Controlando la angustia

Publicado en por Julio Mauricio Pacheco Polanco

Los problemas de desadaptación en la adolescencia no me fueron ajenos. Sin preveerlo me hice rebelde, y por tanto, incomprendido. A mis 17 años, no lo sabía, el proceso de la esquizofrenia estaba empezando a dar señales en mi conducta: me aislaba de las personas refugiandome en mi soledad, no asumía mis responsabilidades con el estudio, y por último, al parecer,me había echado al abandono.

Lo mencionado es lo visto por personas que sin pertenecer a mi entorno, no podrían entender el porqué de mi conducta.

En mis largas charlas con el psicólogo, me precisó que siempre en todos los pacientes que él había tratado, el origen de sus problemas venían justamente de algún acontecimiento que había cambiado totalmente su destino. Recuerdo con precisión, una charla que tuve con una conocida, quien me decía que una noche de pronto su vida cambió. Que reunida con su grupo de amistades, mientras compartían momentos de alegría con algunas cervezas, ella sintió una extraña emoción: la cercanía de la muerte, y de pronto se desmayó delante de todos, por sentir miedo reitero, a la muerte. Desde entonces, su vida nunca más fue la misma según sus propias palabras: esa bohemia de la cual formó parte le provocaba estados nerviosos en donde se veía impedida de entregarse a excesos donde, según ella, todos eran felices, y ella no, por un temor muy arraigado: el beber cerveza para ella podría signifcarle un infarto o tal vez la muerte. Su sufrimiento radicaba en no llevar la vida que en su momento hacía, en no ser la misma de antes, y por el contrario, al verse autoexcluida del grupo, sintiéndose un estorbo ante la felicidad de sus amigos, quienes no entendían lo que le ocurría, y le decían que un vaso de cerveza no le haría mal, que debía volver a ser quien fue, que extrañaban a la amiga que conocieron.

Este tipo de acontecimientos incomprensibles o poco entendibles, son acaso los que revelan, a través de la angustia, temores sobre vivencias que ya no pueden ser afrontadas y que han llegado en su experiencia, al límite de la tolerancia para la víctima. En mi caso fue algo parecido. El estrés ocasionado por el estudiar largas horas durante el día, para ingresar a la universidad, me produjo una depresión que hizo bajar mis defensas y ser internado consecutivamente en el lapso de 15 días en una clínica, por razones estomacales. Pero dentro de mí, había una fijación que me acompañaría por muchos años: el hedor. 

Esta gastritis bastante incómoda, comenzó a calar en mi conducta y cambiarla completamente. Del colegio que venía, acaso mis características eran las de un muchacho problemático, que siempre se burlaba del profesor y metía vicio en las clases. Al cambiar de ciudad, la tensión, la ansiedad y el saberme ante una experiencia desconocida, comenzó a provocarme estados de incertidumbre por: un futuro en donde no se tenía la certeza de tener trabajo luego de ser profesional y, el tener que adaptarme a las costumbres de una ciudad donde por ejemplo: no se podía andar en sandalias o solo en short, pese al fuerte sol que hacía, cosa que era visto de manera muy normal en la ciudad de donde venía.

Un martes 13, los incómodos problemas estomacales, mas el ensañamiento de quienes eran rezagados por mis notas en la academia preuniversitaria, me hizo pensar si acaso lo que vivía era una pesadilla, un sueño, o la realidad. No podía creer lo que ocurría. Fui tratado como un apestado, y desde entonces, nunca más pude volver a confiar en las personas hasta ya entrado en la madurez.

Las mofas y las burlas dirigidas ante el asombro del profesor que nada podía hacer para reprimirlas, me provocaron un miedo que marcaría notablemente mi destino, y por tanto ,la certeza que en cualquier momento volvería a ser defraudado por otras personas, ya sea en la universidad o el trabajo que tuviese.

Había perdido la fe en las personas, y por supuesto, les tenía un miedo intenso a su mofa o burla.

Cuando estudiaba en la universidad, luego de haber ingresado en uno de los primeros puestos a la carrera más solicitada, experimentaba por las mañanas un deseo de no ir a clases, por el mismo temor expuesto. Al irme retrayendo poco a poco, y volverme desconfiado, comprendí que necesitaba ayuda, y que mis argumentos optimistas y filosóficos no eran suficientes ante el miedo que sentía cuando estaba sentado en las carpetas del salón de clases, siempre alerta a lo que en realidad volvió a ocurrir. Mis molestias estomacales, que por demás incómodas, o el hedor que expelía, no permitían que me concentre en lo que el profesor dictaba, y mi mente estaba fijada o concentrada en los gases que tenía en el estómago, y por supuesto, el miedo a que me pasase lo mismo que me ocurrió en  la academia preuniversitaria. Como efectivamente ocurrió. 

Sometido al escarnio y la burla, sin la dosis de agresividad suficiente para poder defenderme, abandoné la universidad, recluyéndome en la solitaria biblioteca de la ciudad, donde empecé a leer libros de literatura, filosofía y psicología como de historia. Mi anhelo por querer ser libre era por tanto mayor a cualquier otro anhelo en ese entonces.

La angustia acaso podría reflejarla en otro acontecimiento desde el que, una noche en la que en una sala de audivisuales, al encontrarme casualmente con un grupo de conocidos, me entusiasmé al momento de enterarme que pasarían el video de una de mis bandas preferidas de rock. El desconcierto de mis conocidos fue incomprensible cuando yo reparé que había una cola con alrededor de 60 personas que llenarían la sala de audiovisuales. Y tuve miedo, angustia. Y no entré, ante el asombro de quienes me decían: ¿por qué no entras con nosotros? Solo atiné a decir , no, y me fui con la certeza que yo ya no tenía vida, que estaba condenado a la soledad, por el hedor o el miedo a que mi estómago me ocasionase problemas en medio de 60 personas a quienes no veía como simples seres humanos, sino como potenciales verdugos de la sorna a la cual someten a los apestados.

Muchos años después, lo que para otras personas podría ser insignificante, logré entrar a la sala de audiovisuales, sentarme cómodamente mientras disfrutraba de la película que miraba, y sentía el agradable olor que expelía mi cuerpo, sin molestias estomacales incómodas y sin angustia.

Desde los 17 años, esa lucha que puede parecer irrisoria y de poca trascendencia, significó un giro total en  torno a mis planes y objetivos para con mi vida. Tardaron muchos años los psiquiatras que me trataban, para encontrar el medicamento que pudiese controlar mis emociones y me produjesen serenidad y control sobre lo que puediese yo sentir. 

Es curioso, de niño, en el colegio, estaba acostumbrado a escenificar obras de teatro o declamar poemas ante auditorios repletos, con algo de 200 personas. Ya adulto, cuando fui publicado, volvería a recordar aquellos momentos de mi infancia y niñez, cuando tenía frente a mí, decenas de personas, solo que esta vez, era yo el que disertaba discursos optimistas, discursos propios, desde los que alentaba a seguir tras los sueños personales, a vencer el miedo y entregarse a lo maravilloso de la vida, tratando de encontrar nuestra razón de ser en este mundo.

El hecho que compusiese canciones o escribiese ensayos en el colegio, coincidio con una vivencia angustiante, que aportó a mi vida, el entendimiento de lo que con el tiempo vendría a ser motivo de mis escritos.

Aprendí que ningún destino es fácil, que no era el único joven de ese entonces que tenía problemas de adaptación con otros causales, que el miedo es común a todos, que la angustia no distingue entre débiles o fuertes. Que la vida es hermosa solo si te has atrevido a ir más allá de los que tus temores te han impedido. Que no siempre el camino que elegimos es el que seguiremos y que la paz llega cuando has proclamado tu derecho a vivir. Tu derecho a ser feliz, como así fue, cuando ya había derrotado la angustia, por cierto.

Gracias por estar aquí.

Julio Mauricio Pacheco Polanco

Escritor

 

Presentación poética:

 

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