la esperanza de algún día ser digamos, un Escritor, no habría podido soportar lo duro que fue mi vida, desde el momento en que condicionado al temor, reaccionada desconfiadamente y con miedo ante circunstancias comunes a todos, que yo no podía ni había aprendido a afrontar.

A mis 40 años, en retrospectiva, mi constancia con la lectura y el escribir diariamente, se convirtió en mi terapia de autoayuda desde el que volcado en páginas tras páginas, escribía y escribía. Ya sin saberlo, estaba haciendo mis primeras catarsis, que a medida que mostraba a mis conocidos más allegados lo que creaba, encontraba un referente de lo que les agradaba o deprimía.

Recuerdo haber compartido un escrito mío con unos compañeros de la universidad cuando estudiaba arquitectura, creyendo que el testimonio era muy bueno, pero cuando mis amigos leyeron lo que les había entregado, no pudieron controlar su tristeza y me dijeron: todos pasamos por esto Mauricio, no queremos que nos lo recuerden, queremos un verbo que nos comunique con el  mundo que todos buscamos y nos demuestre que la vida sí vale la pena ser vivida.

Desde entonces me hice más selectivo con mis lecturas para motivar mis pensamientos, y por cierto, atinado al momento de escribir digamos, un ensayo, que si bien cuestionase nuestra realidad, ofreciese lo que siempre expreso: una certeza en medio de un mundo donde todos es incertidumbre, y repito, no tenemos héroes.

Pero entonces, si había tenido muchas experiencias negativas y acaso la soledad era la única compañera que tenía junto con mis libros, sabiendo qué técnica tenía de mi mano para enfrentar a la noche y mantener entretenidos mis pensamientos, para así conciliar el sueño que no tardaba en llegar, comprendí que inconscientemente, esos delirios de grandeza, desde los que otra realidad vivía, apartándome de la que tenía porque no me gustaba, me visualizaba escribiendo libros frente a auditorios o  firmando autógrafos o dando conferencias.

Cosa que con el pasar de los años se realizó.

Me pregunto qué habría pasado su hubiera “rumiado” mis penas y hundido en mis aflicciones, a tal punto de haber renunciado a la vida y enredado en pensamientos obsesivos desde los que solo hubiese concluido en que la vida es un gran absurdo y que ésta no tienen explicación, por no decir que no valía la pena. Pues le habría hecho caso a Albert Camus, que en su obra El extranjero, siente que todo le es indiferente, y que Dios no existe, viviendo el ser humano en medio de un absurdo sin explicación alguna y sin razón de ser.

Esas conversaciones en la universidad con mis primeros lectores fueron acaso trascedentes en mi literatura y el cómo comprendí que la sociedad no quiere que le repitan constantemente a través de sus escritos, cómo es la vida, y cuánto nos cuesta enfrentarla. Ya en el camino, pude rodearme de personas aguerridas cuyo discurso alentador me contagió de esa fuerza interior que aún yacía dormida en mí y que despertaría al momento de saberme por fin libre de mis temores, cuando conocido plenamente, supe encontrarme en medio de la soledad del mundo y así entender, a mis 27 años, que ya no le temía a la vida, que podía enfrentarla, que no me gustaba plenamente el mundo, pero que sin embargo había una fuerza superior que me hacía preguntar siempre: ¿qué perfección notable es la que me rodea, propia de arquitectos milenarios, cuyo saber no puede ser inútil?

Sin saberlo, mi naturaleza filosófica, en mi caso debo señalar, porque dentro de cada uno de nosotros hay un filósofo oculto y observador, me acercaba a mi necesidad de querer conocer a Dios o al menos entender por qué se nos dio vida, y el porqué no se manifestaba cuando era necesario, como en el caso de las grandes guerras o las innumerables injusticias diarias que se ven en todas partes, donde el más fuerte hace lo que le viene en gana, sin que los oprimidos pudiesen defenderse.

Tuve entonces una clarividencia: Dios se manifiesta a través de los hombres buenos, para recordarnos que la vida es maravillosa y necesita de la unión de todos para disfrutar de lo que Él creo, y que hemos desvirtuado en ese estar todos contra todos, con fines maquiavélicos y acaso materialistas.

Por eso, cuando hablo de la memoria de las emociones, trato de explicar por qué algunas personas llegan a sentir pánico ante circunstancias que para ellas son límite en su capacidad de tolerancia. Sin duda todos hemos tenido experiencias negativas, y algunos las han superado de manera airosa y otros, han caído en lo que se denomina como esquizofrenia. ¿Por ser débiles?

Cada persona es un mundo, y no se puede establecer qué es bueno para todos en una medida generalizada. Lo que sí sé y entiendo, es que esta imposibilidad para salir airosos de circunstancias adversas gradualmente va gastando el ánimo de las personas, hasta perder la briosidad propia de los jóvenes, hasta llegar el deseo de querer descansar en la contemplación del universo. Ese gastarse diariamente acaso en la esquizofrenia responda a experiencias muy traumáticas que rompieron un esquema de vida desde el que algún acontecimiento inesperado, desencadenó en el defraudamiento de la fe en el mundo, y por tanto, en manías y convencimientos propios de que el mundo está lleno de gente mala que solo quiere hacer daño.

Escribí párrafos arriba sobre el soporte emocional y el cómo éste nos ayuda, por ejemplo: a soportar la popularidad o alguna circunstancia muy difícil, sin que afecte o medre en la salud mental de la persona en cuestión. Pero este soporte emocional hay que desarrollarlo o en todo caso controlarlo con reanimadores que permitan segregar dopamina, para sentir un bienestar ante aquello que puede provocarnos estrés y acaso derrumbar nuestro día.

Pero entonces debo remontarme al título de este ensayo que es, Contra la derrota. El vínculo en mi caso fue con la literatura. Desde mis lecturas y mis escritos, guiado por personas mayores y con más experiencia de vida, me aconsejaban la lectura de algunos libros que en su caso les había servido de ayuda o en todo caso, les había permitido entenderse y sentir el alivio de quien creía que lo suyo no tenía remedio.

Años después en mis cavilaciones supe que el Escritor auténtico no es aquel que a crea ficciones extraordinarias desde las que las historias magistralmente narradas atrapasen al lector con su creación. Ojo, no rechazo a la literatura de ficción, pero recordando lo que alguna vez una amiga me dijera: Mauricio, nos gusta la literatura de ficción, pero más nos gusta aquella que parte de una realidad vivida, porque en ella podemos encontrar respuestas a lo que nos pasa.

Supe entonces que mi literatura debía alcanzar las respuestas a aquellos que pasando por lo mismo que yo pasaba, acaso derrotase la soledad y sirviese de consuelo para cuando los momentos extremos y difíciles abatiesen a mi amigo lector.

Había asumido mi compromiso de Escritor, tomando consciencia que la palabra impresa tiene poder y capacidad para agitar a personas o derrumbar espíritus muy fuertes que permeables a lo escrito, pudiesen ser inducidos a decisiones lamentables.

Por ello, al encontrarme con el vigor de mis palabras y saber que allí estaba mi propia religión, al leer todos los días mis poemas una y otra vez a tal punto de un día darme cuenta que los sabía de memoria, lo que hacía era inconscientemente mentalizarme y darme esperanzas, desde mis experiencias negativas o acaso esa memoria llena de emociones sórdidas que en su momento hizo que perdiera la fe en las demás personas.

Había encontrado el mecanismo para salir de la derrota: en mi caso la literatura se había convertido en mi aliada, en la compañera que nunca me falló y me entregaría con el tiempo, satisfacciones que pude compartir con mis seres queridos, y las certezas que la vida sigue siendo hermosa a pesar de cuán difícil pueda mostrársenos en su momento. Que el mundo requería de héroes o personas que retornasen de infiernos creídos insuperables, con una sonrisa invencible desde la que se pueda dar fe que las leyendas son reales, en la medida en que uno decida luchar por su vida, y enfrentar a la derrota con o sin miedo, haciendo uso de todas las herramientas posibles que tuviese a su alcance, por el solo hecho de no querer sucumbir al suicidio o la renuncia al mundo del cual las personas ajustadas disfrutan.

La temible esquizofrenia, de la cual escribo siempre, terminó en convertirse en el demonio que pude derrotar, cuando enfrentado solo contra mi mente, en el delirio de repetirme: yo no estoy loco, no, no lo estoy. Supe darme una tregua y comprender que necesitaba ayuda y que el darse una tregua en el camino, a veces es necesario, para poder ver qué más hay en el horizonte para conocer.

Tomada la decisión  de aceptar los medicamentos, acaso ese soporte emocional que vinculo con la memoria de las emociones, pudo contribuir a que estimulase a mi cerebro con experiencias positivas, para así de esa forma poder segregar la dopamina, y en consecuencia el bienestar propio de los que se sienten bien y acaso ya están en paz.

No lo sabía, pero el día en que comprendí que la ayuda que la medicina me brindaba cambiaria mi vida, ése mismo día, había vencido la mejor de mis batallas, y por cierto, la determinante, la que tiene que ver, contra la derrota.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

 


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